El antiguo lazareto o “casa de aislamiento”

Fosa común de la epidemia de Fiebre Amarilla del año 1871

La presencia de epidemia masivas en la vieja Europa o en pueblos orientales, constituyen tristes capítulos de la historia de la humanidad, y en más de una oportunidad el grito de “LA PESTE”, cundió en pueblos o ejércitos con pavor ante la impotencia que sentían frente al flagelo por desconocimiento de las causas que lo engendraban y solo el aislamiento de los enfermos era el recurso de que se echaba mano para disminuir el contagio.

Como es de suponer, algunas enfermedades virulentas y distintas fiebres de causas desconocidas, llegaron al nuevo mundo junto con la conquista hispano-lusitana; y en el siglo XIX, las poblaciones entrerrianas supieron tempranamente de la presencia de flagelos como la peste bubónica y la lepra o Mal de Lázaro entre otras enfermedades contagiosas.

Las corrientes inmigratorias se constituyeron igualmente, en vehículo portador de esas enfermedades. Recuérdese que más de un escritor sostuvo que en Europa del siglo XIX, las dos más importantes causas de muerte, fueron Napoleón y el “Cólera Morbo”.

Cuando la Villa de Concepción del Uruguay, fundada por don Tomas de Rocamora el 25 de junio de 1783, acababa de cumplir su primer cuarto de siglo de vida, se cierne sobre ella el primer peligro epidémico desde Corrientes, ciudad que en 1805 sufre los efectos de una epidemia de viruela. El Comandante de los Partidos de Entre Ríos, don Josef de Urquiza, toma todas las precauciones del caso y enterado de que ha llegado a Buenos Aires la primera partida de fluido Jenner Antivariólico, solicita la misma al Virrey Sobremonte. Se opera así, superando múltiples dificultades y resistencias, la primera vacunación en la villa a cargo del cirujano José Antonio Blanco.

Pero, otros males contagiosos, como la tisis o Mal de Lázaro, tempranamente aquejaron los primeros núcleos humanos entrerrianos y entre ellos la villa de Concepción del Uruguay. El 19 de enero de 1825 el Honorable Congreso Provincial dicta una ley “Prohibiendo la permanencia de los enfermos de tisis o de Lázaro en los pueblos”, pero tan drástica determinación fue vetada por el gobernador León sola, con fundamentos de justicia y humanidad.

Transmitidas desde Buenos Aires, Montevideo o desde los Estados brasileños, periódicamente la ciudad sufrió los efectos devastadores de epidemias incontrolables. Así en 1868, el cólera se hizo presente y la nómina de fallecidos suministrada por el Jefe Político al Cura Párroco Domingo Ereño para asentarlos en el Libro de Muertos, habla de la magnitud de la misma.

En 1871 y 1874 desde Brasil propago se la fiebre amarilla que también ataco la ciudad.

Desde 1873, con la instauración del régimen municipal, los sucesivos intendentes, como es lógico suponer, hubieron de preocuparse por la salud de la población.

En 1884 siendo intendente don Darío del Castillo, la ciudad fue atacada por el cólera creando el clima de dolor y pánico que es fácil de suponer. Formada una “Comisión de Higiene”, esta dispone alquilar una casona al oeste de la ciudad, algo alejada del centro urbano, para “Casa de Aislamiento” o Lazareto. Los efectos del mal fueron tremendos, pero lentamente fueron disminuyendo hasta que el 12 de julio de 1887 la Municipalidad dispone la clausura del Lazareto, el que quedo abandonado, tal vez por el triste recuerdo y los comentarios que lo ensombrecían.

Aquella amarga experiencia, llevo al Intendente Del Castillo, verdadero defensor del principio sanitario de la población a pensar en adquirir aquella casona o construir un pabellón para atender aisladamente a enfermos de viruela que habían proliferado.

Conformada una “comisión Popular pro-casa de aislamiento”, se recaudan fondos y se adquiere aquella propiedad que, al oeste de la ciudad, estaba ubicada lindando con lo que fuera el primer matadero que tuvo la ciudad (En las inmediaciones de donde funcionó el vivero municipal, frente a plaza Rocamora). En ella el gobierno comunal hospitalizo enfermos contagiosos por mucho tiempo y especialmente durante las epidemias que continuaron atacando a la ciudad. Enfermos de cólera, viruela, tisis o lepra, encontraban triste destino en la casona de aislamiento o Lazareto.

En el año 1904 la ciudad fue teatro de un de los últimos ataques epidémicos masivos y nuevamente el Lazareto cumplió su triste misión, pero los avances de la ciencia al servicio de la medicina en el siglo XX, hicieron que lentamente aquellas enfermedades contagiosas fueran disminuyendo de tal modo, que algunas poco menos que han desaparecido, y a aquel terreno y casona se le fueron dando distintos destinos, pero nunca más el lúgubre de la primera hora.

El último de los destinos que se le asigno, fue el de vivero municipal. Pareciera un irónico contrasentido: aquella casona y terreno destinados a alojar enfermos contagiosos, hoy es símbolo de luz, color y perfume.

Texto original presentado en el Primer Congreso Nacional de Historia de Entre Ríos, por el Prof. Miguel Ángel Gregori – 1983

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