La Salamanca a principios del siglo XX

Vista de las barrancas de La Salamanca a principios del siglo XX

Cuando se escribe sobre el pasado de Concepción del Uruguay, se evoca casi siempre a ese pintoresco tramo de costa del arroyo Itapé (N del E: en realidad, “Molino” o “Del Molino”, por el antiguo Molino Arlettaz), que todos conocemos con el nombre de Salamanca. Es un retazo de paisaje agreste y pintoresco como los que a menudo nos ofrecen las costas del río Uruguay.

Saliendo del centro de la ciudad hacia el norte, pasando las vías del ferrocarril Urquiza, que nacen en el puerto, se comienza  bajar por una ancha calle que nos conduce  tan querido rincón. Al llegar al arroyo y hacia la izquierda, se presenta una hermosa playa arenosa moteada por parches de un verde encantador: es el puerto Calvento. Allí desemboca un pequeño arroyuelo que tiene su nacimiento en la calle Ugarteche, a la altura de Rocamora, en tiempo normal soto es un zanjón que se insinúa cada vez más profundo a. partir de la calle Bartolomé Mitre. Ha sido necesario construir una alcantarilla donde lo cruzan las vías del citado ferrocarril. Sigue su curso a través de las canteras (N del E: hoy barrio “Cantera 25”) para desembocar, como hemos dicho a la izquierda del citado puerto, a los fondos de la pintoresca chacra de Delor. Aunque este arroyuelo esta marcado en el plano del viejo Uruguay, no se le asigna allí nombre alguno. Una parda descendiente de doña Luciana Vargas, antigua Vecina de ese barrio (su solar estaba situado en Bartolomé Mitre y Supremo Entrerriano) me informo “que los antiguos” le solían llamar el arroyo “Chico” (N del E: Hoy conocido como arroyo “El Gato”, ese último tramo hoy está en proceso de entubamiento por las obras de la Defensa Norte).

El puerto Calvento ha sido y es el preferido por los bañistas. Desde allí se domina el hermoso paisaje que brinda la isla que está al frente y la vista abarca centenares de metros hacia el norte, por el arroyo Molino. Al atardecer este sencillo cuadro, costa, río, isla y, perspectiva, es maravilloso. En verano, al fresco de los atardeceres uruguayenses, provocado por la brisa, se suma el continuo navegar de canoas, botes veleros, lanchas y algún yate que bajan hacia el Puerto Nuevo o suben, para recorrer las tranquilas aguas del Molino o del Curro, bordeados ambos de costas arboladas con paisajes encantadores.

A medida que se avanza desde el puerto Calvento hacia el este, la costa se vuelve más angosta y las barrancas que la respaldan van cobrando altura presentando varias oquedades más o menos pronunciadas que nosotros llamarnos “cuevas”, siguiendo la tradición. La más grande y famosa de estas concavidades  la  se conoce con el nombre de “cueva de don Dionisio”. Es profunda y de unos 5 o 6 metros de extensión. En  un tiempo, cuando la habitaba el viejo solitario era un verdadero refugio y amparo en invierno y un lugar fresco y agradable en verano. Don Dionisio plantaba ahí enredaderas silvestres  que casi cubrían su frente. La natural morada era prolijamente atendida por aquel. A un lado el catre, al otro el fogón ¿Para qué  más confort? ¿No es suficiente contemplar los amaneceres y los crepúsculos en contacto directo con la belleza incomparable de aquella costa., con una isla frente, con todos los matices del verde, respirar el aire purísimo de las madrugadas, contemplan as barracas con añosos talas y espinillos.  Además para el que no está poseído del temor de la noche y más bien se extasía con sus misterios, ¡qué emoción en el cielo estrellado;  en los ruidos inexplicables, en el grito de las aves nocturnas que pasan navegando en la oscuridad, en el chasquido que producen los peces grandes al asestar el certero coletazo sobre sus pequeñas víctimas, en los chirridos intermitentes de los grillos, como latidos en el inmenso corazón de la noche

 

Hace muchos años, en la época que evoco, la Salamanca era más primitiva, más montaraz. Los árboles se han ido secando o los han cortado, tanto los próximos a la costa, como los que moteaban las barrancas. Entonces, al atardecer, se oía el canto de los zorzales, de las calandrias, cardenales y  susurro de las palomas monteras. Durante mis vacaciones anuales en Concepción, dedico dos o tres mañanas o tardes a visitar el querido rincón, para avivar gratos redes de  vida de estudiante.

En efecto, la Salamanca está ligada a la vida estudiantil de mi ciudad, como la docta ciudad homónima española lo está a la fama notoria de su universidad. Pero no es por haber sido y ser todavía el lugar preferido por el estudiantado que ha recibido tal nombre. Las “salamancas” se encuentran por decenas en nuestro territorio. Su significado es “brujería, ciencia diabólica”.

La imaginación popular le ha dado valor de cueva o lugar donde residen genios ribereños, huraños y vengativos con quienes usurpan su residencia. Por eso la leyenda explica, a su manera, que tantos jóvenes estudiantes hayan perecido ahogados en ese sitio. Es raro el verano que la Salamanca no deje un saldo doloroso de victimas arrebatando brusca e inexplicablemente a jóvenes bañistas y estrechándolos contra las tocas de su lecho. Los genios se vengan del despojo, dice el pueblo. Los estudios hidrográficos dan los cabales motivos de tanta trágica muerte; más al pueblo le gusta soñar, le agrada apegarse a estas ciencias que parecen tener “prima facie” todo el viso de lo verosímil: posee el sencillo afán de los niños, siempre golosos de consejos.

Texto: Troncoso Roselli, Gregorio, “Evocaciones a la distancia (Recuerdos de Concepción del Uruguay), 1957  

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