Urquiza, Sarmiento y los helados

Antigua máquina para hacer helados, con sus componentes

Hubo un tiempo en que el granizo, también llamado pedrisco, no se relacionaba con las abolladuras. Era una excelente noticia para los niños porteños, quienes se lanzaban a recoger la mayor cantidad posible porque era la oportunidad de tomar helado. El escritor, diplomático y dandi Lucio Mansilla, nacido en 1831, recordaba el entusiasmo que generaba el granizo del verano entre los chicos.

“El asunto tenia magia y llevaba varios pasos. Primero, la diversión de salir corriendo por el patio a juntar todo el granizo que fuera posible y llevarlo de prisa, antes que se derritiera hasta la cocina. Allí había un cilindro de madera que tenía adentro otro más pequeño de metal, en el cual se había colocado leche crema batida con huevos, azúcar, cacao y vainilla. En el cilindro más grande se colocaba el granizo, de manera tal que cuando se giraba violentamente la manija exterior del aparato, el cilindro pequeño giraba al tiempo que se enfriara y transformarse la crema en una sustancia muy fría que la gente de la época la llamaba “helado”, y era justo que así lo hicieran porque más frio que el granizo no había nada, en el tórrido verano de la vieja Buenos Aires”.

El aparato que describe Mansilla se llamaba “heladera “y se había puesto de moda en las principales casas de todas las ciudades. Ampliando un poco el texto del autor de Una Excursión a los indios Ranqueles, diremos que el cilindro era un balde de madera y contenía en su interior otro cilindro, de estaño. Afuera presentaba una gran manivela de hierro con mango de madera. Las que existían en el país había sido importadas de España. El dato que omitió Mansilla – o tal vez, lo desconocía – era que en el espacio donde se colocaba el hielo, la nieve o los copitos de granizo también se colocaba sal con el fin de bajar la temperatura. A medida que uno giraba con la manivela iba congelándose el interior del cilindro de estaño. Era necesario abrirlo para quitar el helado que se pagaba en las paredes y repetir el proceso hasta que todo el contenido se hubiera congelado.

En 1870, el viaje del presidente Sarmiento a Palacio San José, Entre Ríos, con el fin de reunirse con el Gral. Justo José de Urquiza fue uno de los hechos cruciales de su mandato, ya que el encuentro tendría serias repercusiones políticas. El anfitrión dispuso una serie de medidas para brindar al sanjuanino un recibimiento apoteótico. La emblemática fecha de la cumbre seria el 3 de febrero, aniversario de la batalla de Caseros en la que el entrerriano venció a Rosas.

A pedido de Urquiza, el 23 de enero llego al Palacio San José una máquina de helados. La remitía su yerno, Simón Santa Cruz, junto con una nota que comenzaba diciendo. “Mi respetado Señor, mando mi sirviente con la máquina de hacer helados y las sales y ácidos necesarios”. Por eso estamos en condiciones de sospechar que el histórico encuentro entre Urquiza y Sarmiento, en el caluroso febrero de 1870, estas dos figuras se refrescaron con unos helados, hechos con la máquina del servicial yerno.

Texto: Copia del libro “La comida en la historia Argentina” de Daniel Balmaceda – agosto 2016

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