El cine llega a nuestro país para el año 1896 y a nuestra ciudad a principios del siglo XX. No había en esos momentos una sala específica, se usaron salones de comercios, cafés, confiterías y hasta el Teatro 1 de mayo.
El primer cine se inaugura el 3 de julio de 1910, se llamó Centenario y estaba ubicado en calle Rocamora, frente al Mercado Municipal, pero para 1911 ya dejaba de funcionar.
En el café “El Águila”, se proyectaban películas, este lugar se vende y reabre en 1913, con el nombre de Café Confitería y Biógrafo “Uruguay”, exhibiéndose películas por la tarde y noche.
Por cambio de firma esta confitería pasa a llamarse “Esmeralda” en 1915. Esta sala estaba ubicada en la tradicional esquina de calles Gral. Urquiza y Gral. Galarza.
En 1919 aparece Cine Park, al aire libre en la esquina de calles Moreno y Alberdi y en 1922 fue trasladado al terreno baldío existente en calles Gral. Galarza entre Gral. Urquiza y 25 de mayo, con el nombre de Terraza Esmeralda, funcionando hasta el año 1932.
Los cines que, por su trayectoria, fueron más importantes para la ciudad son:
Cine del Circulo Católico de Obreros
Para 1910, las autoridades de la Parroquia de la Inmaculada Concepción impulsan la fundación de un Círculo de Obreros Católicos.
Dio comienzo con 150 socios y uno de los objetivos fue la construcción de un salón de usos múltiples. El terreno elegido fue el ubicado en calle Córdoba, entre Mendoza y Paraná, calles actuales Estrada, entre Leguizamón y Congreso de Tucumán.
Los que impulsaron las obras fueron primeramente el Cura Párroco Vicario Ángel Solessi, a quien le sucede el teniente Cura Juan Aguirre y a este, el Cura Vicario Andrés Zaninetti.
La construcción se inicia en junio de 1912, estando finalizada en seis meses. Se exhibían películas para los obreros, socios y familiares, a precios muy económicos.
El 1 de octubre de 1921, visita la ciudad la violinista Uruguayense Celia Torrá, quien brinda en este lugar tres conciertos destinando el 50% de lo recaudado para la compra del órgano que hoy tiene nuestra Basílica.
Terraza del Cine San Martín, al fondo puede verse el edificio del mismo
En 1931 se habilita la terraza donde se proyectaban películas al aire libre, pudiendo el público acceder a una cantina. Esta terraza también se utilizó para espectáculos de boxeo.
El Círculo Católico de Obreros, fue la base fundacional del Club Zaninetti, ubicado detrás del cine.
En el año 1957, esta institución, el Círculo Católico, remodela la sala de cine, para esto, se venden los terrenos donde funcionaba la Terraza.
Paso a ser uno de los mejores cines de la provincia y cuando se lo reabre paso a llamarse San Martín.
Esta sala siempre se usó para espectáculos artísticos y cine. En 1966 sufre un incendio, que al repararse la sala sigue cumpliendo con las funciones.
En el tiempo sufre varios ceses de funciones por reparaciones y diferentes situaciones. Hoy sigue cumpliendo sus funciones tanto como cine-teatro.
Cine Rocamora
Cine Rocamora en la década de 1980
Ubicado en calle Tomas de Rocamora entre Supremo Entrerriano y Ugarteche. Mandado a construir sobre un terreno de su propiedad, por el Sr. Rodolfo Miloslavich. Como cine se inaugura el 7 de julio de 1928 y dos años más tarde como teatro (29 de marzo de 1930. El proyecto fue de G. Andreu y la construcción de la obra estuvo a cargo de la empresa Vicente Petroni y Trigos.
Cine Avenida (Rex)
Cine Rex
Existía en nuestra ciudad la Sociedad Suiza Cosmopolita de Socorros Mutuos, fundada por Don Alejo Peyret en 1856. En el año 1929, llama a licitación para la construcción de su sede social y cine teatro.
La construcción se inicia el ese mismo año a cargo de la empresa del Arq. Rossi, quien también fue autor del proyecto que tenía prevista una sala de 25,90 m de largo por 11,80 m de ancho contando con una capacidad de 645 personas.
Se inaugura en 1930, al igual que el cine Rocamora tenían equipamientos para cine sonoro. Este cine cambia de nombre en 1937, llamándose Cine Teatro Rex.
Cine Teatro Texier
Inauguración Cine Texier
Aparece en la vida de nuestra ciudad para el año 1933, fue una sala de capacidad para 700 personas, con calefacción central y una claraboya que permitía en cambio de aire. Poseía dos máquinas cinematográficas pues querían dar espectáculos a la altura de los que se estaban dando en Buenos Aires.
La sala es arrendada por la Sucesión de Ángel C. Texier a José F. Tavella. El concesionario quería llamar a la sala “Palace Theatre”, lo que provoca una reacción en la prensa local, proponiendo el Dr. Panizza, desde las páginas de “La Juventud” que la misma se llamara Cine teatro Texier, en homenaje a Ángel C. Texier, sugerencia que finalmente prevaleció y se hizo extensivo a la totalidad del edificio que paso de conocerse como “Palacio Texier”.
La sala se inaugura el 8 de julio de 1933, con una velada dónde actuó la soprano Corita calvo, acompañada al piano por el maestro Darío Peretti. A esta gala asistieron numerosas personalidades locales, entre ellas José María Texier continuador de la obra de Ángel, quien fallecería días después, siendo vice Gobernador de Entre Ríos. En el acto hicieron uso d ela palabra el intendete Dr. Albano Giménez y el Dr. Delio Panizza.
El cine se inaugura al día siguiente con dos funciones (Familiar y noche) exhibíendose la película “Melodía de Arrabal” con Carlos Gardel e Imperio Argentina
En 1932, los dueños de las salas Esmeralda, Avenida y Rocamora venden a la firma Wualich de Buenos Aires, quien las explota comercialmente a las dos últimas. El cine Esmeralda cierra sus puertas definitivamente.
Compañía Exhibidora del Litoral
A partir de 1944, maneja las tres salas importantes de Concepción del Uruguay la empresa Compañía del Litoral, dándole al cine local una nueva orientación, estrenando películas al mismo tiempo que en toda la provincia de Entre Ríos.
Esta empresa destina a la sala Rex no solo para cine, sino también para actuaciones teatrales.
En 1956, la actividad del cine declina cerrándose las salas Rex y Rocamora, quedando solamente Texier. La Empresa del Litoral entra en decadencia comercial, pasando a depender las salas del Sr. Moisés Baralya, empresario del cine. Este reabre la sala Rex, llamándola “Gran Rex”.
Pese a los esfuerzos de este empresario no vuelven abrir las tres salas al mismo tiempo. Aparecía en la vida del ser humano: La televisión, influyendo en la población haciendo que participara menos en las salas de cines.
Para 1991, los cines Rex y Rocamora habían cerrado, y muy poco tiempo después desaparece el cine Teatro Texier.
Estas construcciones fueron ocupadas por boliches bailables, supermercados y salas de juegos. El cine Rocamora fue utilizado por la Municipalidad para diferentes expresiones culturales, dándole el nombre de “Eva Perón”, quien lo ocupa hasta 2004.
Otros cines en la ciudad
Cine Parisien (1909)
Ubicado en calle Alberdi 68, en el local de fotografía de los señores Lazaize y Miranda. Tenía capacidad para 50 personas y funcionaba los días jueves, sábados, domingos y feriados. Esta sala se inauguró el 21 de septiembre de 1909
Café y Billares “La Amistad” (1910)
Ubicado en calles San Martín y Além, las funciones eran todos los días por la noche y eran con “consumición obligatoria” y se iniciaron el 1 de mayo de 1910. Para las familias se disponían de palcos, dotados de ventiladores y claraboyas de ventilación.
Teatro 1 de mayo (1912)
Ubicado frente a Plaza Gral. Francisco Ramírez. El teatro fue acondicionado por su concesionarios Sr. Cabrera para la exhibición de películas, abriendo sus puertas como cine el 9 de abril de 1912
Cine Terraza Park (1919)
Ubicado en calles Moreno y Alberdi. En 1922, se traslada a terrenos junto al cine Esmeralda, en calle Urquiza y 25 de mayo y pasa a llamarse Terraza Esmeralda.
Al cine “Esmeralda” se le suma a partir del 27 de noviembre de 1919 el cine terraza “Park”, al aire libre, en la esquina de las actuales calles Moreno y Alberdi (actual instituto del Seguro de Entre Ríos) propiedad del Sr. Volanterio, el que funciona hasta su traslado, a principios de 1922, al terreno baldío existente sobre la calle Galarza entre Coronel González (Urquiza) y 25 de Mayo, con la denominación de terraza Esmeralda, posteriormente en ese lugar funcionó la recordada Boite Itapé).
Café Billares y cine Imperial (1925)
A la derecha de la foto puede verse el Café Imperial
José Salim había abierto en mayo de 1923, un café y bar en la propiedad sobre calle 9 de julio N° 837, esquina Leandro Além, al que denominó “Imperial”, adquiriendo demás
la finca lindera, para construir un amplio salón para su negocio de “Café y Bar”, apto para espectáculos, contando además con una amplia terraza al aire libre.
Los trabajos de construcción del nuevo edificio, en reemplazo de las antiguas construcciones, demandan al propietario más de tres años de intensa labor y una importante inversión.
El salón y terraza, abarcaba lo que hoy es la sucursal del “Banco Patagonia”, (ex bazar La Lucha) el que dispone de comodidades para realizar todo tipo de espectáculos, e incluso ser utilizado como cine, disponiendo al efecto de 300 sillas y 66 mesas para atención al público, demás 3 mesas de biliares, lo que nos está dando una idea de su capacidad, teniendo además, un salón de peluquería anexo para varones. El nuevo salón terraza (así denominado) se inaugura el 8 de diciembre de 1926.
En septiembre de 1927, el propietario del café “Imperial” Don José Salim introduce importantes mejoras en el salón, para ampliar su capacidad, habilitando “un reservado para familias” e instala un aparato radiotelefónico especial (en la práctica una radio) para escuchar música cuando no actúe la orquesta.
José Salim, transfiere la explotación del negocio al Sr. Enrique Martínez, que inaugura sus actividades, el sábado 3 de diciembre de 1927.
El 11 de marzo de 1933, José Salim, vende la propiedad y negocio a su connacional Emili Melhen Hamade de Seineldin, la que fuera representada en el acto notarial, por su esposo Mamut Muhamet Seineldin.
Cine en el Bar Londres
Ubicado en calles Mitre y Máximo Álvarez
Cine en Colegio del Uruguay Justo José de Urquiza (1926)
El 3 de septiembre de 1926, en horas de la tarde el Colegio incorpora el cine como material didáctico exhibiéndose la película “Cáncer” tanto para sus alumnos como para público en general.
Cine en la cancha de pelota a paleta “La Argentina” (1928)
Ubicado en calles San Martin y 21 de noviembre. Se usó muy poco tiempo. Este emprendimiento duró poco tiempo, ya que sus propietarios Rodolfo Seró mantero y Nicolás Miloslavich adquieren el 10 de septiembre de 1928 las existencias del cine “Esmeralda”
Cine en Escuela Normal (1930)
Se equipó el salón de actos de butacas para este fin. Para tal fin se crea una comisión entre los que la integran se encuentran Evelina parodié Matero, Pbro. Andrés Zaninetti , Luis Grianta y Juan Godoy
Cine en Balneario Municipal (1931)
Balneario Municipal en 1938
En la temporada veraniega 1931-1932, la municipalidad dispone de un cine en lugar al aire libre. Las funciones son inauguradas el 29 de noviembre de 1931.
Cine Park Urquiza (1932)
Ubicado frente a Plaza Gral. Francisco Ramírez en Juan Perón 10. A principios de 1932 la empresa propietarias del cine teatro Avenida, inaugura este sitio en el lugar dónde hoy se encuentra la casa de la familia Bovino.
Esta “terraza” a partir del año 1937 pasa a manos de los señores Nayberg y Ribas, quienes la rebautizan como “Terraza Cine City Park”.
Gran Parque Ramírez (1933)
Ubicado entre los edificios Nacional Bar y el Correo. Este terreno había sido ocupado por el cine Esmeralda. En 1951 se inaugura en el lugar Cine Terraza Itapé y luego se le cambia la denominación por Night Club Ramírez.
Cine de los barrios El Sporstman (1949)
Patrocinado por el comercio de ese nombre, daban cine en los barrios. En aquella época comenzaron por el barrio Puerto Viejo
Exhibidora General Urquiza (1957)
Fue un cine mil, presentándose donde se lo contrataba. Su precursor fue el profesor Juan José Clement. Son muy recordadas las proyecciones que se realizaban los fines de semana en el parque ubicado en San Martín y Perón, dónde se podían ver dibujos animados y las carreras de la Fórmula Entrerriana
Compañía Exhibidora Entrerriana (1952)
De la misma modalidad que el anterior.
Cine en la Escuela 63 (1952)
Se proyectaban películas para los alumnos y vecinos. El 23 de julio de 1952 se inaugura en esta escuela un moderno equipo para la proyección de películas didácticas y de entretenimiento, a la que podían asistir los alumnos y la gente del barrio
Cultural Film (1958)
Esta empresa filma un noticiero local y se proyectaba en los cines. Tenían así un Noticiero Uruguayense. Su primer noticiero fue proyectado el 16 de julio de 1958 en el comercio “El hogar eléctrico” en calle Rocamora 811 los temas de ese primere noticiero fueron: Exposición de canarios en el Centro Comercial; Jura de la bandera por parte de los efectivos de la Escuela de Ingenieros; Patrido de fútbol entre atlético Urugua y San Lorenzo de Buenos Aires y, Actos con motivop de la celebración de los 175 años de la ciudad. A partir de octubre de 1965 este noticiero se podía ver los diferentes cines locales.
Foto Cine Club Uruguay (1967)
En 1967, se reúnen un grupo de vecinos apasionados por el cine y la fotografía y fundan Foto Cine Club Uruguay.
Uno de los objetivos era filmar la vida de la ciudad con fines culturales y turísticos.
Su ubicación estaba en calle Rocamora 428 y su primera Comisión Directiva estivo presidida por el Dr. Carlos Cuesta Yáñez.
Cine Club “Surcos” (1967)
Funciono en la sede de COPUL, Rocamora 420, a partir del 13 de octubre de 1967.
Cine de Don Bosco (1967)
Se proyectaban las funciones en el colegio y para todo público. Su primera función fue el 3 de diciembre de 1967 con la proyección de “Mary Popins” en dos funciones, matineé y noche.
Cine Club Tiempos (1968)
Fundado por un grupo de aficionados Uruguayense, siendo su sede las instalaciones de Night Club Ramírez.
Edición: Civetta, María Virginia y Ratto, Carlos Ignacio. Fuente: Rousseaux, Andrés “Los Cines de mi Ciudad, Concepción del Uruguay” (2013)
Pavimento. Todas las habitaciones y galerías estaban embaldosadas con baldosas francesas.
El patio.
Tenía una vereda como de cuatro metros de ancho, de Norte a Sud, Adyacente a la galería del Este, y otra igual al lado de la galería Oeste, ambas de mármol. En forma damero de baldosas blancas y negras. El resto del patio tenía piso con el ordinario ladrillo de pared, con huecos que formaban pequeñas lagunas cuando llovía.
Al lado Sud del brocal del aljibe (el mismo que está hoy), había una pileta de capacidad de cuatro metros cúbicos de agua, por lo menos. El aljibe (pudimos ver su interior una vez que hubo que desagotarlo), está formado de una nave de bóveda como de cinco metros de ancho y de treinta de largo, más o menos, de Este a Oeste, desde donde terminaban las veredas de mármol. Se comprende la necesidad de haberle dado tanta dimensión, puesto que recibe el agua de lluvia de los cuatro costados del edificio, y para que el servicio de agua a tan numerosa familia de muchachos no faltara.
La parte exterior. Respecto a las fachadas de los cuatro frentes, ya los hemos referido: en cuanto a piso estaba rodeado de veredas como de 1,30 centímetros de ancho, pavimentada de ladrillo de pared y rodeada de postes de ñandubay, labradas en cuadrado y situadas a una distancia de cuatro metros uno de otro.
Pero la vereda sobre la plaza era ancha, como hoy, y (no recuerdo bien), el piso era de piedra hamburguesa. En vez de postes; habías unos bancos de madera, de construcción ordinaria, que se componían de dos palos labrados, distanciados y enterrados, como a dos metros y medio uno de otro, a la altura un palo atravesado que sostenía las tablas de los asientos dobles, de un lado a otro, y por respaldo una barra de madera colocada horizontalmente sobre la parte superior de las que hacían de pies enterrados.
Todos esos bancos, no menos de diez, al frente del Colegio, estaban pintados de color rojo. Allí, como golondrinas, se sentaban para sus charlas, los grupos de colegiales amigos, durante las tardes de salidas generales, las que no pasaban de cuatro a cinco al año.
Descripción del edificio.
Vista del colegio sobre calle Galarza, puede verse la entrada en el medio de la cuadra
Como es sabido, está edificado en una manzana de terreno sobre la plaza Ramírez, todo de un solo piso, de arquitectura sencilla, homogéneo en sus cuatro frentes y de altura proporcionada, sólidamente construido en mezcla de cal.
Fue en las refacciones hechas en 1864 (En realidad fue en 1874), según creemos, que se levantaron los altos sobre el frente de la plaza, con lo que se echó a perder el conjunto con el mal gusto y desentono de ese estilo monótono y desproporcionado.
Las murallas tienen el espesor de 14 pulgadas de vara (33 cm.) medida del ladrillo usado en aquella época, y las habitaciones tienen de ancho 5, varas (4 m. 65 cm.)
Todo el edificio lo componía la doble hilera de piezas en sus cuatro costados, de la anchura dicha, y la galería compuesta de pilares y arcos de medio círculo sobre el patio. Esa amplitud proporcionaba luz y aire, pero a pesar de todas esas ventajas, han creído conveniente demoler ese lindo edificio para hacer otro, (que no lo harían), a la moderna, esto es, remplazar la luz del sol por la eléctrica, pues esta tiene la ventaja de dejar ver igualmente de día que de noche, mientras que aquella, la del sol, sólo se ofrece de día, cuando ya no se la necesita. Se fundaban en que se habían agrietado algunos arcos, como si fuese imposible toda compostura, hoy que las armaduras metálicas en la moderna construcción reemplazan la resistencia de los muros destinados solamente a resguardar de la lluvia y el viento. Bastaría, si fuera necesario, renovarlas con esas armaduras, para evitar la destrucción, y dotarlo de uno o dos pisos más. Es reliquia que debe conservarse, centro de recuerdos y de orientación de la época en que el alma nacional empezaba a difundirse, con los vínculos fraternos nacidos dentro de esos muros, y la creencia de la distribución del patrimonio glorioso heredado a nuestros padres.
Las habitaciones.
Todo el frente de la cuadra sobre la plaza Ramírez y el cuarto de cuadra en ángulo recto hacia el Oeste, calle por medio del templo actual, constituía el “Dormitorio Grande” sobre esta misma calle (hoy 9 de Julio) sigue una pieza limitada por la pared del zaguán con la parte central de vista al Sud, cuya puerta era la entrada a la iglesia, la que ocupaba desde su pared divisoria Oeste hasta encontrar la pared del orden de piezas exteriores sobre la Norte-Sud, frente Oeste del Colegio En esa pared estaba el retablo de la iglesia, y en la pieza del ángulo exterior Sud-Oeste vivía el Vice-Rector del Colegio, Canónigo Domingo Ereñú, sin comunicación hacia la calle pero sí al interior del Colegio.
En la azotea, sobre la puerta central ya mencionada, de entrada a la iglesia, en el parapeto, había una cruz de madera, de regular alto, que indicaba el templo.
Siguiendo las piezas exteriores, a la del ángulo Sud-Oeste, que ocupaba el Vice-Rector, seguía otra hacia el Norte, que era su dormitorio. Después, siempre hacia el Norte, empezaba el Comedor, (no existía la puerta de salida actual del Oeste), el cual terminaba en la pared divisoria de la pieza que entonces era la enfermería, con salida al patiecito con frente a los excusados, patiecito que existía todavía.
Esta pieza (enfermería en 1857), terminaba en la pared interior de las piezas exteriores que corren de Oeste a Este sobre la calle Galarza.
Desde la calle (ventana al Oeste) hasta la media cuadra hacia el Este, con tres ventanas sobre la calle Galarza, era dormitorio, y enseguida hasta dar con el zaguán de entrada, (era la única) al Colegio, estaban el gabinete de física, el de aparatos de mecánica (muy numeroso) y únicos en la república y muchos de química. Allí se daban las clases respectivas.
Pasando el zaguán, las piezas hacia el Este, hasta encontrar la divisoria con el dormitorio grande, estaban ocupadas por el Rector, Dr. Larroque, su señora Elena Arta y familia (Alberto, María, Eduardo y Benjamín, que nacieron en esas piezas), con puerta de salida al zaguán referido y las ventanas a la calle Galarza.
Hileras de piezas interiores sobre las galerías Las paralelas al dormitorio grande de sobre la plaza se dividían: Desde la pared divisoria al Norte que limitaba con las piezas ocupadas por el Rector, hasta la mitad de la galería con frente al Oeste (hoy parte del Salón de Actos Públicos), era Dormitorio de Mayores. Allí estaban los Ruiz de los Lllanos, Ventura y Rafael, Federico lbarguren, Martín Saravia, y otros alumnos salteños.
La otra parte (con dos ventanas) hasta la pared divisoria del zaguán con salida a la Plaza (hoy ocupada por la escalera y parte del Salón de Actos Públicos) era la Sala de Matemáticas. (Sobre una mesa de esa sala, me tocó dormir en las noches primeras de mi entrada al Colegio, armando mi pobre cama con frazadas y un colchón durante las noches heladas del seis de Junio y en adelante,
Plano del Colegio de 1874
Pasando el zaguán hacia el Sud hasta dar con la pared divisoria de las piezas Este-Oeste, era el Estudio de mayores. Y el salón que hacía ángulo hacia el Oeste, el Estudio de menores hasta dar con el zaguán Sud de entrada a la iglesia. El Rector Larroque, durante las horas de estudio, se sentaba sobre una tarima en el ángulo de conjunción de los salones, de donde vigilaba al de los mayores y al de menores. Ambos tenían una sola puerta de entrada, con frente a la galería que corre de Norte a Sud, pues la puerta que daba al zaguán Sud del estudio de menores, estaba cerrada, condenada.
Pero la puerta del frente, del otro lado de dicho zaguán, era la entrada al dormitorio de algunos legistas, con dos ventanas sobre la galería (frente al Norte). En este dormitorio estaban: Juan Mantero, Desiderio Rosas (del Rosario), Echagüe, y otros.
La pieza contigua hacia el Oeste también con dos rejas sobre la galería, era la Sala de Música. Allí estaban los roperos con los instrumentos, los papeles y los atriles.
Enseguida las piezas con puerta sobre la galería Oeste (de Norte a Sud), era el depósito de fusiles y la ropa o uniformes del batallón de alumnos (Guardia de S.E.).
La puerta de salida a la galería servía también para la sala de música y para las dos piezas de sobre la calle donde vivía el Vice-Rector Domingo Ereñú.
Galería Oeste. Formando ángulo recto con la pieza o Sala de Armas hacia el Norte, había una pieza con puerta sobre la cabecera de la galería Sud y una ventana sobre el primer arco de la galería Oeste. Allí vivía el Ecónomo del Colegio, el anciano don Felipe Argento, con su hijo Aureliano. Era también una pulpería, en la que los alumnos compraban yerba, azúcar y tortas con azúcar acaramelada que valían medio real c/u (5 centavos).
Enseguida de esta pieza se hizo el zaguán de entrada (existente hasta hoy) a la calle del Oeste (Leguizamón).
Después de este zaguán seguía la cocina con dos rejas sobre la galería y un aljibe o depósito de aguas servidas en el centro de la pieza. Enseguida venía el zaguán del Centro-Oeste por el que se entraba al comedor, pasando por consiguiente, frente a la cocina.
Al otro lado del zaguán, con puerta al zaguán y una ventana a la galería, vivía el legista Medrano. Al lado de la mocheta del zaguán, como a dos metros de altura, estaba un palo clavado en la pared y en su extremidad una campana para los toques de reglamento.
Enseguida del cuarto de Medrano, pero sin comunicación, y con dos rejas sobre la galería, estaba la pieza de los lavatorios con entrada por la puerta del patiecito, que a la vez, servía para los excusados (la misma que todavía está) N del E. se refiere a que estaba a principio del siglo pasado.
Desde allí los excusados seguían y doblaban en ángulo hacia el Este, separados por el patiecito de las piezas de sobre la calle que seguían la misma dirección.
Galería Norte. El patio de los excusados que dobla hacia el Este terminaba en una pieza con puerta a la galería, cuya pieza era el comedor del Rector Larroque y su familia.
Enseguida hacia el este, venía la pieza con una reja sobre la galería y puerta de entrada por el zaguán de la hoy calle Galarza, que habitaba don Jorge Clark, Administrador y Profesor.
Con entrada también por el mismo zaguán (lado Este) estaba la pieza de la escalera del mirador (que han reformado después). Debajo de la escalera el cuarto o encierro para castigo de faltas muy graves. Muy escasas veces se ocupaba.
En los altos del mirador, a la altura de la azotea, tenía un dormitorio Wenceslao Pacheco, y en la pieza más alta (del otro piso) han vivido Eduardo Wilde, con Olegario Ojeda, y Manuel Escobar (todos de Salta). Esto no fue más que en un año.
Pared por medio con el cuarto bajo de la escalera del mirador, seguía la Sala de Religión, con tres rejas a la galería, y puerta de entrada por la galería Este, tal como está actualmente, pero cerrada la puerta que comunica esta sala con el actual Salón de Actos Públicos, el cual como ya hemos explicado no existía y esa parte era el dormitorio de Ibarguren, Ruiz de los Llanos, etc., y en seguida hacia el Sud la sala de matemáticas, todo lo cual ya hemos relatado, que comprendía incluyendo lo que ocupa hoy el cuarto de la escalera de los altos.
Seis años en el Colegio del Uruguay (1857 – 1863)
Banda de Música. Ignoramos en que año se fundó esta banda, pero estando a la perfección con que ejecutaba las piezas de música difícil, a que en su personal habían verdaderos maestros y compositores, debe haberse fundado 1 o 2 años después que el Colegio. El personal en su mayor parte lo formaba los estudiantes de derecho y alumnos de otras carreras que terminaron sus estudios en el año que, por dicha causa, se disolvió la banda, quedando algunos en el Colegio.
Segunda Banda. (1859 a 1861) Pistón Segundo: Luis F. Aráoz; Barítono Segundo: José S. Aráoz (Salta); Redoblante: Guillermo Aráoz.
Esta banda terminó con la clausura del Colegio en 1861 (3años) por lo que nunca alcanzó a equipararse a la precedente o Primera Banda. Sin embargo, ejecutaba varias partituras que fueron de la primera Orquesta. El personal de la orquesta se formaba con algunos de los ex alumnos de la primera Banda y de los de la segunda, que tuvo la misma duración que ésta (1859 – 61). Pistón: Luis F. Aráoz.
El Colegio fue clausurado durante el año 1862, a consecuencia de la caída del Gobierno de la Confederación. Reabierto en 1863, fue nombrado profesor Manuel Mallada, y este me nombró como auxiliar con 20 pesos mensuales de remuneración.
Se formó una pequeña orquesta, sumamente deficiente, cuyo personal lo componían alumnos del Colegio. Clarinete: Luis F. Aráoz.
En los años posteriores, creo, no hubo más clase de música, pues el Dr. Larroque dejó el Rectorado después de los exámenes de 1863 y se trasladó a Buenos Aires, adonde también nos trasladamos todos los alumnos que terminamos el bachillerato en dicho año de 1863.
Edición: Civetta, María Virgina y Ratto, Carlos Ignacio. Teto extraído de Aráoz, Luis, “Del tiempo viejo”
El Dr. Luis Aráoz, oriundo de Tucumán, arribo a nuestra ciudad para estudiar en el Colegio del Uruguay, al que arribó el sábado 7 de junio de 1857 y permaneció por espacio de 6 años. Ya grande, a los 88 años, se decidió a publicar sus memorias de aquellos años, gracias a ello podemos saber de primera mano cómo era la vida en el Colegio de tan solo 8 años de su fundación.
Seguramente a algunos les parecerá muy diferente el colegio que nos muestra Aráoz al que podemos conocer hoy. Lo cierto es que nuestro Colegio paso por dos grandes remodelaciones que le cambiaron total mente su fisonomía interna, una en 1835, en la que se agrega la planta alta frente a plaza Ramírez (Sobre un diseño de Pedro Melitón González y se modifica el ala este del mismo, las obras terminan en 1874. Y otra en 1935 en la que prácticamente todo el colegio, salvo el, frente este y el mirador, es demolido y se reconstruye agregando en este caso el primer piso que da sobre la calle Leguizamón. Fue tal la magnitud de la obra que recién 7 años después, en 1942 el colegio, que durante ese tiempo funcionó en la Escuela Normal, volviera a su propio edificio. Este último es el colegio que hoy conocemos.
Vida doméstica – Menaje
La vida doméstica estaba adaptada a la pobreza e insuficiencia de los muebles y útiles y de más elementos que suministraba el colegio, con la incomodidad y aún la consiguiente falta de higiene, y sin embargo, la salud de los numerosos alumnos aglomerados (más de 500), en tan estrecho local, era inalterable, debido seguramente, al incomparable clima de la zona en que está ubicada la ciudad de Concepción del Uruguay, proverbial por su salud y belleza, como lo ha demostrado la estadística demográfica.
Bastará decir que durante los seis años que fui interno en el colegio, sólo fallecieron dos colegiales, uno, Juan Castellanos, (de Gualeguaychú), enfermó de gripe en el año 1858, y Casacuberta, también de Gualeguaychú, y Reboredo de Buenos Aires, ambos de enfermedad propia.
Pero en el año 1856, uno de los primeros enterrados en el nuevo cementerio inaugurado en dicho año (el actual), fue un joven Marechal o Marchan, a quien Andrade había dedicado unos lindos versos, y el rector Dr. Larroque un conceptuoso discurso, según referían los Colegiales en 1857 cuando yo ingrese.
A Juan Castellanos también dedicó el Dr. Larroque un bello discurso del cual recuerdo algunos párrafos.
Los Muebles
Las camas eran de fierro construidas en la localidad, sin nada de adorno, ni ruedas, ni pintura. Consistían en dos cabezales sencillos a la moda usual, dos laderos de planchuelas encajadas por sus extremidades a las patas para soportar el lecho y unir aquellos con los respectivos tornillos o roscas en sus extremidades y la tuerca que los aseguraba por la parte exterior.
Encima de los laderos, las tablas para el colchón; pero como era frecuente la falta de ellas, algunos muchachos usaban cuerdas entrelazadas de lado a lado que no soportaban horizontalmente el colchón, viniendo a formar como una bolsa o hamaca que, a veces, casi tocaban el suelo. No por eso perdían el sueño para dormir como si tal cosa, pues los feroces madrugones pasaban por alto toda incomodidad
Después, conforme iba aumentando el número de alumnos, las camas se construían de pino blanco por el carpintero del colegio. Todo este menaje ha desaparecido, dado que se suprimió el internado en el colegio, tan completamente que no he vuelto a ver una sola de esas camas, aún en las casas particulares, a pesar de mi empeño en buscarlas, para conservarlas como un objeto de recuerdo de la pobreza y de cuando se fundara el colegio.
La ubicación de las camas en los dormitorios era perpendicular a las murallas, y distanciadas unas de otras, a lo más, unos 50 centímetros, quedando una callejuela o pasillo por el centro del aposento, por el que se paseaban los veladores durante toda la noche, encargados de la vigilancia.
Debajo de cada cama se tenía el baúl con la ropa y una bolsa con la que debía ser lavada. No había escupideras, de modo que previa permiso del velador, había que salir a medianoche, si era el caso, atravesar el patio, para concurrir a los excusados.
El dormitorio grande, como ya hemos dicho, comprendía toda la cuadra de frente a la plaza Ramírez, y el cuarto de cuadra que hacía ángulo al sud sobre la actual calle por medio con la iglesia. A este cuarto de cuadra lo denominaban “El valle”, no sé por que razón.
A mi me tocó, hacer mi cama sobre una de las mesas de la sala de matemáticas, actualmente parte del salón de actos públicos, sobre la galería, y algunos días después tuve ubicación en “El valle”, al lado de la mocheta del arco del muro interno con la cabecera al Sud. En el año siguiente, pasé al extremo norte del mismo dormitorio, al lado de la ventana norte de lo que es actualmente el Salón de Actos Públicos.
A mi lado tenía a Francisco Viñas, español, compañero de los pocos que, como yo, sobrevivimos actualmente. Enseguida hacia el lado Norte tenían sus camas Cipriano Pons y Pedro José Peña (no recuerdo a otros). En 1859 pasé al dormitorio de Martín Saravia, que lo componía el salón de la media cuadra sobre la actual calle Galarza hasta el ángulo Noroeste (calle Leguizamón). Allí fueron también Pedro José Peña, su hermano Manuel, Mariano Alisedo, José E. Colombre, Lorenzo Escobar, José Colombo, Lisandro Segovia, Nazario Benavidez, etc.
En 1861 pasé a jefe, conjuntamente con Mariano Alisedo y Eusebio Dojortí, del dormitorio del salón que comprendía la media cuadra sobre la calle con frente al Sud, (que antes sirvió de iglesia) desde el zaguán hasta tocar con el cuarto de la esquina Sud Oeste, que ocupaba el vice-rector Don Domingo Ereñú.
De los compañeros en este dormitorio recuerdo a Juan Miguel Clementino Sañudo, Luciano Quesada, Legarreta, Valentín Virasoro, Adolfo Aldao, etc., etc.
Nosotros, los tres jefes, ocupábamos el cuarto situado sobre la calle a la izquierda del zaguán de entrada. Los mismos alumnos debían hacer sus camas bajo penitencia, si no las dejaban bien tendidas o arregladas.
Refiero lo que pasaba en mí porque así sucedía más o menos a todos los alumnos cuya vida interna, como puede verse, era dirigida paternalmente por el Rectorado, con el cuidado y vigilancia de que los colegiales siguieran rumbos según su edad y conservando la intimidad de sus amigos, cultura, y cariño recíproco.
El dormitorio grande contenía como 120 camas y no menos de 50 el precedente. Fuera de los otros que había en el mismo edificio, se alquilaban casas para dar colocación a los que no cabían en la misma casa. Generalmente los de afuera, eran para los alumnos de más edad.
Veladores
Era un privilegio ser nombrado velador, porque se les permitía dormir hasta las 8 de la mañana, y no más a los que les tocaba el turno de pasar mala noche.
Para el dormitorio grande se nombraban, por el mismo Rector 28 veladores, elegidos entre los alumnos más formales, 4 para cada noche de la semana, 2 de ellos para el cuidado de las 4 horas desde las 9 de la noche hasta la 1 de la mañana. Estos despertaban a los otros 2 que les correspondía desde la 1 a las 5 a.m., en la noche del día de la semana de su tumo.
A su cuidado estaba la vigilancia constante en toda la noche para mantener el orden, dar permiso al que tenía que ir a los W.C. o por sí alguno se enfermaba, y dar parte al Rector al día siguiente de las novedades que hubiese.
Se hacía guardia, tomando mate, en el zaguán del segundo orden o piezas al lado de la plaza, actualmente adyacente a la escalera para los altos, y única entrada entonces, para el dormitorio, pues la puerta que da a la plaza, estaba totalmente cerrada, o clavada.
La entrada a los dormitorios durante el día, era totalmente prohibida, solamente con permiso del jefe podía entrarse en casos de urgencia, para cambiar ropa u otra diligencia necesaria.
Los muebles
Eran todos de obra blanca de carpintería, sin el trabajo del obrero de muebles, de tablas de pino Spruce apenas cepilladas, sin nada de barniz ni pintura, tanto las mesas como los bancos o asientos. Solamente los escaparates que guardaban los instrumentos de música y algunos de los del gabinete de física, tenía pintura imitación cedro.
Sillas
Puedo afirmar que no alcanzaban a una docena las que había en el colegio y no todas con asiento de suela o cuero, nada de esterilla ni tapicería, destinadas a los profesores.
Dos había en el estudio de mayores, para Larroque y para el profesor Jorge Clark en el extremo norte del salón; una en el de menores, una en la sala de música (de ñandubay y asiento de suela) como para cura confesor; una en la sala de religión; finalmente otra en la cabecera de la mesa de profesores o del Rector en el comedor.
Todos los demás asientos eran de largos bancos de pinotea y otros de un solo asiento para los colegiales como jefes de mesa que ocupaban la cabecera de ellas en el comedor. Y por consiguiente, nada de respaldos, para apoyarse a descansar.
Mesas
Las de los salones de estudio y de las clases no tenían menos de tres metros de longitud y la escasa anchura de 0,60 centímetros, con seis cajones hacia un solo lado para abrirse hacia arriba, y su cerradura o candado, cada mesa para seis alumnos. Dichos cajones estaban destinados a guardar los libros de estudio y útiles de escritorio de cada colegial.
La ubicación de esas mesas en el salón de estudio de los mayores era, como es de suponerse, paralela a las murallas, a una distancia como de 0,50 centímetros y otra mesa adjunta con el frente hacia el centro del salón, de manera que ambas unidas por sus fondos formaban una mesa de 12 cajones para 12 alumnos, 6 con la espalda contra la muralla, y 6 hacia el pasillo del centro del salón, sin ningún respaldo en el banco de una sola tabla sobre tres patas de pino blanco.
Al otro lado del salón las mesas tenían la misma colocación, de modo que apenas quedaba un pasillo, no más de 1 metro de anchura, en el centro del salón sobre el cual daban la espalda la hilera de alumnos en toda la extensión del salón.
Las extremidades de las mesas estaban apartadas como 0,40 centímetros unas de otras, al objeto de que se pudiese pasar para ocupar los asientos con respaldo de la pared. Pero como frecuentemente había alumnos rezagados, para ocupar su asiento tenían, a veces, que hacerlo pasando sobre la mesa.
Cada mesa tenía un jefe. Cuando cesaba las entrada a los salones, el Rector Larroque, decía: “Parte”, para que se lo dieran los jefes de las mesas, en caso que faltase algún alumno.
En el estudio de mayores, la ubicación de las mesas era la siguiente: En el ángulo de dicho salón con el de menores, al centro sobre una tarima, la mesa del Dr. Larroque, con su silla desde donde vigilaba los dos salones, de mayores y el de menores, ambos, como queda dicho, sobre la galería interior Este y Sud.
A la derecha de la tarima una mesa con seis alumnos, y después, siguiendo hacia el Norte el salón, las mesas dobles, a cada lado, de doce alumnos c/u, menos las últimas (al llegar al fondo) hoy zaguán de entrada por la plaza, donde a cada lado de los muros había una mesa simple dejando el espacio al centro para el pizarrón y silla del profesor, de la clase mercantil o de comercio, que era don Jorge Clark.
El salón de menores, más o menos tenía las mismas distribuciones dejando el fondo Oeste hasta el muro del zaguán central Norte-Sud, el espacio para las cátedras de gramática, etc., etc., que desempeñaba el profesor, Dr. Baldomero García Quimo.
Dormitorio No. Pasando el zaguán y con entrada por el mismo, la pieza con dos ventanas sobre la galería, era dormitorio de legistas; allí estaban: Juan Mantero, Desiderio Rozas, Retamal, Cornejo, y otros.
Sala deMúsica. Pared por medio siguiendo siempre al Oeste, con dos ventanas también sobre la galería, era la sala de música, con dos mesas de pino de las ya descriptas, paralelas a la pared de las ventanas y cuatro escaparates con los instrumentos de la banda de música, las partituras, y cuadernos, los faroles de los atriles, etc.
A lo largo de la pared del fondo los atriles con bancos a los dos lados para los alumnos de la banda.
En la cabecera un piano horizontal para tomar las lecciones de solfeo cantado, y para acompañar a la orquesta.
El cuarto siguiente, cuadrando las dos hileras de piezas, contenía los roperos (de pino blanco) con el vestuario de los alumnos del batallón “Guardia de Su Excelencia”, blusas azules de paño con vivos o filetes colorados, cinturones y kepis a la moda francesa; y en otros roperos los fusiles del batallón, todos fulminantes, sin bayoneta como 200.
Sobre la galería Oeste, como ya hemos anotado, con puerta en el ángulo y una ventana, vivía el Ecónomo del Colegio, el anciano don Felipe Argento, con su hijo Aureliano. Allí compraban los muchachos, yerba, azúcar, tortas revestidas de azúcar quemada, etc.,
La cocina. Al Norte enseguida del zaguán que da a la calle (hoy Leguizamón) y con dos ventanas sobre la galería, estaba la cocina. Sus útiles eran, una larga y pesada mesa de pinotea, en la que se trituraba la carne, la cual mantenía el olor a pino aún después de cocinada, el asado y también el caldo del puchero; pero que teníamos que devorarlo prescindiendo de su repugnancia.
Contra la pared de los fogones donde se hacía el asado al horno, (detestable), y en grandes tachos de lata el caldo, café con leche, etc. Los cocineros eran tres o cuatro vascos de muy pobre indumentaria, y nada de aseados.
La puerta de entrada era a la izquierda del zaguán central y la de la derecha la del cuarto del legista Medrano, que vivía solo, y encargado de vigilar (según creemos) los toques de la campana que pendía de un palo encajado al lado de la puerta de la galería y como a dos metros de altura. Hasta hace pocos años ese palo todavía estaba colocado. Según creemos el Rector Dr. Tibiletti lo ha hecho sacar.
La campana. Fue regalada al General Roca durante el rectorado del Dr. Honorio Leguizamón. Este me refirió que el general Roca la tenía en su estancia “La Larga” en La Pampa.
Los lavatorios. Ocupaban la sala con dos ventanas, y entrada por el pequeño patio del Oeste, enseguida del cuarto de Medrano. Era una mesa larga, casi del largo del salón, dos tablas forradas de zinc, en dos planos inclinados hacia la línea del centro. Una cabecera más alta que la de la otra extremidad, al objeto de que la diferencia de altura correspondiese a la altura y comodidad de los alumnos, de tan diferentes tamaños.
Al lado de la cabecera alta estaba el depósito de agua en una media pipa. Enseguida de la más baja otra tina igual que recibía las aguas servidas de las palanganas que las volcaban sobre la mesa.
Las palanganas eran de hojalata, fabricación extranjera, en número no menos de veinte. El jabón (negro generalmente) lo llevaba el alumno juntamente con su toalla.
El agua siempre muy fría; era terrible cumplir con el reglamento de lavarse la cabeza una vez por semana, al toque de campana en el invierno, a medianoche.
Los excusados. En el patiecito referido estaban los excusados. Consistían en 3 o 4 cámaras escalonadas hacia el fondo (como de dos metros y medio, y con dos o tres escalones sobre la superficie. Cuando se llenaban, se los desagotaba a la medianoche, generalmente en las vacaciones.
Cuando se sentía por las calles el traqueteo de los carros conductores y la ráfaga del aire alterado se exclamaba: ¡Ahí va el Tigre!
Los orinales eran detestables, consistían en pequeñas piletas, angostas, del ancho de la pieza, contra de las murallas, la mitad bajo el nivel del suelo, y por el fondo se escurría el líquido para juntarse con las cámaras del Tigre.
El agua para tomar. A la izquierda del patiecito estaba una pipa colocada horizontalmente sobre dos bajos caballetes y un agujero en la parte media superior, y al lado de éste una cadena delgada (1 metro de largo) atornillada al lado del agujero , y en la otra extremidad un jarro de lata asegurado por la oreja de la cadena.
El mismo jarro servía para cuantos tenían necesidad de tomar agua, introduciéndolo a la pipa para alzar el agua.
La Enfermería. Sobre el mismo patiecito doblando hacia la derecha, se daba a su izquierda con la puerta de la enfermería, de los excusados, tan solo por la pequeña anchura del mencionado patiecito.
Era (1857), la enfermería atendida por el colegial Fermín Montaña (del Paraná), y en ella, como un privilegio, tenía su dormitorio el alumno N. Videla, de familia pudiente de Chile (Valparaíso) en el referido año. Después vivió, como ya hemos dicho, en la esquina de la calle 25 de Mayo y Rocamora, a la derecha 1 o 2 años después, la enfermería fue trasladada a las piezas que se construyeron en el sitio de media manzana, calle por medio del Colegio, (Leguizamón hoy). Eran una pieza para enfermería, que empezaba como a 15 metros del arco de la calle, y 3 más siguiendo al Oeste para dormitorios, todas de techo de paja. El enfermero era Pedro Balarino, ya de edad, muy buen hombre.
A pesar del crecido número de colegiales y de la vida pobre y antihigiénica que se hacía, nunca la enfermería ha tenido más de cinco enfermos conjuntamente. El médico, único entonces en el Uruguay, era el Dr. Vicente H. Montero, bien conocido por su filantropía y nobleza.
Todo alumno que decía estar enfermo, tenía que ir a la enfermería para ser examinado por el médico, e informar diariamente si realmente estaba enfermo, o para recibir la asistencia necesaria. Por consiguiente, de nada valía una ficción o maña, que era penitenciada si la constataba el informe médico.
Comedores. El salón principal sobre la calle Oeste (Leguizamón) empezaba desde el zaguán de salida de dicha calle hasta la pared, hacia el Norte, que lo separaba de la enfermería de frente de los excusados.
Paralela a dicho salón sobre una tarima cuya extensión era la anchura del salón, estaba colocada la mesa ocupada por el Rector, en la cabecera Oeste, espalda a la calle, y en los bancos a lo largo, algunos legistas o profesores.
A cada lado del salón, las mesas de los colegiales, cada uno con doble fila de largos bancos, una arrimada a la pared, y otra hacia el centro, y cada mesa era ocupada por no menos de 16 alumnos con un jefe a la cabecera sentado en un pequeño banco.
El jefe distribuía la comida de la fuente a los comensales se su mesa. La entrada al comedor, que se concurría desde los salones de estudio, era siempre en formación de dos en dos, y cada colegial tenía su lugar señalado en las mesas.
La entrada, por el zaguán del centro, se hacía ante la vigilancia del rector Larroque, que se paraba en la puerta de entrada. Ya todos adentro y parado cada uno frente de su asiento, en la tarima referida pronunciaba las siguientes palabras de rezo en latín: Benedictio Mensa. Benedicite. Oremus. Bénedic, Domine, nos, et hactua dona, qua de tua largitáte sumus iump. Tuvi. Per Christum Dóminum nostrum. Amen.
Bendición de la Mesa
Nota: Oración que pronunciaba el Rector Dr. Larroque al sentarse a la mesa. (Colegio del Uruguay)
Antes del rezo leía el parte de todos los jefes, sobre las faltas de los alumnos y dictaba la pena a cada uno, generalmente privándolos del pan (lo único bueno que se servía), u ordenando copiar cierto número de veces el verbo aplicado a la falta.
En la mesa no era tan riguroso el silencio. Algo se podía hablar o conversar, pero en voz baja.
Servicio de mesa. Consistía: en una fuente redonda de hojalata, con dos orejas de alambre, de fabricación local, en las que se conducía la comida a la mesa entregándola al jefe de ella para el reparto.
Dos platos de hojalata, hondo uno, plano el otro, para cada comensal, de fabricación extranjera, las cucharas de acero estañado; los tenedores y cuchillos de cabo compuesto de dos chapas de hueso, todo de lo más ordinario y pobre. Una jarra, también de lata y un vaso para cada mesa para tomar agua. Sólo el servicio para el te de mañana era de loza blanca. Todo sobre un mantel y nada de servilletas.
La Comida. De mañana, a las 8, una taza de té con leche, y un pan que los sirvientes repartían conduciéndolo en un canasto con el cuidado de no ser engañado por el colegial para conseguir dos en vez de uno, pues cuando alguno era penado privándosele del pan, procuraba hacerlo equivocar al repartidor, o al compañero de al lado, para entregarle al penitenciado.
El almuerzo. (De 11 a 12). Consistía en caldo de puchero, las carnes del puchero y un guiso detestable.
La comida. (de 7 a 8 de la tarde). Una sopa (fideos o arroz), el consabido guiso, y el asado, algunas veces este acompañado por ensalada de lechuga. La carne, triturada groseramente sobre las mesas de pinotea de la cocina, la mayor parte de las veces venía impregnada con el olor a la madera de la mesa.
Algunas ocasiones, dos o tres veces al mes, servían orejones, pero ¡que orejones, bien orejudos!
Nada de postres, fruta, ni verdura, ni mucho menos vino. Todo esto no hemos conocido en la alimentación, pero nos ha servido de experiencia para aprender a ser pobres, y contrarrestar con indiferencia y altivez la vanidad que enorgullece a los que no han conocido necesidades.
El lavado de la ropa. Se hacía bajo la dirección de alumnos nombrados por Larroque, con la designación de Jefes de Brigada. Cada brigada la constituía un cierto número de colegiales, los cuales debían llevar su ropa a lavar bajo inventario y marcada con su número de matrícula. El jefe confrontaba los apuntes en presencia de las lavanderas, y hacía la entrega del conjunto.
Cuando venían a recoger la ropa, o la devolvían ya lavada, el mismo Dr. Larroque en el estudio o en el comedor, hacia el anuncio en alta voz: “Ha venido la ropa de tal brigada”, expresando el número de ella o avisando el momento en que iba a ser entrega para llevarla.
El Baño. A las cuatro de la mañana, una o dos veces por semana, siempre formados en hilera de dos en fondo, conducidos por el incansable rector Dr. Larroque, iba el colegio al baño, en el río, generalmente al “Puerto de las Piedras”, paseo de los colegiales, actualmente “Puerto Nuevo“; otras veces al “Puerto de los Barcos“, hoy “Puerto Viejo “ y otras al “Puerto Calvento”.
Una vez en la margen del río, ordenaba Larroque sacarse la ropa exterior, y enseguida, el reposo de diez o más minutos, después de los cuales, daba la voz de: ¡al agua!
Era prohibido a los que no sabían nadar, ni a los más pequeños, entrar al agua donde podían perderse. Y a los que sabían nadar les era permitido entrar a lo hondo pero sin pasar el límite señalado, sobre cuya línea se mantenían de guardia dos botes a fin de evitar los peligros y hacer la salvedad.
Esta precaución respondía, según se decía, a que, en uno de los años precedentes (1855-1856), se había ahogado el clérigo Céspedes en momentos en que sostenía enseñándole a nadar al chiquilín Emilio Villafañe. O por otra desgracia igual con otro colegial.
Vida de Estudios
A las cuatro y media en verano, y a las cinco en invierno, se tocaba la campana para levantarse. Era plena noche e intenso frío en invierno. Una hora después ya estábamos todos en los Estudios, a los que se entraba por una sola puerta, la que está en el ángulo Sud-Este de las galerías que lo forman, pasando por el frente y bajo la mirada de inspección del incansable Dr. Larroque quien se fijaba en todos los colegiales que iban entrando para ver si se había lavado y hecho el peinado, y aseo conveniente, lo cual le era fácil verificar por que eran muy pocos; pero muy pocos, los que poseían abrigo sobre el gentil y pobre traje de saco, y no permitía que se cubriesen parte de la cara los ricachos que tenían una capa, pues en aquella época no había llegado, a lo menos al colegio, la moda del sobretodo.
Nos eran muy útiles los papeles de diario. El que consiguiera algún ejemplar del diario “El Uruguay” que allí se publicaba, lo aprovechaba como abrigo colocándoselo entre el chaleco y el saco pues la camiseta era muy escasa. Al menos yo y varios otros no la teníamos.
El toque de campana
Me parece oírlo todavía como resonando después de tan largos años y con todo el fastidio que le teníamos al campanero Lértora, que la tocaba, diremos a la medianoche.
Por recordar esos toques lo escribo con signos musicales, con el compás y valor de sus tiempos, pero sin poder determinar el timbre ni la nota del diapasón.
Terminada la entrada, el Rector, parado sobre su tarima, decía: ¡Parte! a todos los jefes de mesa, por sí faltaba algún alumno o había otra novedad.
En los salones del estudio era absoluto el silencio y ninguno podía levantarse de su asiento sino por urgentes momentos y con permiso del jefe de mesa. Y, de cuando en cuando, el Dr. Larroque recorría el pasillo del centro de los salones, para ver si alguno se dormía o se ocupaba de leer otros libros que los del estudio. Sin embargo, a hurtadillas podía ocupamos de leer novelas o escribir cartas.
Al toque de campana, a las ocho, se salía del estudio, y, en formación, se pasaba al comedor, al desayuno de té con leche y un pan. Inmediatamente después, previo un recreo de menos de media hora, se volvía al Estudio, a donde a cada entrada de los profesores se llamaba a los alumnos respectivos que recibía el profesor en el salón de su clase.
Poco antes de las doce terminaban las clases (después de dos horas). Reunidos de nuevo en el Estudio, se pasaba al almuerzo. Se leían las faltas y penitencias señaladas, según los partes de los profesores y jefes, y poco después se entraba al recreo de 12 a 2 p.m. Todos tenían que estar en el patio o los claustros, sin serles permitido entrar a las habitaciones.
Durante los recreos se jugaba a las bolillas, saltos, a la pelota, etc., etc., y muchos lo pasaban en charlas y paseándose, y los muy estudiosos leyendo o preparando las lecciones.
A las 2 p.m. se entraba otra vez al estudio, para asistir a las clases de la tarde, según fueran llegando los profesores. De tarde el recreo era de 1 hora, después de las clases. A las 6 ya todo el colegio estaba en el Estudio.
De 7 a 8 era la cena, y poco después a dormir. A las 9 todos estábamos en su sueño y en perfecto silencio.
Los jueves no había clases por la tarde, y los domingos solamente la de religión que daba Larroque de 9 a 10. En estos días el mismo Larroque conducía en formación a todo el colegio, al paseo, para regresar a las 4 o 6 según la estación.
Los lugares de paseo eran con más frecuencia al puerto de las Piedras (hoy Puerto Nuevo). Después de estar todos formados, señalaba el Dr. Larroque los límites. Al Este era el río; al Norte por donde pasa actualmente el ferrocarril; al Sud la línea que pasaba por el punto llamado La Bomba. Al Este más o menos la línea de Sud a Norte que corre por el lugar que ocupa actualmente el Hospital de Caridad.
Todo esto desde 2 o 3 cuadras de la plaza Ramírez, como ya lo hemos dicho, era un hermoso campo desierto con su punto culminante o colina, lo que ocupa el hospital, y a media cuadra antes de llegar al río (a donde está el chalet de Bybel más o menos), había un rancho al lado de un alto naranjo, y como media cuadra al Norte una higuera rodeada de un bosque de ñapindás.
Los colegiales se reunían en grupos de cuatro, seis o más, asociados para tomar mate generalmente debajo de los arbustos, espinillos, o en las sinuosidades de la barranca del río.
Allí se pasaba el mate cimarrón por turno preparado por uno de los colegiales del grupo, o el pucho de cigarro que se hacía circular por turno, y con precauciones para no ser descubiertos por Larroque que se ocupaba durante todas las horas del paseo de pegar sus galopes a caballo en vigilancia de los grupos.
Otra localidad para las salidas a paseo era al Norte cerca del arroyo Curro en la dirección de la calle 25 de Mayo más o menos. La hora del paseo terminaba por un llamado a formarse en el centro del campo; se averiguaba si alguno faltaba, y siempre en formación, se regresaba al colegio.
Los profesores y las clases
Empezábamos siguiendo el orden de las horas en que eran desempeñadas.
Clase de música – instrumental y vocal. La dictaba el profesor Doroteo Larrauri, de 7 a 8 de la mañana la vocal, y a las mismas horas por la noche la instrumental. En invierno, como puede deducirse, a las 7 estaba amaneciendo en los meses más rigurosos.
Empezaremos por las clases que desempeñaba el Dr. Larroque, el profesor incomparable, el Rector ideal, que como vamos anotando ofrece una personalidad extraordinaria, por su sabiduría múltiple, su acción incansable, su criterio y energía ecuánime y constante, la dirección en todo hasta el menor detalle en el cuidado de la instrucción, y en la vida doméstica y en el internado de los numerosos alumnos procedentes de todas las provincias y de regiones lejanas, de clase y de índole y de educación diversa, tratando a todos según su condición y con el cuidado paternal que reemplazaba al que cada uno tenía en su hogar.
Larroque está en todas partes, enseñando, vigilando, dirigiendo a los alumnos al paseo, al baño, a misa, al estudio, al comedor, cuidándolos en el recreo, dentro y fuera del colegio; él era el primero en levantarse antes del toque de campana a las cuatro y media o cinco de la mañana; el último en acostarse a las once de la noche.
El cuida los salones de estudio, él llama a las clases cuando vienen los profesores, él anuncia la llegada de la ropa lavada indicando La Brigada; el impone la penitencia de los partes que se reciben, él hace cuidar al alumno enfermo vigilando si es bien atendido; él enseña al alumno el modo de corregir las costumbres defectuosas, en el hablar, vestir y aún en el modo de caminar.
El reemplaza al profesor que no ha asistido, dictando la clase, superándolos a varios de ellos con un empeño admirable para que aprenda y se instruya el alumno.
En fin, qué no hacía este sabio admirable e incansable, como maestro, como pedagogo, como consejero y como Rector, todo encuadrado en la moral y la honradez intachable.
Alumbrado
Toda la iluminación se hacía con velas de cebo, de baño. En los estudios había tres o cuatro candeleros sobre cada mesa y una despaviladera. En los dormitorios y comedores, las velas se colocaban en un pequeño candelero o arandela, de hojalata adaptada en la extremidad de un fierro o largo clavo como de 40 cm., encajado en las paredes, a dos metros y medio de altura, y a las distancias convenientes, pero siempre en la dirección del pequeño espacio (40 o 50) cm., que separaba las camas.
Media hora antes (a las cuatro y media en invierno) del toque de campana para levantarse, entraba al dormitorio grande el sirviente a encender las velas, conduciendo un pequeño banco que arrimaba a la pared por el estrecho espacio entre las camas, para alcanzar a la altura de los candeleros, recibiendo las maldiciones de los colegiales que se despertaban cuando aquel entraba con su banco en medio de las camas. Por esta causa era detestable la ubicación de las camas al lado de las luces, pues el dormir media hora más era de importancia.
El sirviente, se llamaba Domingo Lértora, ya de alguna edad y de buena educación. Tuvimos ocasión de oírle referir que había sido sacristán en una iglesia de Lima, en el Perú.
El Dr. Larroque, trabajaba sobre su mesa, durante las horas del estudio de noche, ante la luz de dos velas de igual clase.
El alumbrado exterior (de igual clase) consistía en cuatro faroles, en forma de tronco de pirámide cuadrangular invertida, colocados en los ángulos de las galerías internas, suspendidos sobre dos fierros encajados en la pared. Hasta hace pocos años los he visto, y cuando fueron sacados, busqué mucho uno de esos faroles para colocarlo como recuerdo en mi casa. Los que me mostraron guardados en el depósito del Mirador, eran distintos (hace seis años). Otro farol había en el único zaguán de entrada del colegio, por la calle Galarza.
En la ciudad no existía alumbrado público, fuera de cuatro faroles (y no estoy seguro), en los ángulos de la reja que rodeaba la pirámide de la plaza Ramírez, demolida (en 1858 o 59) para edificar la existente actualmente, y también en el zaguán de la Policía.
El alumbrado público en Tucumán en aquellos años (1857 y siguientes) con velas de baño de sebo. Todavía no se conocía el Kerosene, introducido por los año 1861-62 (como tuvimos ocasión de ver en el Rosario en dicho año 1862) bajo el nombre de Luz del Plata.
Estudiantes
El estudiante más aventajado como talentoso en el aula de derecho como en las de otras asignaturas, estaba considerado así, Juan A. Mantero, a la vez que al menos contraído a los libros. En el corto tiempo (minutos), que podía leer la lección, la aprendía íntegra, y muchas veces ganaba apuestas, a cambio de un cigarrillo, leyendo una sola vez una larga página de un libro y repitiéndola, sin olvidar una coma. En relación a su gran memoria, estaba su inteligencia, su bondad, su energía y su noble conducta.
El estudiante más preparado y dedicado al derecho canónigo era Aureliano Argento (a) “Largo viaje “, de apodo, porque era alto y delgado.
Estudiaron los preparatorios en el Colegio del Uruguay:
Abogados: Facundo Grané, Antonio Medina, Carlos Jurado, Juan Antonio Casacuberta, Manuel Morón, Cipriano Ruiz, Moreno, Camilo Villagra, Amador Tahier, Leopoldo Tahier, Benjamín F. Zubiaur, Arturo Ortíz, Miguel Coronado, Ramón A. Parera, Emilio Marchini, Ramón Costa, Andrés Gallino, Carlos Elías, Enrique Spangenberg, José N. Díaz, Francisco Barroetaveña.
Médicos: Miguel Fernández, Miguel Clavarino, Santiago C. Díaz, Fortunato Díaz, Eduardo Goñi, Martín Ruiz, Amado Lanza, Manuel O. Vasallo, Enrique Pietranera, Teófilo Pietranera, Reynaldo Villar, Alfredo Méndez Casariego, Pedro I. Coronado, N. Galdoz, N. Savalet.
Ingenieros: Alberto Méndez Casariego, Domingo Sobral, Anselmo Lazo.
Curas: Vicente Martínez, Camilo fue diputado provincial el 1883, y enseguida Vice Gobernador, luego Diputado Nacional, y por fin el 1890 Vice Gobernador electo, muriendo en seguida. Faltan otros que no recuerdo.
Marzo 25 de 1909.
Edición: Civetta, María Virgina y Ratto, Carlos Ignacio. Teto extraído de Aráoz, Luis, “Del tiempo viejo”
Calle “Tonelero” o “Del Tonelero”, Actual San Martín. Foto de 1875
De acuerdo a un minucioso trabajo realizado por el Arq. Carlos Canavessi, podemos ver que el nombre más antiguo de una calle de la ciudad que aún se conserva es el de General Urquiza, aunque diferentes arterias de C. del Uruguay han llevado su nombre.
Es interesante destacar que los primeros nombres a las calles de Concepción del Uruguay se encuentran en el primer plano de 1856 del elaborado por el agrimensor Picont cuando por primera vez se les impone un nombres por orden del comandante militar y político de la ciudad en ese entonces Coronel Ricardo López Jordán. Algunos de los primeros nombres de las calles de ciudad, que figuran en ese plano son: La Concepción (Hoy Lucilo López), Gral. Garzón (Hoy Ing. Henri); Arroyo Grande (Ereño); Buenos Ayres (Sarmiento), Entre Ríos (Alberdi), Tonelero (San Martín), Representación (9 de Julio), Ciencias (Galarza), Comercio (Rocamora), San José (8 de Junio), Calá (Posadas), Las Artes (Mitre), del Mercado (Estrada), Vences (España y Leguizamón), Paraná, América (L. N. Além y Congreso de Tucumán), India Muerta (Rivadavia y Ameghino), Laguna Limpia (Carosini y Rep. de Chile), Independencia (Supremo Entrerriano y Artigas) y Federación Entrerriana (Juan y Eva Perón).
En consecuencia, la primera mención a una calle con el nombre de Urquiza, data de principios de la década de 1850, ocupando entonces, toda la extensión, desde el norte hasta el sur, ya que todavía la calle 9 de julio no dividía a la ciudad en dos, respecto del nombre de sus calles. Luego en 1880, pasa a denominarse General Urquiza la actual Juan Domingo Perón, antes Londres y Federación Entrerriana, aunque ya para 1897, esa calle paso a llamarse Vicente H. Montero. Luego se denominó Avenida Justo José de Urquiza a la actual Av. Paysandú y desde 1970, pasa a denominarse con ese nombre, hasta la actualidad, la ex calle Centenario del pronunciamiento y ex Coronel González (Por Pedro Melitón González), volviendo luego de más de 100 años a denominarse esa calle con el nombre del máximo caudillo entrerriano.
Luego, aparecen las calles Moreno (Antes: Lima, Libertad y Real del Puerto) y 3 de Febrero (Antes: Roma y General Urquiza), Gral. Galarza (Antes Ciencia o de las Ciencias) y Tomás de Rocamora (Comercio o del Comercio), cuyo nombre se mantiene inmutable desde los primeros años de la década de 1880.
Plano de Concepción del Uruguay de 1897
En antigüedad le siguen, ya apareciendo en el plano de la ciudad de 1897 y manteniendo su nombre hasta hoy, las calles Perú, Rosario, 25 de Mayo (Antes Libertad), Rivadavia (San Juan), Chacabuco, San Lorenzo, Las Piedras, Maipú, Suipacha, Belgrano, Ituzaingó, San Martín (Antes Catamarca y del Tonelero), 9 de Julio (Antes Representación), y Cochabamba.
Para 1909 encontramos una calle denominada Bartolomé Mitre (Antes Las artes, que con alguna interrupción muy breve continua hasta la actualidad. A mediados de la década de 1940 pasa a llamarse Soberanía, pero ya en 1948 recupera su nombre.
Hasta ese momento fines de la década de 1910 sólo 3 calles llevaban nombres de Uruguayenses. General Urquiza, Vicente H. Montero y Coronel González.
Recién para estas fechas se comienzan a colocar nombres locales, todas ligadas con el Colegio del Uruguay, es así que en 1918 encontramos las calles: Dr. Clark (Antes Nogoyá y Tucumán), Larroque (Antes Tucumán), Jordana (Antes Chaco y Gualeguaychú), Eráusquin (Antes Gualeguaychú), Ugarteche (Antes Concordia) y O. Leguizamón (Antes Mendoza) -Ord. 160/11-.
También encontramos a Almafuerte – Ord. 393/17- (Antes Corrientes), Virrey Vértiz –Ord. 417/18- (Antes Calle 1 del Este Sud ), Santa María de Oro –Ord. 342/16 (Antes Santiago del Estero y Chile), España (Antes México, Mendoza y Vences), L. N. Além –Ord. 160/11- (Antes Florida), Congreso de Tucumán –Ord. 337/16- (Antes Paraná), Ameghino –Ord. 393/17- (Antes San Juan e India Muerta).
De esta manera ya para comienzos de la década de 1920 la ciudad empieza, en lo que al nombre de sus calles se refiere, a tomar una configuración muy parecida a la de hoy en lo que al denominado “Casco Histórico” se refiere.
Texto: Civetta, María Virginia y Ratto, Carlos Ignacio
Cerro de “La Matanza” en Victoria, sitio de la última batalla de los Charrúas en 1749
Al referirnos a los Charrúas, tenemos que tener en cuenta que este grupo étnico comprendía: A los Charrúas propiamente dichos, los Guenoas, los Minuanes, los Bohanes y los Yaros. Fueron mencionados en las crónicas que se conservan, en el Siglo XVI y hasta mediados del Siglo XIX.
Diversos autores coinciden en ubicar a los Charrúas para el Siglo XVIII, entre los ríos Paraná y Uruguay, es decir en lo que actualmente es la provincia de Entre Ríos.
El patrimonio cultural se lo divide en dos: desde el Siglo XVI a primera mitad del Siglo XVIII y el segundo hasta Siglo XIX, en que desaparecen como entidad cultural, aunque quedaron sobrevivientes que establecieron acuerdos con vecinos hispano-criollos. La diferencia de estas etapas culturales estuvo dada por que en la segunda usaron caballos.
Con respecto a los vocablos, existen nombres que no son guaraníes de dudoso origen: Ej.: Calá, Gená, Cupalen, Clé, Dol, Nogoyá y Pos Pos.
“hay un informe de 1684, según el cual un arroyo que podría ser el Arroyo Grande o uno cercano, en Departamento Colón, se denominaba “De Quai Pot Pot”, que significaba “Arroyo de los Porongos”, tal como lo tradujo un baqueano charrúa que iba de acompañante del Piloto que en ese momento realizaba la mensura de las tierras. Es posible que ese nombre abreviado hoy sea “Pos Pos.”
La llegada del español a nuestra provincia y las diferentes quejas de los vecinos de Santa Fe que eran atacados por los Charrúas, hicieron que se decidiera atacar el territorio entrerriano, con el objetivo de exterminar a los Charrúas.
En 1749, el gobernador de Buenos Aires, José de Andonaegui ordeno la campaña. Actuaron desde Montevideo, Santa Fe, Santo Domingo Soriano y las Misiones Jesuíticas, las tropas estaban al mando de Vera y Mujica.
El primer acto que fue el 23 de noviembre de1749, en proximidades de Nogoyá abajo (entre Nogoyá y Victoria). Aquellos indígenas que se salvaron fueron llevados a Santa Fe que en las proximidades de Cayasta, se fundó la reducción de la Purísima Concepción de los Charrúas.
El lugar del extermino, un cerro panorámico, fue denominado “De la Matanza”, en recuerdo a esta luctuoso hecho. En torno a este cerro se fueron afincando pobladores desde comienzos del año 1800. Primero eran inmigrantes vascos a los que más tarde se le sumaron italianos (en su mayoría Genoveses), dando origen así a la ciudad de “La Matanza”. En 1829 un decreto del gobernador de Entre Ríos, Juan León Solá, cambiaría el nombre original de La Matanza por el de Victoria, tal como conocemos hoy a la ciudad.
Pero cuando se afincan las primeras familias venidas de Gualeguaychú, León Almirón, Juez Comisionado del Arroyo de la China, da cuenta que el vecindario estaba compuesto por una treintena de familias españolas y otras tantas naturales. Años más tarde el Tte. Coronel Tomas de Rocamora en su informe al Virrey, de lo contabilizados en Nogoya, Gualeguay Grande, Gualeguaychu y Arroyo de la China, dice que además de las casas de blancos se hallan cientos que pertenecen a naturales y mulatos.
No se puede identificar con certeza quienes eran “indios” o “naturales”. Y es muy escasa la información que dan los libros parroquiales.
Posiblemente descendientes de aquellos exterminados en 1749 y eran contratados para servicio de servidumbres.
Algunos bautizados en Concepción del Uruguay:
Aguirre, María del Rosario – “China adulta Minuana” – 1797
Casas, María – “Párvula como de 3 años de nación Charrúa” – 1796
Peña, Miguel- “Indio Charrúa” – 1801
Ximenex, María de la Asunción – “China Charrúa” – 1797
Lorenza Mallea en su libro “Las Mallas del Viaje”, hace referencia a la existencia de tolderías en la zona sur oeste de la ciudad (Barrio del Cerrito) y en las cercanías a Concepción del Uruguay, a mediados de los años 1800, aunque sin determinar a qué grupo étnico pertenecían.
Edición: Civetta, Virginia / Ratto Carlos. Texto extraído de Harman, Ángel, “Los Rostros Invisibles de Nuestra Historia”, 2010
Nuestra provincia ha tenido la influencia del lenguaje que usaron los guaraníes. Tenemos ciudades, arroyos, cañadas, lagunas, islas, accidentes costeros que aún conservan los nombres impuestos por este pueblo. Claro que algunos se han contaminados con vocablos españoles.
La raza guaraní, no conoció la escritura, y, fueron muy conocedores de la botánica.
Llegan a Entre Ríos desde el norte de nuestro país, no se sabe bien en que época, pero se cree que fue para finales del año 1490. Se asentaron en la periferia de nuestra provincia en un grupo en las islas del delta del Paraná, otros entre Victoria y Diamante y un tercer grupo en islas del Uruguay, en inmediaciones de Concepción del Uruguay.
Su cultura basada en la cerámica, caracterizada por las pinturas con figuras geométricas, rojas y negras, sobre fondo blanco-amarillento. Este pueblo influyo sobre los Charrúas y Cainganes.
Hoy aun conservamos los nombres impuestos por ellos: Itapé: ita-pe, vocablo guaraní que significa, ita – piedra -, pe – chata. Etimología: piedra chata.
Lo genera a este topónimo el riacho que baña las costas de nuestra ciudad. Sobre la margen derecha, en el paraje La Salamanca, abundan piedras, con la particularidad que son chatas, debido a la erosión del agua.
Este riacho, cuando llegan los primeros habitantes blancos, le cambian el nombre por arroyo Vera, en homenaje a un vecino de apellido Vera Mujica. Con el tiempo recupera el nombre. Tacuara: ta-cuara, su etimología es Caña Hueca. Timbo: Ti-mbo, ti –humo-, mbo –hacer, nadar – etimológicamente seria Causar Humo.
La madera de este árbol no tiene aplicación, su combustión produce humo que hace arder los ojos. Los hay de dos variedades Timbo Blanco y Timbo Colorado. Ubajay: Iba – jhai, iba –fruta- y jhai – agrio, acido. Su etimología seria: Fruto Agrio Dulce. El fruto es codiciado por los entrerrianos, por tener propiedad curativa, digestiva y refrescante en verano. Yatay: hiata –duro- , i – pequeño, Su significado seria: Pequeño Fruto Duro.
Es una palmera, cuyo fruto comestible a manera de dátiles. Son las palmeras que tenemos en nuestro Parque Nacional El Palmar. Aguará: significa Zorro. Aguará–Guazú: Guazú significa grande. Etimológicamente seria Zorro Grande. Carpinchore: vocablo formado por contaminación de elementos de los idiomas guaraní y quichua. Carpin – el roedor-, mcho – asociado a re, significa arroyo-. Entonces su significado seria: Arroyo del Carpincho. Uruguay: Descompuesto el vocablo, tenemos: urú – pájaro -, qua – lugar o sitio -, i –agua –
Etimológicamente seria: Rio de los Pájaros
Algunos estudiosos de la lengua han dicho Rio de los Caracoles y otros, urú – gallina – y seria Región del Urú. Cambacuá: camba – se usa para el color de la persona- negro- y cua – cueva – . Su etimología, seria: Cueva de Negro. Calá: topónimo dudoso. De nuestra tradición entrerriana surge – “que se trata de una tribus que habitaba las costas de ese arroyo conocido de tiempos inmemoriales con esa denominación”.
Policarpo Dufo, sacerdote, en 1715 informa de la expedición que hizo sobre la provincia, “…visto esto determino al maestro de campo, caminar luego al punto llamado Calá, donde estaba la toldería desamparada y proseguí la marcha por la costa del Gualeguay…”
Es una palabra que no se han encontrado documentos que permitan descifrarla, se piensa que pudo ser el nombre de un cacique, mal pronunciado y mal escrito por los cronistas.
Edición: Civetta, Virginia y Ratto, Carlos. Bibliografía: López, Florencio, Toponimia de Entre Ríos, 1980
Acceso al cementerio municipal en la década de 1970 (Foto: Mario Soria)
Se trata del mausoleo del general Apolinario Almada, que se halla en el cementerio local, unos metros al oeste del sepulcro del poeta Delio Panizza.
Apolinario Almada es un poco desconocido para el gran público, pese a haber tenido una actuación destacada en todo lo que fue la creación de la República.
Nació en el partido del Arroyo de la China el 10 de enero de 1792. Fueron sus padres, Agustín Almada, procedente de la provincia que es hoy Paraguay, y María Magdalena Jordán, hermana de la porteña Tadea, madre de Francisco Ramírez y Ricardo López Jordán (padre). Se hallaba en Concepción del Uruguay, estudiando cuando se produjeron las Invasiones Inglesas, alistándose, entonces, en un cuerpo de milicias que se improvisó. Tenía 14 años.
Más adelante formó parte del ejército de su primo Francisco Ramírez. Actuó en las luchas contra las fuerzas directoriales. Estuvo en cepeda. Peleó contra Artigas en la memorable acción de ”La bajada”, el 24 de junio de 1820, dónde se logro el triunfo total del ramirismo sobre el artiguismo.
Muerto Ramírez, Almada continuó su carrera militar a las órdenes del general Urquiza, mandando un escuadrón de Dragones tomando parte en numerosas acciones de guerra, tales como Pago Largo, Cagancha, Don Cristóbal, Sauce Grande. Participó en la derrota inflingida por Urquiza al general Rivera en India Muerta, el 27 de maro de 1845.
En la batalla de Vences, el 27 de noviembre de 1847, el entonces coronel Almada fue gravemente herido y se temió por su vida.
Tomo parte en la campaña de Caseros a comienzo de 1852, asistiendo a la acción de los “Campos de Álvarez”, contra la columna del coronel Hilario Lagos. Su comportamiento mereció una mención especial de su jefe inmediato, el coronel Miguel Galarza. En la batalla del 3 de febrero mandó una de las divisiones entrerrianas que constituyeron la columna flanqueadora extrema izquierda, bajo el mando inmediato del general Benjamín Virasoro.
Participó en la defensa y desbarató la invasión a Concepción del Uruguay encabezada por los generales Juan Madariaga y Manuel Hornos.
El general Almada revistió en la plana mayor de Concepción del Uruguay hasta julio de 1860. Falleció en Paysandú el 21 de mayo de 1872, exiliado por tomar parte de las fuerzas de López Jordán (h), siendo brigadier general de la Nación. (N del A: María Miloslavich dice que su exilio se debió a que formaba parte de los leales a Urquiza y que su deceso fue en 1871).
Había contraído enlace el 8 de julio de 1846 con Máxima Funes. Uno de sus hijos, el Dr. Alejo Almada ha tenido destacada actuación en la provincia de Entre Ríos.
Ubicación del supuesto panteón del Gral. Almada
Años después, al haberse calmado un poco los ánimos, sus familiares traen sus restos el 18 de agosto de 1875, siendo depositados en un panteón que había sido mandado a construir por su esposa.
La Comisión de Lugares y Monumentos Históricos, presidida por la Sra. María del Carmen Miloslavich de Álvarez, se ha dirigido en reiteradas oportunidades al gobierno de la provincia solicitándole se declare Monumento Histórico al referido mausoleo, que sería también aprovechado para depositar en él a tantos otros locales olvidados… Se tropezó con la más absurda indiferencia. Se olvido aquello que “El presente es el hijo del pasado”.
Hoy (en 1971) el monumento presenta sus mármoles rajados, telarañas, yuyos en su interior y los herrajes herrumbrados. Triste recuerdo en la muerte de quien arriesgo su vida por la patria en aquellos decisivos momentos de nuestra historia.
Supuesto panteón del General Apolinario Almada
En la actualidad, si bien fue imposible confirmarlo oficialmente, ya que la Arq. Ana Almeida no encontró en los archivos del cementerio que pudo consultar, dato alguno del ingreso del cuerpo de Almada y por lo tanto ningún lugar posible dónde este hubiera estado. El autor de la nota habla que este sepulcro estaba ubicado “…unos metros al oeste del sepulcro del poeta Delio Panizza”. Por unos planos pertenecientes al Cementerio Municipal, y que datan del año 1978, se puede ubicar en el extremo este de la manzana N° 8 del cementerio un panteón ubicado a 45% respecto de los demás, el identificado con el N° 9 que dice “Flia Gral ALMADA”. Hoy ese panteón , si bien tiene féretros en su interior, no esta identificado por fuera, estando borrada la inscripción en su frente.
Desde ya que esto no debe verse como una crítica a los actuales poseedores de los panteones, en caso que alguno hubiera sido del Gral. Amada, sino un llamado de atención a las autoridades municipales vinculadas con la cultura, principalmente, y el turismo, ya que nuestro cementerio tiene mucho valor desde el punto de vista histórico
Creemos que para que estas cosas no vuelvan a pasar se debe realizar un inventario real de todas las tumbas y panteones de la necrópolis municipal y de esta manera poder resguardar la memoria de los grande hombres y mujeres que hoy se encuentran en este lugar, antes que el paso del tiempo borre indefectiblemente esta parte de la memoria de la comunidad
Edición: Civetta, maría Virginia y Ratto, Carlos Ignacio sobre un artículo sin firma publicado en el suplemento aniversario del Diario “La calle” del 6 de enero de 1973 “Misceláneas históricas. Retazos del acontecer Uruguayense”.
Pirámide plaza General Ramírez, primer homenaje al caudillo entrerriano
Muerte y sepultura de Ramírez: ¿Dónde están sus restos?
Días pasados vimos la información de que asesorado por el Prof. Eduardo Lázzari, la municipalidad de Concepción del Uruguay intentará “repatriar” los restos del ex presidente Frondizi con el argumento que vivió y estudio un tiempo en esta ciudad. Más allá de la importancia de su figura en el marco actual de la política Argentina (y lo controversial que es con motivo del poco tiempo que ha pasado de su muerte), no creemos que esto se justifique ni que ayude a posicionar a nuestra ciudad como un destino de turismo histórico, máxime cuando uno de los, tal vez, dos hombres más gravitantes de nuestra y de la historia del país y la región, el general Ramírez se encuentra “desaparecido” y sus restos sepultados fuera de nuestra ciudad y provincia. Ramírez, es todavía una figura que se suele discutir y disminuir (sin motivos para nosotros) más allá de su meritos como caudillo y de su acción en el corto tiempo de su gobierno, solo baste como ejemplo que la autovía 14 se llama Artigas (del que no negamos sus valía), en lugar de Ramírez. Este intento por menospreciar a Ramírez, no fue siempre así y fe de ello es la erección en 1827 de la pirámide en su homenaje por iniciativa de justo José de Urquiza.
Lo cierto es que en la ciudad, provincia y país se han tratado y concretado numerosos proyectos para repatriar restos de personajes de la historia, baste como ejemplo Rosas y López Jordán, este último a Paraná, cuando debió haber sido traído a Concepción del Uruguay, de dónde es oriunda su familia. Pero lo llamativo es que nunca, que se sepa, ningún político o institución intentó hallar los restos mortales del Supremo Entrerriano y luego poder traerlos a nuestra ciudad dónde se le podría brindar ese homenaje que tanto le debemos, es importante destacar que la ciencia actual permite contar con mayores herramientas y experiencia de las que se contaba en ese momento, de las cuales hay sobrados casos notorios.
Este año, una delegación encabezada por el gobernador Bordet y el presidente municipal Lauritto concurrieron a rendirle homenaje en un monumento levantado en tierras cordobesas dónde el caudillo perdió la vida, algo que resulta auspicioso en el contexto al que hacemos referencia.
Esta introducción sirve para intentar reflotar el proyecto que Rubén Bourlot elaborara en noviembre de 1998 y del que también participaron como colaboradores Roque Minatta, Juan A. Izaguirre y Ximena Brun y que llevara como título “Proyecto de repatriación de los restos de general Francisco Ramírez”.
Este trabajo, fue editado por los administradores, debido a su extensión.
Es nuestra esperanza que este proyecto pueda ser reflotado y por fin a casi los doscientos años de su muerte se encare con firmeza y proyecto de hallar sus restos y darle sepultura en nuestra ciudad.
La Muerte de Ramírez
El 10 de julio de 1321, a 8 kilómetros al norte de San Francisco Viejo (Córdoba) y a unos 2 kilómetros al sur de Las Piedritas de Río Seco, las diezmadas tropas al mando del Supremo Entrerriano, general Francisco Ramirez, fueron alcanzadas por las fuerzas combinadas de Santa Fe y Córdoba Los cordobeses estaban al mando del teniente Juan Clemente Oliva y acompañados por el gobernador sustituto de la Provincia coronel Francisco Bedoya; en tanto que los santafecinos estaban al mando del comandante Juan Luis Orrego. El gobernador de esa provincia, Estanislao Lopez se había quedado en retaguardia. El encuentro se produjo a la mañana de ese día y se prolongó hasta la puesta del sol. Conservando aún unos 200 hombres, Ramirez intentó escapar hacía el norte para llegar hasta Santiago del Estero, pero en esta circunstancia los enemigos atraparon a La Delfina, compañera inseparable del caudillo entrerriano. Ramón S. Lassaga narra el hacho de esta manera: “Ramirez, notando la prisión de su adorada (…) dio vuelta su caballo y, blandiendo la lanza, cayo, como un tigre sobre sus enemigos (…). El capitán Maldonado disparó sobre Ramírez un pistoletazo a quemarropa (…). Cayo Ramírez sobre el pescuezo de su caballo que asustado disparó, dando por tierra con su jinete que rodó exánime envuelta la cabeza en los pliegos de su poncho. (…) Su cabeza me cortada (…) por (el) soldado Pedraza, trompa de órdenes del comandante Orrego; y Bedoya envió aquel trofeo sangriento al general López (…).”
Lo relatado por el historiador santafecino coincide con lo escrito por Martín Ruiz Moreno, que se Fundamento en las memorias de los generales Anacleto Medina y Miguel Gerónimo Galarza, oficiales de las tropas de Ramirez que intervinieron en la batalla de Rio Seco. Esta versión también tiene coincidencia con la aportada por Bartolomé Mitre en su Historia de Belgrano, sobre la base de referencias verbales del general Anacleto Medina y del coronel Ramón Cáceres.
Existe una versión distinta que niega la muerte romántica de Ramirez en su intento por salvar a La Delfina. Está contenida en unas memorias atribuidas al general Anacleto Medina que aparecieron publicadas en 1895 en el periódico El Porvenir Militar de Buenos Aires. Según esta publicación el caudillo entrerriano fue alcanzado por una bala cuando, al descubrir a un soldado de su tropa que se había pasado al bando enemigo, volvió para atraparlo y castigado. La historiadora Beatriz Bosch toma el relato como veraz en tanto que Martiniano Leguizamón niega la autenticidad del documento. Otros historiadores como Leandro Ruiz Moreno, Rodolfo Coll, Santiago Moritán y Facundo Arce tampoco dan crédito a esas supuestas memorias
Acerca de la manera en que fue muerto existen coincidencias en que fue un pistoletazo disparado por el capitán Maldonado pero difieren respecto del lugar del impacto. Ramón S. Lassaga y Aníbal S. Vázquez” sostienen que el disparo impactó “en el pecho”, en tamo que otros dicen que fue “en el mentón” o “debajo de la barba”. Este detalle interesa para una futura identificación del cráneo del caudillo.
Muerto el Supremo algunos soldados intentaron salvar su cuerpo de las manos del enemigo. Según las memorias de Anacleto Medina, un soldado apodado “El Flaco” trato de subirlo a su cabalgadura pero se le cayó y tuvo que abandonarlo. La Delfina, en tanto escapó protegida por los generales Medina, Galarza y el cura Monterroso, rumbo a Santiago del Estero. Finalmente la amante del Supremo retorno a Entre Ríos en compañía del general Medina. Finalmente, la Delfina fallecería en la ciudad de Concepción del Uruguay el 28 de junio de 1839.
La cabeza del Supremo
Los restos mortales del Caudillo quedaron en el campo de batalla y el soldado Nicolás Pedraza, trompa de órdenes de José Luis Orrego, le seccionó la cabeza.
Manuel Mantilla sostiene que lo hizo cumpliendo órdenes del capitán santafesino Maldonado, en tanto Martín Ruiz Moreno escribe que “el jefe que mandaba la fuerza que perseguía a Ramirez mandó a cortarle la cabeza”`.”
Con el macabro trofeo el comandante Orrego se dirigió aI gobernador interino de Córdoba, Francisco Bedoya, que dispuso enviarlo a López junto con el correspondiente parte de batalla. Según Ramón I. Cárcano la cabeza de Ramírez fue llevada a Córdoba, en la punta de una lanza por el teniente Juan Clemente Oliva. Bartolomé Mitre así lo sugiere cuando relata por boca de Dalmasio Vélez Sarsfield, que “al pasar por Córdoba. López fue visitado en su campamento por muchas personas notables de la ciudad que salieron a felicitarle. Los recibió sentado al lado de una pequeña mera de tijeras, encima de la cual estaba la cabeza de Ramírez y en la cual despachaba su correspondencia en compañía de su secretario Juan Francisco Seguí. No obstante está documentado que López se encontraba en el campamento de Puesto de Fierro el 11 de julio, día que firmó sendas notas al gobernador sustituto de Santa Fe, al Cabildo y a la Junta de la Provincia con el parte de la batalla y el envío de la cabeza con la orden de embalsamarla y exhibirla en lugar público.
Se presume que la cabeza fue remitida con la mayor celeridad considerando que debía ser “embalsamada si se pudiese, o disecada por el cirujano” según la orden dada por López a Méndez. Teniendo en cuenta la distancia entre las proximidades de San Francisco, donde estaba López y la capital santafecina, no debería tardar más de una o dos jornadas. Diez de Andino, en su Diario escribió: “El 16, nublado, viento norte frio. Como a las diez del día llegó parte oficial del gobernador López, de las Higuerillas, camino de Santiago, por Córdoba, que el 10 del corriente alcanzó al general Ramírez con su división (…) y mandó la cabeza y está puesta en esta plaza”.
Por lo que se deduce que ames del 16 ya estuvo en Santa Fe y se le practicó el trabajo de preservación. Urbano de Iriondo, también contemporáneo de estos sucesos, escribió en sus “Apuntes para la historia de Santa Fe” que la cabeza fue enviada envuelta en un cuero de carnero. Vicente Fidel López escribe que la misma fue llevada “atada a los tientos del caballo de un indio”
Preservación y exhibición de la cabeza de Ramírez
Las autoridades residentes en la capital, procedieron a cumplir con lo ordenado por López. El gobernador sustituto Méndez le entrego la cabeza al cirujano, el protomédico Manuel Rodriguez, suegro del Brigadier López. Este era uno de los pocos médicos que ejercían en la provincia. Prestigioso vecino, profesor de cirugía, nacido en España en 1770 y fundador de la primera leprosería en el país en 1824. Estaba casado con Francisca del Fresno con quien tuvo tres hijos y veintiuna hijas. La casa de Rodríguez se conserva actualmente, contigua a la que habitaba su yerno (esta última es la actual sede del Archivo General de la Provincia y Monumento Histórico Nacional). Un relato transmitido oralmente a Agenor Rodríguez Sañudo, vecino de Sama Fe, ilustra sobre la circunstancia del traslado de la cabeza de Ramirez a la casa de Rodríguez: “Les cuerno una anécdota, los familiares de la Manuela, la mujer del mulato López, el general López. La hija de Rodriguez. Manuela Rodriguez, ve al padre que llega con la cabeza en una canasta y ahí la hija se había dado cuenta, porque siempre que el padre se iba traía un pollo u otra cosa que le regalaban. -¿Qué trae ahí papito?, ¿Tortita?. –Unas empanadas, le dijo. Y entonces Manuela destapó la canasta y se encontró con la cabeza… se fue al suelo desmayada”
Manuel Rodriguez realizó su trabajo como se lo había encargado López, según está documentado en la factura que extendió con fecha 23 de julio de 1821 por el “gasto ocasionado para preservar la cabeza del finado Supremo de Entre Ríos Don Francisco Ramírez. el que he verificado por mandamiento del Señor Comandante del 2° Escuadrón de Dragones de Ia Independencia D. José Ramón Méndez, Gobernador Sustituto de esta Provincia (…)”. Por la tarea Rodriguez cobró la suma de 42 pesos.
Cuando y quiénes sepultaron la cabeza de Ramírez
Para tratar de determinar la fecha aproximada en que fue sepultada la cabeza, hecho que no señalan los historiadores, se debe tener en cuenta el tiempo que estuvo expuesta. Se sabe que el 23 de julio ya estaba embalsamada o preservada y en condiciones de exhibirse, pero no sabemos cuándo terminó su trabajo el protomédico Rodriguez.
López ordenó que la cabeza “sea colocada un la Iglesia Matriz al frente de la bandera, en una jaula de cualquier metal”.
Según la tradición oral citada por los historiadores consultados, el padre Gregorio Aguiar se opuso terminantemente a la exposición de la cabeza en la Iglesia Matriz, por lo que el gobernador sustituto Méndez, ó el ministro Seguí habrían dispuesto que se la colocara en una de las arcadas del Cabildo, que también se encontraba frente a la plaza mayor de la ciudad. Así lo afirman Martin Ruiz Moreno, Benigno Teijeiro Martinez y Lucio Mansilla en sus Memorias, entre otros Urbano de lriondo, que vivió en esa época, relato en sus Apuntes que ante la negativa del cura Aguiar, la cabeza fue “guardada en la Casa de Gobierno”, también lo sostienen Juan José Álvarez y Manuel Mantilla. Diez de Andino, en tanto, apunta que el 16 de julio “está puesta en esta plaza”, coincidiendo con lo relatado por el citado Rodriguez Sañudo: “(…) estaba en la Plaza de Mayo, colgada la cabeza en una pica (…)”. Lo que interesa saber es cuándo fue retirada del lugar para ser sepultada. No se encontró documentación que determine una fecha. Urbano de Iriondo escribió en sus Apuntes que el gobernador López la hizo sepultar al llegar a Santa Fe, coincidente con la memoria de Álvarez y con Ramon Lassaga “(…) estuvo embalsamada hasta que López, después de regresar de su campaña, la hizo enterrar (…). Por la información que aporta Diez de Andino en su Diario, el 27 de julio “como a las diez del día entro el Gobernador López con la indiada que llevó a la jurisdicción de Córdoba en seguimiento del ya difunto General Ramírez”. Otros autores sostienen que estuvo exhibida durante “tres días”, o algunos días, y Rodriguez Sañudo dice “hacía más de una semana”. Si tomamos como fechas indicativas lo dicho por Diez de Andino que apunta que el 16 de julio, “está puesta en esta plaza” y el arribo de López el 27, podemos aseverar que estuvo expuesta once días.
Para determinar quién o quiénes intervinieron en el acto de darle “cristiana sepultura”, como sostiene la tradición, algunos de los autores ya citados afirman que fue “otro sacerdote” y no el cura Aguiar. Santiago Moritán nombra expresamente al padre José de Amenábar. Rodriguez Sañudo dice que “un cura fue y lo hablo a Manuel Rodriguez que le dijo -mire, vamos a sacar esto y vamos a enterrarlo porque es una barbaridad. Y de noche, a la medianoche, fueron el cura y Rodriguez y sacaron la cabeza y la enterraron. Ese cura era el superior de los mercedarios, no recuerdo su nombre”.”
Los autores también escriben que el gobernador bonaerense Martín Rodríguez habría sugerido que se dejara de exhibir el macabro trofeo. En Buenos Aires la noticia fue publicada el 19 de julio por la Gaceta de Buenos Aires a través de una carta enviada por “un sujeto respetable de la ciudad de Córdoba a otro de Buenos Aires”. Diez de Andino escribe que el 17 de julio salió para Buenos Aires Saturnino Viana “con parte de la cabeza de Ramírez”. En la capital la muerte del caudillo fue festejada con salvas y toques de campana. No Obstante El Argos de Buenos Aires publicó la noticia de la exhibición de la cabeza “deseando que allí cesase de ofrecerse al público un espectáculo a la vez horroroso y repugnante”.
Esta opinión de la prensa podría haber influido en el titular del ejecutivo bonaerense para que sugiriese a su aliado la sepultura de la cabeza y así apaciguar los ánimos.
El sitio de la sepultura
El centro de este trabajo que es saber cómo y dónde fue sepultada la cabeza del caudillo entrerriano.
Los autores consultados difieren en sus hipótesis pero ninguno aporta una fuente que sustente la misma, lo que supone que es de carácter oral o una mera tradición. Nos inclinamos por esta última posibilidad puesto que no se halló ninguna cita que hiciera referencia a testimonios orales, con excepción de Io escrito por Iriondo. Sería razonable suponer que hubo una disposición verbal del gobernador López, o que el padre José Amenábar, vicario de la Iglesia Matriz e influyente político de la época, hubiera recomendado la “cristiana sepultura” al propio gobernador. El historiador Urquiza Almandóz dice que no conoce “…ningún documento que testimonie esa solicitud (de Amenábar a López). Además, por las características del episodio, estimo que se trató de un pedido verbal y de una gestión personal del padre Amenábar. Teniendo en cuenta la situación política de la época el acto de inhumación se habría realizado reservadamente, sin ningún tipo de ceremonia, tal vez como lo dice Rodríguez Sañudo, en la oscuridad de una noche de invierno. Se trataba de cubrir cualquier intento de profanación o de rescate. Por ello no es muy probable la existencia de documentos escritos, al menos de carácter oficial.
Iglesias y Camposantos
Por aquella época la Iglesia era la que tenía a su cargo todo lo referente a nacimientos, matrimonios y defunciones. El Registro Civil de las personas aparecería hacia fines del siglo XIX, en los correspondientes cementerios municipales. En el periodo virreinal era una costumbre muy arraigada llevar a cabo las sepulturas en el interior de las iglesias o conventos, a pesar de las advertencias hechas por los cabildos para que se abandonara esta práctica. Algunas parroquias o congregaciones accedieron a accedieron a implementar campos santos, pero sólo para sepultar a personas de menor rango social. La Compañía de Jesús, radicada en Santa Fe hasta el siglo XVIII, abrió un cementerio “fuera de la iglesia, junto a la puerta traviesa (…)“, lindero al templo que hoy se denomina Nuestra Señora de los Milagros.
En los planos de Santa Fe podemos ubicar las iglesias, conventos y cementerios de la época. En una de 1771 se puede encontrar el convento de Santo Domingo, el de San Francisco, la iglesia Matriz, el convento Merced, el colegio de los jesuitas, la iglesia arruinada de San Roque y la capilla San Antonio.”
Un Segundo plano, confeccionado por Marcos Sastre mi 1624, muestra las construcciones existentes en un tiempo más cercano al echo estudiado.”Figuran los conventos de San Francisco, de Santo Domingo, la iglesia y colegio de la Merced (ex jesuitas), la iglesia matriz y su camposanto, denominado “de la Merced vieja”, (Construido sobre las ruinas del convento de los mercedarios.
Catalina Pistone, en su obra “El arte de Santa Fe”, afirma que a partir de 1814 “empiezan a aparecer los cementerios generales en Santa Fe, como por ejemplo el de la Merced, que figura también con la denominación de `padres observantes”, y el del convento de San Pablo. Primer Ermitaño (Santo Domingo”. A partir de la vigencia de estos, sepultaban simultáneamente en las iglesias como en los camposantos de ellas.
Las versiones de historiadores y cronistas
En la citada obra de Catalina Pistone se sugiere como probable que la cabeza de Ramirez fuera sepultada en el cementerio de la Merced, por ser el de la iglesia matriz es decir en el campo Santo “Merced vieja”. Urbano de Iriondo dice en su crónica que fue enterrado en el cementerio de la Merced. El autor diferencia, a lo largo de sus Apuntes, “cementerio de La Merced”, de “cementerio de la Merced Vieja“.” Esta versión la repite Benigno Teijeiro Martínez en su Historia de la Provincia de Entre Ríos.” Juan José Álvarez seguramente siguiendo a Iriondo, es más preciso y escribe “cementerio de la iglesia de la Merced”, y Ramón S. Lassaga dice que “López la hizo enterrar en la iglesia Merced”. Con mayor precisión Santiago Moritán sostiene que fue sepultada “en el cementerio privado, contiguo al templo de la Merced, entre restos de religiosos mercedarios y jesuitas. No hemos hallado aún la documentación que avala esta aseveración. Beatriz Bosch asegura que la cabeza “fue sepultada con al resto del cuerpo (sic) en el fondo del templo de los padres mercedarios”. En tanto para Martín Ruiz Moreno fue enterrada “en el cementerio que había detrás del convento de los dominicos”
Circulan versiones orales que difieren un tanto de las aportadas por los historiadores y cronistas consultados. El padre Rodolfo Ciuffo Párroco de San Vicente en Concepción del Uruguay pero oriundo de Santa Fe, comentó en una entrevista que “según una tradición oral que existía en la época, la cabeza de Ramírez fue enterrada en el atrio de la iglesia matriz” y otra tradición sostiene que la enterraron a 100 metros de la matriz. Rodriguez Sañudo sostuvo durante la citada entrevista que fue enterrado “en un lugar sagrado, debajo del altar de una iglesia”, y posteriormente confirmó que la cabeza fue sepultada “debajo del altar de la Merced, por la parte de atrás”, dato que le fue trasmitido por su padre y que provenía por tradición oral de Manuel Rodriguez, su antepasado.
Un comentario escuchado en Santa Fe también señala como probable lugar de sepultura el patio de la Casa de López, actualmente sede del Archivo Histórico de Santa Fe, contiguo al sitio donde estaba el extinguido cementerio de la Merced vieja.
Búsqueda en fuentes informativas
Ante la imposibilidad de determinar las fuentes precisas en la bibliografía consultada, la investigación se orientó a la búsqueda de indicios en periódicos de la época y en documentación perteneciente a personas o instituciones contemporáneas a los hechos.
Se determinó que en la región no se publicaban periódicos contemporáneos a los hechos. En Entre Ríos circuló “La Gaceta Federal” a partir de I819, pero cesó en los primeros meses de 1920. En diciembre de 1821 se fundó “EI Correo Ministerial de Paraná”, auspiciado por el gobernador Mansilla. En su colección no existe referencia alguna sobre los hechos.” En Santa Fe no se publicaban periódicos hasta 1826 cuando circulo “El Argentino” y más tarde algunos libelos redactados por el padre Castañera. En Buenos Aires circulaban “El Argos” y la “Gaceta de Buenos Aires ya nombrados, y los curiosos periódicos del Fraile Castañeda. Mariano Calvento cita a Castañeda que en uno de sus libelos escribió: “Al fin mi amigo Ramírez paró en lo que parará Carrera, y con lo que pararan los salteadores famosos”. Por lo demás la información proveniente de las provincias es escasa e imprecisa. Tampoco se encontraron indicios de reclamos por parte de familiares, personas conocidas o aliados políticos de Ramírez
En Entre Ríos la noticia se conoció oficialmente el 31 de julio por una circular del Supremo interino Ricardo Lopez Jordán mediante la cual mandaba a guardar duelo y rendir honores póstumos“ En este momento ya se habría producido la sepultura, pero no existe ningún indicio en el documento. También so anunciaba que se había solicitado un armisticio a Santa Fe y Buenos Aires, lo que fue aceptado con fecha 28 de agosto. En sus disposiciones se concedía la repatriación de los prisioneros.
En Concepción del Uruguay vivía Tadea Jordán, madre de Ramirez y de López Jordán, de conocida actividad política y comercial. En 1822 estuvo involucrada, con Gregorio Piriz y Anacleto Medina, en un levantamiento opositor al gobernador Lucio Mansilla y fue apresada por el comandante del Uruguay, Pedro Barrenechea. Murió en esa ciudad en 1827. También vivía en la misma ciudad la compañera de Ramírez, Maria Delfina o Delfina, que según las crónicas, muerto el caudillo, fue rescatada y trasladada por Anacleto Medina. No abundan datos de su vida posterior. Su muerte se registra en la parroquia de Concepción del Uruguay el 28 de junio de 1839.
No hay noticias de que la familia Calvento, de la cual Maria Norberta era la prometida de Ramírez haya efectuado reclamo alguno. Tampoco los partidarios políticos del caudillo dejaron algún tipo de documentación que aporte indicios su sepultura.
A partir de la revolución de Mansilla, producida el 23 de septiembre contra el Supremo Interino Ricardo Lopez Jordán; Gregorio Píriz, Anacleto Medina y Felipe Rodríguez, entre otros, estuvieron involucrados en intentos de rebelión para reinstalar a Lopez Jordán. Anacleto Medina y Miguel Gerónimo Galarza aportaron sus valiosas memorias a los historiadores Martin Ruíz Moreno y Bartolomé Mitre pero ninguno hizo referencia al hecho que nos ocupa. Del fraile Pedro Monterroso, que oficiaba de secretario de Ramírez se perdieron los rastros. Tampoco se pudo hallar información que hiciera referencia a reclamo o intento de localización por parte de hermanos de Ramirez, Jose y Margarita y de los otros siete que tuvo del segundo matrimonio de doña Tadea Jordán, de los cuales sólo tuvo destacada vida pública José Ricardo López Jordán. Consultado el historiador Fermín Chávez que dedicó parte importante de su obra a estudiar la trayectoria de Lopez Jordán, manifestó que no había hallado documentación alguna referida al tema. Para el historiador Urquiza Almandóz no le sorprende “que ni parientes ni funcionarios de alto rango hayan efectuado ningún reclamo a ese respecto (…). Ese tipo de reclamos no era usual en la época.
Orientada la búsqueda hacia los hombres de la iglesia, se investigó la documentación privada del padre José Amenábar en la búsqueda de anotaciones o comentarios sobre el tema. En el archivo General de la diócesis de Paraná se localizó parte del legajo del sacerdote, pero la documentación existente llega hasta 1815, época que asumió como párroco de la iglesia matriz de Santa Fe. El resto del legajo habría estado en el Arzobispado de Buenos Aires, cuyos archivos fueron seriamente dañados por un incendio. Fermín Chávez, que consulto gran parte de la documentación del Archivo General de la Nación, tampoco hallo referencia sobre Amenábar. El deán de la Catedral de Paraná por esa época, presbítero Juan Jose Álvarez, autor de Memoria histórica de la guerra civil, se limito a repetir la versión de Urbano de Iriondo sin aportar mayores detalles. En el Archivo Histórico y Administrativo de Entre Ríos se analizo la correspondencia entre el gobernador Mansilla (1821-1823) y Valentin Gómez -provisor del Arzobispado de Buenos Aires, luego funcionario del gabinete de Rivadavia y aliado en la polémica reforma eclesiástica llevada adelante en Buenos Aires-, así como las notas intercambiadas con funcionarios del interior de la Provincia. La documentación hace referencia a asuntos de carácter religioso como son los conflictos del gobierno entrerriano con Sacerdotes, entre otros el enfrentamiento con el propietario de la parroquia de Concepción del Uruguay, presbítero Juan José Castañar o Castañera. El sacerdote fue separado por sospechas de convivencia con los Caudillos opositores. De la documentación no surge referencia alguna sobre el tema. Concluida la gestión gubernativa de Mansilla, se inició una etapa de inestabilidad política conocida como la “anarquía entrerriana” y en 1831 asumió el gobierno Pascual Echagüe, oriundo de Santa Fe y aliado de López.
En el Archivo Mercedario de Córdoba se analizó la documentación del convento de Santa Fe, a cargo de los padres de la orden luego de la expulsión de los jesuitas, correspondiente al periodo 1810-1936, pero no se halló referencias al hecho. Parte de los libros de ingresos, gastos y de sepulturas se extraviaron. No obstante existen datos que permiten confirmar la relación estrecha de los padres mercedarios con la iglesia Matriz y con el poder político. En la iglesia de la Merced se efectuaron las exequias del cura de la iglesia matriz, Gregorio Aguiar muerto en 1823. También en el templo se realizo el velatorio del brigadier Estanislao López y en la nave central permanecen sepultados los restos de Juan Francisco Seguí.
En 1827/288 se rindió homenaje a Ramírez con la promulgación de una ley que ordeno construir una pirámide en la plaza principal de Concepción de Uruguay. Posteriormente, en 1853, siendo presidente, Justo José de Urquiza dispuso la reconstrucción de la citada pirámide y en 1892 el intendente de Concepción del Uruguay e historiador Benigno T. Martínez también refaccionó el monumento e hizo colocar placas alusivas. Pero en la documentación consultada referida a estas medidas no hay indicios de que se haya gestionado o investigado sobre el destino de los restos.
En Santa Fe se entrevisto a un descendiente de protomédico Manuel Rodriguez que aseguró poseer, por tradición familiar, la información de que la sepultura de Ramírez fue realizada debajo del altar de la iglesia de la Merced
Las Hipótesis
Al analizar cada una de las alternativas podíamos aproximarnos a una hipótesis. El camposanto de la iglesia Matriz, llamado Merced Vieja se construyó sobre las ruinas del viejo convento e iglesia de los padres mercedarios. A fines del Siglo XVIII las edificaciones de la congregación estaban en un estado ruinoso y por ellos solicitaron a la Junta Municipal de Temporalidades la cesión del colegio e Iglesia que habían pertenecido a los jesuitas hasta 1767. La Junta accedió al pedido a cambio de que cedieran “el antiguo convento y ranchería que se venderá por la Junta”, según se lee en el contrato suscripto entre los padres mercedarios y el Cabildo. En 1812, los dos solares, que ocupaban media manzana se vendieron, el ubicado en la esquina de calles 9 de Julio de Brigadier López, fue adquirida por Manuel Rodriguez donde edificó su vivienda y la de su yerno, Estanislao López; y el que da a 9 de Julio y Monseñor Zaspe lo compró Gabriel Lassaga, el viejo. En este ultimo terreno se encontraba el “casco desmantelado del viejo templo de los mercedarios.
Lassaga ofreció en donación esa parte del mismo para que se estableciera el campo santo de la iglesia Matriz. Este era el lugar donde se: “sepultaba a los pobres de solemnidad y a algunos esclavos libertos”. No era este un lugar seguro como para tener sepultada a una persona de la trascendencia política de Ramírez. Se consultaron los libros de muertos de la iglesia Matriz, del período correspondiente a 1821 sin que se halle referencia alguna sobre la citada sepultura. El cementerio funcionó hasta 1825. Actualmente el terreno está ocupado por la sede de EMAÚS, entidad de bien público.
Otro de los lugares señalados es el cementerio y convento de los dominicos. En el interior del convento se encuentran los restos del primer gobernador criollo de Santa Fe, Francisco Antonio Candiotti, del que fuera gobernador y Caudillo de Córdoba Juan Bautista Bustos, y del ex gobernador de Santa Fe, Domingo Cullen. No existe indicio que pueda fortalecer esta hipótesis y los archivos conventuales fueran destruidos por un incendio. Tampoco tiene asidero la hipótesis del convento y la iglesia de los franciscanos donde fueron sepultados Estanislao López y Manuel Rodriguez, se sabe que, hacia 1808, a esa iglesia se destino el altar del desmantelado templo de los mercedarios. En la iglesia matriz -actual catedral- se encuentran las sepulturas del padre José Amenábar y la de Simón de Iriondo y su esposa. Diez de Andino escribe que en este sitio se habría sepultado al entrerriano Monteverde jefe de la escuadrilla que continuo en combate después de la muerte de Ramírez. El 26 de julio, en la boca del Colastiné la flotilla entrerriana fue atacada por la porteña al mando de Leonardo Rosales. En el combate fue muerto Monteverde y su cuerpo conducido a Santa Fe por el doctor Seguí, y sepultado con toda grandeza en la Matriz. La iglesia que actualmente se denomina “Nuestra Señora de los Milagros es presumiblemente la referida por mayoría de los autores consultados cuando dicen “Iglesia de la Merced”, “templo de los padres mercedarios” o “cementerio de la iglesia de La Merced”.
A este templo se refiere Rodriguez Sañudo en su testimonio cuando dice que le cabeza de Ramirez fue enterrada “en el altar de los mercedarios. Abajo del altar por la parte de atrás”. La iglesia y el colegio adyacente fueron construidos por los jesuitas en el siglo XVII. Tras su expulsión en 1767 pasó a la Junta de Temporalidades. Durante unos años se traslado al lugar La iglesia Matriz y en 1793 sus instalaciones pasaron a ser ocupadas por la orden de los Mercedarios. A partir de esta época la iglesia se la conoció como de la Merced, y el colegio se llamó convento Mercedario de Santa Fe o de San Agustín. Los curas de esta orden también sepultaban en el interior de la iglesia y en el cementerio que da a calle Brigadier López donde enterraban “generalmente a las personas de menor rango, ya que las otras solían recibir sepultura de las iglesias”, nos dice Furlong y agrega un recuerdo personal: “A principios de esta centuria, cuando conocimos el cementerio (…), era un campo lleno de yuyos y malezas separado de la calle por una tapia baja, de unos dos metros (…), con una puertita en el centro”. Según este autor los mercedarios se apropiaron de las instalaciones pero fijaron la sede de la orden en la iglesia matriz.” Este hecho haría explicable una estrecha relación con los miembros de la orden y el vicario Amenábar o con los otros sacerdotes del clero como Gregorio Aguiar. En el libro de Ingresos del convento de Santa Fe hallamos la siguiente anotación: “Hoy lunes 19 (septiembre de 1825) se hizo el ajuste de este libro de ingresos y se halló haber entrado lo siguiente:
“(…) Ítem. Veinte pesos del responso y acompañamiento del cuerpo del finado Presb. Dn. Greg. Aguiar”
En el piso de La nave central podemos Observar una placa referida a la sepultura del ex secretario de Estanislao López, Juan F. Seguí, fallecido en 1834.
Otro dato de interés es que los restos del brigadier Estanislao López, muerto en 1838, fueron velados en la iglesia de la Merced. Las instalaciones estuvieron a cargo de los mercedarios hasta 1848, cuando murió el último de los padres de la orden, fray José Plácido Camacho. En 1862 retomó a Santa Fe la Compañía de Jesús con el objeto de fundar un colegio por invitación del presidente Derqui y a través de gestiones realizadas por el deán Juan José Álvarez. De esta manera los jesuitas recuperaron sus antiguas instalaciones. En Guillermo Furlong podemos seguir la historia del Colegio de la Inmaculada Concepción y de la iglesia Nuestra Señora de los Milagros. Los jesuitas llevaron a cabo un ambicioso plan de obras que incluyó ampliaciones en la iglesia. Entre 1920 y 1930 se agregaron las naves laterales, una de ollas ocupando el terreno donde estaba el cementerio y los restos que había en el lugar fueron recogidos en una cripta ubicada en el cementerio conocido como Piquete de Las Flores, en las afueras de Santa Fe”. En la década de 1980 el cementerio se desafecto y se demolieron las instalaciones, pasando parte de los restos a una cripta construida debajo de la nave lateral izquierda de la iglesia Nuestra Señora de los Milagros.
En el cementerio de la cripta observamos un medio centenar de restos reducidos depositados en urnas, de la cuales 16 no tenían ningún tipo de identificación.
Hacia 1936, con motivo de la coronación y traslado de la imagen de Nuestra Señora de los Milagros al altar mayor se reconstruyeron sus techos y cielorrasos de la nave central, por lo que del antiguo templo sólo se conservan el frente y su altar mayor, y los techos en los cruceros y la cúpula que cubre el presbiterio.
Conclusiones
No se halló ningún documento escrito que determine fehacientemente el sitio de la sepultura de la cabeza de Francisco Ramírez. Si existen testimonios orales que se refieren al lugar y la tradición que sitúa la inhumación “a cien metros de la Matriz”. El único relato de un testigo de los hechos de la época corresponde a Urbano de lriondo que menciona el “cementerio de la Merced”.
Del análisis de los citados testimonios y de la bibliografía consultada se pudo reunir un cúmulo de indicios que fundamentan la hipótesis de la iglesia u oratorio que actualmente se denomina Nuestra Señora de los Milagros como sitio de la sepultura de la cabeza de Ramirez, efectuada con la asistencia de un sacerdote del entonces convento mercedario de San Agustín. El sitio exacto podría ser el indicado por el testimonio de Rodriguez Sañudo, teniendo en cuenta que su versión oral fue trasmitida como un secreto de familia, celosamente guardado, y que proviene de su antepasado Manuel Rodriguez.
Recapitulando lo desarrollado: al costado del templo de los jesuitas (ocupado por los mercedarios en 1821- hubo un pequeño campo santo, sobre la actual calle General López, que fue desafectado al construirse la nave lateral alrededor en 1925. Los restos allí existentes se habrían trasladado a otro cementerio y posteriormente ubicados en la cripta que está por debajo de la nombrada nave.
También se practicaron sepulturas en la nave central de la iglesia, en las capillas laterales y en el presbiterio, como era de uso en la época. El testimonio de Rodriguez Sañudo nos orienta hacia este sitio “debajo del altar” lo que confirmaría la imposibilidad de una sepultura en el cementerio lateral protegido por una tapia baja de dos metros de altura.
El testimonio oral mencionado nos refiere que la cabeza de Ramírez fue sepultada debajo del altar, por la parte de atrás, una noche de 1821, con la participación de Manuel Rodríguez y un padre mercedario que sería el prior que presidía el convento. Si bien este sitio sagrado era reservado a los sacerdotes, debido a las circunstancias especiales que se vivía en la época, no sería extraña la decisión de proteger u ocultar los restos del caudillo en un lugar de difícil acceso. Nos estamos refiriendo el lugar definitivo de la sepultura y no un deposito transitorio, porque carecería de sentido que un dato circunstancial se conserve tan celosamente guardado como secreto de familia.
Un detalle a dilucidar es que se entiende por altar: la base sobre la cual está depositada la piedra donde se realiza el sacrificio o, por extensión al conjunto formado por el altar propiamente dicho más el retablo que se recostaba sobre el muro. En el siglo XIX la misa se oficiaba de espaldas al público. Actualmente permanece el retablo del altar mayor sin mayores modificaciones. Si Se cambió la mesa del mismo que se adelantó hacia La nave para dar paso al sacerdote que oficia la misa de cara al pueblo.
La antigua iglesia del siglo XVIII tenía solamente la nave central. A los costados, donde actualmente están los cruceros se construyeron dos capillas comunicadas con la misma. Posteriormente se levantaron las paredes de las naves laterales y se reconstruyó el lecho, quedando parte del antiguo lecho en la cúpula, sobre el presbiterio y en los cruceros, suponemos que tampoco se realizaron modificaciones en el contrapiso de la nave central y en la zona del presbiterio, exceptuando la colocación de baldosas, que según testimonios brindados por empleados de la iglesia se llevó a cabo directamente sobre el antiguo embaldosado.
El retablo construido en madera está apoyado sobre un muro que lo separa de la sacristía. Tenemos entonces como parte de atrás del altar, según el testimonio de Rodriguez Sañudo el muro que termina en un piso ubicado en un plano inferior al que sirve de base al altar.
De lo expuesto se deduce que el sitio de la sepultura es el que sirve de apoyo al retablo y área donde anteriormente se encontraba la mesa del altar, debajo de la imagen de Nuestra Señora de los Milagros. Un grabado publicado por padre Furlong, nos muestra una imagen aérea la iglesia en 1767 en donde se puede constatar que en sus aspectos generales no hubo mayores modificaciones con excepción del agregado de las naves laterales. Inclusive se puede observar una pequeña habitación detrás de la cúpula que coincide con el sitio de la sacristía actual.
Edición: Civetta, María Virginia y Ratto, Carlos Ignacio, Texto: Burlot, Rubén, “Proyecto de repatriación de los restos de general Francisco Ramírez”, CFI, 1998
La defensas Sur contra las Inundaciones tiene sus orígenes por el año 1910 por iniciativa del entonces Jefe de La Comisión del Río Uruguay del Ministerio de Obras Públicas de la Nación (El Ministerio) el Ingeniero Julio Henri, en ese momento, se realiza un estudio para extender la avenida costanera “Justo José de Urquiza” (nombre impuesto en 1905- hoy Avenida Costanera Paysandú) que pasara por frente a los terrenos del Dr Calderón (Quinta Calderón) por las calles Diamante (hoy Víctor Echeverry) y Chaco (actual Jordana) alcanzara la entrada principal del “Ministerio”, siguiera luego paralelo al Riacho “Itapé” hasta su confluencia con el arroyo “De la China”, frente al Palacio “Santa Cándida” donde se construiría una amplia rotonda”.
La obra tendría dos objetivos, ampliar la costanera hacia el sur, y además su “terraplén” servir de defensa para las inundaciones acorde las mayores registradas hasta ésa fecha (año 1888 sin datos; 1889 + 7,28 m y + 7,47 m sobre el cero local)
Proyecto del Ing. Henri
El terraplén se construiría con el “refulado de arena del riacho Itapé”, el que también se aprovecharía para el relleno de los terrenos bajos, donde se construirían campos de deportes y parque de recreación. En el coronamiento del terraplén se construiría una avenida costanera del “doble mano” con columnas de iluminación en el centro de la calzada y arbolado a sus lados.
El proyecto ha llegado hasta nuestros días, gracias a una antigua fotografía que ilustra esta nota, perteneciente al archivo fotográfico del “el Ministerio”
La idea del Henri no se llevó a cabo, habiéndose reflotado en varias oportunidades con miras a su concreción, entre ellas las siguientes.
La gran creciente del año 1941 (20 de mayo de 1941 altura del río + 8,22 m sobre el cero local) ocasiona en las zonas bajas de la ciudad grandes destrozos, especialmente en la zona sur, lo que lleva al “el Ministerio” en el año 1944, a actualizar el “proyecto de construcción de la “avenida costanera-defensa contra las inundaciones” siguiendo el proyecto del Ingeniero Henri, aumentando la cuota del “coronamiento” atendiendo la altura de la creciente de 1941, para evitar los estragos de las aguas y recuperar terrenos para parquizar el sur de la ciudad (ver La Calle 25/1/1944).
En el año 1948, el “proyecto de la costanera sur elevada” (otra denominación) vuelve al tapete por iniciativa de las autoridades de “el Ministerio” quienes interesan a las autoridades locales para que gestione ante la Nación el apoyo económico para la ejecución de la obra dejando aclarado que “ los trabajos de rellenamientos y construcción de la costanera estarían a cargo de medios y personal de ése organismo (el ministerio) agregando en la presentación a las autoridades municipales que ” los terrenos ubicados al norte de la -avenida terraplén (otra denominación de la obra) serían rellenados para la construcción de un gran parque público, teniendo previsto además las pavimentación de todas las calles que corren en sentido norte-sur y terminen en la referida avenida….” (Diario La Calle 17/2/1948)
Esta iniciativa también quedó “en proyecto” y pasarán varios años para que vuelva a hablarse del tema.
El 2 de diciembre de 1987, el Intendente de la ciudad Contador Lucio Godoy firma con autoridades de Agua y Energía de la Nación un “acta acuerdo” complementaria a la firmada en el mes de septiembre del año anterior (La Calle 9 y 10/10/1986) por la cual este organismo del estado se compromete a realizar los estudios pertinentes de factibilidad y proyectos correspondientes, para la construcción de las defensas de la ciudad contra inundaciones del río Uruguay y las provocadas por las precipitaciones pluviales en la “Cuenca del Arroyo de las Animas” y “Cantera 25” (La Calle 3/12/1987 y 29/3(1988).
A pesar de haberse concluido los estudios años después, esta obra por su alto costo no podían ser encaradas por las siempre escasas arcas municipales, por lo que debió requerirse los fondos a la provincia que a su vez gestionó financiación internacional.
Plano de la Defensa Sur
En el mes de mayo de 2001 se realiza el proyecto ejecutivo de las “defensas sur contra inundaciones de la ciudad de Concepción del Uruguay”, debiéndose tener en cuenta la altura alcanzada por el río Uruguay en abril de 1959 (+ 10,22 sobre el cero local) (La Calle 29/5/2001). En junio del mismo año, en la ciudad de Paraná se abre la licitación “sobre la evaluación final del proyecto” concurriendo especialmente invitado el Intendente local Dr José Lauritto acompañado por vecinos de los barrios “La Concepción” y “Puerto Viejo” (La Calle 22/6/2001)
El 3 de enero de 2002 se firma el contrato de “consultoría del proyecto de Defensas contra Inundaciones Cuenca Arroyo de Las Animas” en la ciudad de Concepción del Uruguay entre el Ingeniero Enrique Mihura en representación de la provincia y la Empresa Consultora PROINSA SA, la que debe expedirse en el término de seis meses para permitir que el gobierno de la provincia llame a licitación pública nacional e internacional teniendo previsto para la obra un presupuesto de $ 5.000.000 de pesos. Las obras son aprobadas por el Gobernador de la provincia de Entre Ríos Dr. Sergio Montiel por decreto Nº 2.014/2003 (La Calle, 5/6/2003) efectuándose el correspondiente llamado a licitación pública nacional e internacional
El 29 de julio de 2003, con la presencia del Gobernador Dr. Montiel yel Intendente de la Ciudad Dr. Lautitto, se abren los sobres con las propuestas para la construcción de las defensas sur contra inundaciones, la que comprende además la recuperación de una gran zona para parques y recreación.
Como se dijo antes, Concepción del Uruguay, se vio afectada a varias inundaciones por el desborde del rio Uruguay: la crecida de 1959, 10,20 metros de altura, 1983, 8,08 metros, 1986, 7,82 metros, 1998, 7,59 metros. Esto afectaba a un gran número de familias de los barrios La Concepción, Quilmes y Puerto Viejo en el sur de la ciudad.
La Defensa Sur tuvo su origen en el denominado PLANUR (Plan de Ordenamiento Urbano) del gobierno de Juan Carlos Lucio Godoy (1983/1987), comenzó a construirse a fines del año 2004 y demandó un año de trabajo.
La Defensa Sur terminada, al fondo puede verse la construcción del puente a la isla “Del Puerto”
Fue una lucha de más de 20 años que llevaron adelante los vecinos de estos barrios ante los diferentes gobiernos, uno de ellos Domingo Martínez, en su homenaje y recuerdo la obra lleva su nombre.
Es una obra que nos protege de las crecientes en la zona sur. Fue financiada por recursos provinciales y nacionales.
Tiene dos componentes: uno propiamente estructurales, que comprende el terraplén, estación de bombeo y muro de protección, y otro: urbanístico para integrar la obra al paisaje de la ciudad.
El terraplén tiene una longitud de 1720 metros, recorre la ciudad de este-oeste, desde la Dirección de Construcciones Portuarias y Vías Navegables hasta calles Lucas Piriz y entra a terrenos del ejército Argentino.
Tiene un coronamiento de 6 metros a cota 11,40 metros del cero local (un metro más, de la creciente mayor que hemos tenido – 1959).
El terraplén se construyó con materiales sueltos y protegidos con suelo vegetal.
En las zonas más expuestas sobre el riacho Itapé, está cubierta por una manta de geo textil con bloques de hormigón adheridos. Complementan la obra la estación de rebombeo y el reservorio, que al cerrarse las compuertas por la crecida del río, servirá para desalojar el agua de lluvia de toda la cuenca del arroyo de Las Animas.
Esta obra tiene un camino que va desde las calles Suipacha hasta Artigas, esta avenida se llama Presidente Néstor Kirchner, quien inauguro la obra el 6 de junio de 2006.
Esta obra se integró desde entonces al paisaje de la ciudad, los pobladores y turistas disfrutan de los lugares de recreación, de la bici senda que posee y en uno de sus extremos se construyó un faro, construido sobre una plataforma de 30 metros de diámetro, que es una confitería. En 2006, se establecía algunos adelantos para el barrio que ya no se inunda más y que hoy se está cumpliendo con el Plan Hábitat en barrio La Concepción que está cambiando su tradicional configuración.
Edición: Civetta María Virginia y Ratto, Carlos Ignacio sobre las siguientes fuentes: Rousseaux, Andrés, “Después de casi 100 años la Zona Franca de Concepción del Uruguay y las Defensas Sur contra las inundaciones” 2003 y Folleto informativo de la Municipalidad (marzo de 2006)
No cabe duda de que la principal industria que poseyó nuestra ciudad, en el transcurso del siglo XIX, fue la saladeril. Y ello, fundamentalmente, a través de la actividad desarrollada por el saladero Santa Cándida, aunque en la zona también .funcionaron algunos otros establecimientos, por cierto que de mucho menor envergadura, como el de Juan Barañao; el Concepción, del señor La Riera; el San Felipe, etc.
Si bien las saladerías constituyeron la más importante actividad de la zona, no fue, sin embargo, la única. Existieron varias otras, como se verá a continuación.
Las sedas
Al promediar la segunda mitad del siglo XIX, se concretaron dos interesantes iniciativas para incorporar la industria textil a la vida económica de Concepción del Uruguay. En 1871 la firma Invernizzi y Toschini comenzó la plantación de la morera y la cría del gusano, con tan buenos resultados que, según afirmaciones de la época, la seda obtenida tuvo gran aceptación en Italia y Suiza, dada la calidad del producto. Pero no se crea que una afirmación de esta naturaleza fue originada por un mero afán de propaganda. Por el contrario, existen pruebas evidentes de las bondades de aquellas sedas uruguayenses. En 1877, el Gobierno nacional, de acuerdo con la ley de fomento de la sericultura, otorgo a Invernizzi y Toschini, un premio por sus plantaciones de morera y por los ochenta kilos de capullo presentados.
Un año después, en la Exposición Universal de Paris, se les confirió una medalla por la calidad de las sedas, volviendo a ser premiados en la Exposición Industrial de Buenos Aires, en 1882.
Ciertas dificultades para la elaboración del producto, malograron tan promisorios comienzos y la sericultura no continuó siendo una actividad económica de Concepción del Uruguay, como hubiera podido esperarse de este éxito inicial.
Los paños
“Casas de Urquiza” en 1983, en este mismo edificio pero sobre calle Malvar y Pinto se encontraba la fabrica de paños. Foto: Mario Soria
Algo semejante ocurrió con la fabricación de hilados y tejidos de lana. En 1869, el general Urquiza y el industrial catalán José Ubach y Roca firmaron un contrato para establecer una fábrica de paños en Concepción del Uruguay. Ubach, que viajó enseguida a Europa, enviado por Urquiza, para traer inmigrantes con el fin de continuar la obra de colonización y para comprar máquinas para la fábrica, retornó poco después de asesinado el prócer, lo que no fue un obstáculo para que con su sucesión continuara la empresa, la que en 1871 instaló las maquinarias de vapor. Al año siguiente se inició la producción de paños.
La empresa se denominó “La Industrial Argentina” y, por una ley de marzo de 1873, se autorizó al Poder Ejecutivo de la provincia a otorgarle un préstamo de 10.000 pesos, pagaderos en telas. La fábrica, instalada en una de las propiedades de Urquiza, en la actual calle Juan D. Perón realizó la manufactura de yetas, satines, estameñas, frazadas, etc.
Lamentablemente, los sucesivos levantamientos jordanistas y las prolongadas consecuencias de las luchas que debió soportar la provincia, a lo que se sumaron algunos otros inconvenientes, fueron factores que incidieron en el cierre definitivo de la fábrica. La maquinaria quedó abandonada durante algún tiempo, hasta que en 1881 fue vendida en Buenos Aires.
Aguardientes y cerveza
A la izquierda de la foto la destilería de Reibel, a la derecha el Molino Fabani en construcción
En 1888, el periódico Uruguayense “Fiat Lux” anunció la inminente firma de un contrato entre los señores Schwab y Giraud, propietarios de la “Cervecería Nacional” y el dueño de unos terrenos ubicados en los fondos de la destilería de Reibel y Cía. para establecer una gran fábrica a vapor de cerveza.
Si el contrato llegara a formalizarse –decía esperanzadamente el periódico- “será un progreso más en la industria de esta ciudad y entonces tendremos al este de Concepción del Uruguay convertido en el barrio de las chimeneas o usinas”.
Es indudable la alusión del articulista a la existencia en la misma zona de la ciudad, de lo que por ese entonces constituía el establecimiento industrial más importante de Concepción del Uruguay, la fábrica de licores de Reibel y Cía., fundada en 1886, la que contaba con depósitos de cereales, molinos, alambiques, cocedoras, bombas, etc.
Una descripción de la época hace referencia a “la elegante chimenea de 36 metros de alto, la construcción peculiar de las paredes de piedra labrada y ladrillos con juntas, los terraplenes nivelados, las casas anexas para habitaciones, tonelería, herrería, carpintería licorería, etc.; el tambo instalado en la parte inferior con vacas lecheras a pesebre, que comen los residuos de la fabricación y dan una leche sabrosísima y abundante, forman un conjunto que regocija la vista y da aliento al espíritu, deseoso de ver trabajar y progresar a los pueblos de Entre Ríos. Una huerta perfectamente trabajada, contribuye a dar un agradable aspecto a la instalación de la fábrica”.
El catálogo que tengo a la vista, distribuido por la “Destilería a vapor” de Reibel y Cía. menciona los productos que allí se elaboraban: diversos tipos de aguardiente, grapa, kümel, ginebra, coñac, ron, anís, bitter, whisky y diferentes clases de amargos.
Harinas y cigarros
Ex-Molino Maury hacia 1925 (Foto: http://patrimoniouruguayense.blogspot.com/)
También tuvieron su importancia en la segunda mitad del siglo XIX, algunas industrias dedicadas a la elaboración de harinas y de diversos productos alimenticios. Hacia la década del 80 existían varios molinos que contaban con los últimos adelantos en la materia. Uno de ellos fue el “Santa María”, de Maury Hnos., que se levantaba junto al Arroyo Urquiza. Mediante un tajamar de diez metros de profundidad, se obtenía una fuerza hidráulica que ponía en movimiento un sistema de molienda húngaro, de trece pares de cilindros de porcelana. Su producción fue abundante y de buena calidad, tanto es así, que en las exposiciones llevadas cabo, en Concordia (1879) y en nuestra ciudad (1884), sus harinas fueron premiadas.
La firma Barione y Chiessa, propietarios de la cigarrería “Nueva Suiza”, elaboraron cigarros de distintos tipos: Virginia, negro, hebra brasileña, picadura Bahía, caporalo, negro común, negro Bahía, etc. También elaboraron rapé de diferentes clases: francés, siciliano, etc.
Infaltables artesanías
Otras pequeñas industrias fueron productoras de vinos, quesos, manteca, galletas, confituras, fideos, etc. y, por supuesto, no faltaron las artesanías: fabricantes de calzado, carpinteros herreros, plateros, talabarteros, tejedores, que satisfacían las necesidades de la población. Los demás productos que no se elaboran en la zona, eran adquiridos principalmente en Buenos Aires, ya fueran de fabricaciones nacionales o traídas del exterior.
Muchas de las manufacturas provenientes de las industrias y de las artesanías que he mencionado, fueron expuestas en la Exposición Feria Rural e Industrial llevada a cabo en Concepción del Uruguay en 1884, con todo éxito.
Ella permitió mostrar una variedad importante de productos, lo que puso de manifiesto, sobre todo, las bondades del suelo de la zona y el trabajo fecundo de sus habitantes.
Edición: Civetta , María Virginia y Ratto, Carlos Ignacio sobre el artículo de Urquiza Almandóz, Fernando, “Las industrias del pasado” publicado en el diario La calle el 23 de abril de 1999