Educación en el recuerdo: Las “escuelas particulares” de principio del S XX

La Escuela Urquiza fue fundada en el 25 de octubre de 1893 y se la conocía como “la escuela de la señorita Ángela Casarini”, ya que ésta tuvo la iniciativa de crear una escuela en esa zona de la ciudad,

Educación en el recuerdo: Las “escuelas particulares” de principio del S XX

Ya nos hemos referido al Colegio del Uruguay, Justo José de Urquiza, Escuela Normal Mariano Moreno, Escuelas Primarias, Urquiza, Avellaneda, Viamonte, entre las más importantes de la ciudad. Pero en una época no muy lejana existieron en la ciudad otras escuelas, conocidas como “Escuelas particulares”, que ya no están y a las que nos referiremos en este artículo. (Las fotos, son ilustrativas)

“Escuela Escudero”

Estaba ubicada en calle Alberto Carosini 124, (antes calle Santa Fe). Su directora fue la Srta. Justa Escudero y las maestras sus hermanas Felisa y Eufrasia.

El horario era de 7 a 11 y 14 a 18 horas, de lunes a sábado. Muchos alumnos asistían y las aulas se dividían para diferentes grados.

Casi todos los alumnos asistíamos solamente durante las vacaciones, cuenta Gregorio Troncoso Roselli en su libro “Evocaciones a la distancia”, siendo un remedio eficaz para “Sacarnos de la calle” durante esos períodos. Otros niños, rezagados o bien de mala conducta en las escuelas fiscales, eran remitidos allí para confeccionar sus deberes bajo la férreo control de las señoritas Escudero. Cuando un chico tenía problemas, bien de aprendizaje o bien de conducta, se lo solía corregir bajo la amenaza de “¡Te mandaré a la escuela de Escudero!”

La escuelita constaba de una sola sala, con una ventana a la calle, piso de ladrillos cuadrados y techo de paja debajo del zinc exterior. Cada maestra atendía un grupo de alumnos clasificados según el adelanto o capacidad.

Los asientos eran heterogéneos: algunos pupitres viejos pero conservados, con  rayaduras e iniciales marcadas con cortaplumas. Además había mesitas largas  con sillas paja. El amplio pizarrón solo era empleado en las clases colectivas, que eran pocas. Se trabajaba desde la entrada hasta la salida; según fuera la conducta y aplicación, había uno o dos recreos. A veces estos dependían de la voluntad de la Srta. Felisa, quien estaba a cargo de los alumnos. Las tres maestras usaban punteros de caña de bambú o de varas de mimbre, para señalar el número o la sílaba en el pizarrón o “para descargarlos a totas y a locas sobre nosotros, con los ojos cerrados para ser más justas”.

Las clases se desarrollaban por lo común de la siguiente manera, matemáticas, con  varias cuentas surtidas, luego se resolvían problemas por pasos ordenados. Después venía la clase de lectura, alternada con dictado, mientras los más pequeños realizaban una copia o estudiaban las tablas.

Por último se daban las lecciones recitadas de memoria. Las composiciones se incluían en los deberes para la casa. Esto era lo normal, pero a veces por “desatender o por mala conducta nos caían temibles penitencias: Veinticinco divisiones con prueba; repetir cien veces, por escrito oraciones educativas como, “No debo hablar en clase”; “Debo atender a mi maestra”; “debo portarme bien”; esto era el medio didáctico aún en las escuelas fiscales de época, pero la escuelita Escudero tenía también sus ratos amenos, la válvula de escape, para la actividad necesaria a tanta rigidez: los recreos y las salidas esporádicas que conseguíamos para ir al “servicio”, fingiendo suma necesidad”.  

El patio para el recreo era todo el solar, con canteros cubiertos de plantas de jardín y árboles frutales, diseminados por el predio sin simetría, había higueras, perales, ciruelos, damascos, durazneros, nísperos y el infaltable granado, “todo un paraíso para nosotros en la época de la fruta”

Aun se recuerdan algunas anécdotas. Los alumnos el 25 de mayo, se presentaban al alba, las aulas se iluminaban con velas, de ahí marchaban a Plaza Ramírez para cantar el Himno a la salida del sol, luego tomaban chocolate caliente y masas en el “Foyer” del magnífico y desaparecido Teatro 1 de Mayo.

Otra: bajo la glorieta del patio de la escuela se ubicaba una gran olla de hierro, los alumnos se ubicaban a su alrededor en los recreos.

Las tres maestras tenían un perro gordo y regalón, que dormía en el corredor camino a las aulas. Los niños debían tener cuidado al pasar por que si lo despertaban era falta para la libreta.

Las señoritas Escudero, enseñaron hasta que les dio la vista y la estabilidad. En sus últimos años vivían de una mezquina pensión oficial por haber enseñado honrada y tenazmente durante más de cuarenta años.

“Escuela de Selay”

Ubicada en calles Alberdi y 21 de Noviembre. La Directora Srta. Selay, que fue maestra consejera y amiga, conservo su salud y cerro las aulas.

Esta escuelita gozaba de renombre en la ciudad, Allí asistían los alumnos del barrio  y generalmente los que debían rendir examen de selección para ingresar al Colegio Nacional o a la Escuela Normal o bien los aplazados en los mencionados establecimientos.

En aquel entonces no se hablaba de jubilación, pensión, Reconocimiento de servicio. El maestro se daba a la patria, la familia y la niñez hasta terminar su labor, momento este que pasaba al olvido.

“Escuela Ingresada”

Debemos hacer constar la existencia de la “Escuela de Niñas”, cuyo ingreso a la N°1 (Nicolás Avellaneda), dispuso la autoridad escolar, al establecerla “Mixta”.

Esta escuela funciono en Artigas 182, fue su Directora Aurelia Tibiletti, hermana de ex rector del Colegio del Uruguay Justo José de Urquiza, Dr. Eduardo Tibiletti.

“Escuela Udrizar”

Fundada en 1928, por María Dolores Udrizard, para niñas y mujeres jóvenes. La llamo “Técnica del hogar”.

Ubicada en Congreso de Tucumán y 8 de junio. Se enseñaba hilados, telares, corte y confección, lencería  y bordados. Tenía 1º,2º y 3º grado con tres maestras. Desfilaron millares de alumnas por esta escuela.

“Escuela de Lola”

 Ubicada en la esquina de Colón (Hoy Eva perón) y 8 de Junio, funcionó otra escuela a que se la llamaba “Escuela de Lola” por el nombre de su maestra, “Lola” Osuna. A esta escuelita concurrían más de 20 chicos de distintos grados, y, “hasta analfabetos”.

Diariamente, al entrar a clases, todos los alumnos debían repetir, al unísono, las tablas de multiplicar desde las del 2 hasta la del 12, “cuando perdíamos el compás, la señorita Lola con golpes isócronos dados con el puntero sobre la mesa, nos hacía retomar el ritmo”.

El patio de recreo de la escuelita era reducido, con piso de ladrillos rodeados de macetas o tarros con plantas.

La señorita Lola era morocha, alta con leves huellas de viruela en su rostro. Sus cabellos eran, todavía, negros y su rostro expresaba una serena bondad. Gozaba de fama de buena maestra y “nunca faltaban una veintena de alumnos que colmaban la pequeña sala de clase”

 “Escuela de Rodríguez Cortés”

Otra escuela reconocida era la de las señoritas Rodríguez Cortés, en la esquina de 25 de Mayo y Artusi (en ese entonces Uruguay) La casa tenía techo a dos aguas y daba a la calle, “en lejanos tiempos funcionó allí la escuelita de Urquijo, según oí mencionar”.

Todas las señoritas  Rodríguez Cortés eran maestras diplomadas. “La señorita Antonia, ya jubilada, ejerce sus tareas en una escuela hogar, hasta hace unos años las señoritas Mercedes y María desempeñaban cargos docentes en escuelas de la ciudad y, la Srta. Ana, que no ejercía la educación oficial era la encargada de la escuelita privada”.

La enseñanza era metódica y racional como las que impartían las maestras normales. Los alumnos eran agrupados por grado o capacidad y las clases eran simultáneas, dentro de lo posible. Ahí la disciplina no era ni rígida ni forzada, todos “nos portábamos bien”. En esta escuela, a la que concurrían alumnos de ambos sexos,  no se usaban ni puntero ni caña ni palmetas.

El patio de recreo era fresco y sombreado y estaba rodeado de plantas, como casi todos los de la época. En el otro patio se encontraban árboles frutales, la señorita Ana solía obsequiar a sus alumnos con damascos, duraznos y ciruelas extraídos de esa quinta.

“En mis viajes a Uruguay, cuenta el autor, suelo verlas sentadas en el porche de la moderna casa que sustituyó a la anterior y me pregunto a veces ¿Por qué no me he acercado a estrecharles la mano  o a besárselas cumplidamente ya que ellas merecen tal actitud?”

Bibliografía: Abescat, Francisco, “La Ciudad de Nuestra Señora de la Concepción del Uruguay” y Troncoso Roselli, Gregorio, “Evocaciones a la distancia, recuerdos de Concepción del Uruguay”

 

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