La casona de los Calvento (Hoy Museo casa de Delio Panizza)

Casa de Narciso Calvento, hoy Museo “Casa de Delio Panizza”, la casa más antigua de la ciudad en pié.

Por lo menos una vez a la semana, íbamos con mi madre y hermanitos, acompañados de Polonia, a la casona de los Calvento. Allí vivía, entonces, el escribano Fulgencio López y su esposa, doña Manuela Céspedes, parientes de mi padre, Allí vivía también misia Rosita Céspedes de López, madre de don Fulgencio y del doctor Mariano E. Lopez, ilustre entrerriano.

En  ocasiones, cuando llegábamos a la tarde o a la noche, luego de cenar, ya estaban de visita mis tías Etelvina y Dolores. La tertulia se hacía más interesante. Cierro los ojos y veo, con exactitud la disposición de las habitaciones, patios y terraza del histórico caserón. Su aspecto exterior recordaba la casa de la independencia; en Tucumán. Tenía como columnas Salomónicas a ambos lados del zaguán. Entrando por éste, luego de franquear la cancela de hierro que más tarde fue quitada, estaba el primer patio al que daban todas las habitaciones de la familia y la amplia cocina. En un ángulo, a la izquierda, una escalera de azulejos, conducía a la azotea con piso de baldosas rojas. En la pared del este, libre de habitaciones, había una puerta que daba paso al segundo patio. Salvando la cancela, a la izquierda, un viejo jazminero retorcido llegaba, casi, a la altura del techo. Primitivamente, el primer patio tenía, alrededor; galería con arcadas a manera de claustro, el tiempo terminó con ella y no se rehízo jamás. En el centro se encontraba el aljibe cuyo brocal estaba revestido de azulejos, que como los de la escalera, habían sido importados de Sevilla. Refecciones ulteriores imprescindibles cambiaron un tanto, la fisonomía exterior, sin perder, empero, su aspecto colonial. La puerta de la derecha, entrando por el zaguán, comunicaba con la sala.

Cuando la conocí conservaba aún el piso de lajas de mármol blanco y negro, a manera de tablero de ajedrez; adosada al la pared de sud había una consola sostenida por dos columnas de mármol blanco. Sobre la misma se conservaba un viejo candelabro de tres velas y dos floreros de cerámica que habían pertenecido a don Narciso. Casi contra la pared del este, un viejo escritorio, con una hermosa escribanía rallada en bronce con dos tinteros. Según referencias, ella estaba en poder del doctor Mariano G. Calvento, diputado que fue por Entre Ríos. En la misma pared dos cuadros al óleo pintados por Victorica, el  de don Mariano Calvento, hijo de don Narciso, y el de Wenceslao López, hermano de don Fulgencio.

De la antigua sala colonial sólo quedaba la consola y algunas sillas y sofás tapizados con brocato rojo, una alfombra también roja raída ya, cubría casi todo el centro del piso. El viejo piano fue llevado a la casa de Pascual Calvento sita en la calle San Martín, junto a la antigua casa Comercial de los Canavesi. Muchos de los valiosos adornos que lucía aquella vieja casona fueron llevados, quizás como recuerdo, por algún descendiente de la familia.

La puerta de la izquierda del zaguán daba a la habitación opuesta y similar a la sala. Allí se levantaba el altar hogareño, frente a la puerta. Era de madera tallada y adosado a la pared del norte. El centro lo ocupaba San Dionisio, vieja escultura de madera adquirida en la entonces capital del Virreinato, traída a su vez, seguramente en Cádiz o en Sevilla. Don Narciso había encargado a Buenos Aires un San Narciso de Gerona; pero quizá por no haber ninguna imagen de este santo le remitieron el citado San Dionisio, de casi un metro y medio de altura. Durante muchísimos años, me refería tía Manuela, había sido venerado equivocadamente. Un Sacerdote,  don Gregorio Céspedes, nieto de don Narciso hizo notar la equivocación, pero su abuelo ya había fallecido. A los costados, dos hermosas tallas completaban el altar: el Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen del Pilar. Sobre la parte izquierda había “un nacimiento”; el niño Jesús, preciosa, miniatura que ostentaba un topacio sobre el pecho y anillos de oro con brillantes en ambos bracitos a modo de pulseras. La Virgen y san José lo completaban. Este nacimiento lo tuvo muchos años tía Dolores, quien se lo regaló al cura párroco de Concepción del Uruguay, padre Zolezzi.

Sobre la pared oeste pendía el cuadro al oleo de padre Céspedes, pintado también por Victorica sacado de una pequeña fotografía, uno de cuyos originales conservo. Dicho cuadro se encuentra hoy en la sacristía de nuestra Parroquia. Fue retocado por un profano que le ha quitado el valor que tenía este óleo de este todavía no bien apreciado retratista.

Ei aposento que sigue a la sala sobre la calle Galarza era el de doña Norberta, la novia de Ramirez, que terminó sus días con el doble drama de su pura y rectada vida. Anteriormente había sido la habitación de huéspedes, los que en la casona fueron muchos e ilustres y que figuran en primer piano en la historia nacional. Tales fueron Díaz Vélez, el general Martín Rodríguez, don Manuel Belgrano, de regreso de la campaña del Paraguay, el general Juan Lavalle, don juan Ramón Balcarce, ilustre federal, gobernador de la provincia de Buenos Aires, alternando sus estadas con viajes a la metrópolis. Otras de las glorias de esta ilustre casona es la de haberse discutido, allí, en privado, vale decir en tertulia de vecinos, la difícil y comprometedora actitud de reconocer a la Primera junta como gobierno de la nueva y gloriosa Nación. No habrá sido fácil, ni falta de fervor patriótico el abordamiento de aquella cuestión que oficialmente se aprobó el 8 de junio de 1810.

Digamos, para gloria de nuestra ciudad, que ella fue la primera del interior que reconoció al gobierno patrio surgido de la Revolución del 25 de Mayo.

Don Narciso era español, natural de Córdoba, aunque él se consideraba criollo, como eran españoles los más representativos vecinos de nuestra sociedad.

La actual calle San Martín debía llamarse, pues, 8 de Junio o bien la que pasa por la casona de marras. A esta se la ha denominado Supremo Entrerriano sin ningún asidero histórico, pues la casa de los Calvento nada tiene de relación con el ilustre general Ramírez. El solar de los Ramírez estaba situado frente a nuestra plaza principal, donde estuvo el teatro “Primero de Mayo”. Un aseveramiento infundado, ha dado en llamar a la casa de don Narciso Calvento estreno en el año 1806,  “el solar de los Ramírez” y hasta han colocado el busto del ilustre prócer a su mismo frente. Se honra a la verdad, y a la historia que no ha de desfigurarse, la media manzana oeste comprendida entre las calles hoy Supremo Entrerriano, Galarza y Rocamora fue comprada por don Narciso Calvento en los comienzos de la vida de nuestra ciudad. En esa esquina levantó su primera casita que era de adobe. Más tarde, cuando sus medios se lo permitieron (se dedicó a la ganadería y le fueron adjudicados campos apropiados para ello sobre la costa del río Uruguay) hizo construir la casa que hasta hace poco existía en pie, en la esquina de Rocamora y Supremo Entrerriano. Recién en 1806, se terminó de construir la histórica casona. Esto se lo ha oído muchas veces de labios de tía Dolores, como he dicho de prodigiosa memoria, y de la que fue su última dueña doña Manuela Céspedes de López. Esta señora, que creció con las tías abuelas hijas de Don Narciso, sabía todos los pormenores de su historia; ella fue la que ayudó a bien morir a doña Norberta y la vistió para el último viaje con los hábitos de la Virgen del Carmen y no con el traje de novia como se ha dicho, aunque esto último sea más poético y romántico.

Don Benigno Teijeiro Martínez dice en su historia de Entre Ríos que la casa más antigua del Uruguay, de las que se conservan en pie “es la de los López”, Esta cita  dicho historiador y la asignación  antes dicha está basada en que allí vivió muchísimos años don Fulgencio López, casado con tía Rosa Céspedes, y padre de don Fulgencio y del doctor Mariano. Tía Manuela, heredera de la casa y vivió allí con aquel. De ahí que muchos que no conocían su verdadera historia la llamaran “la casa de los Lopez”.

Volviendo a mi sencilla descripción, la demás habitaciones del primer patio esteban destinadas a dormitorios, comedor y despensa. Al fondo y a La izquierda se encontraba la cocina, en cuyo horno de repostería se hacían exquisitas roscas, palmeritas, alfajores y pastelitos de hojaldre. Los postres que allí se preparaban tenían fama en la ciudad, pero los huevos quimbos o chimbos eran los que más renombre daban a las manos hábiles de las Calvento y aún de tía Manuela.

Contaban mis tías que cada uno de ellos guardaba sus ahorros, no en el banco sino en “entierros” y “escondites” manteniendo estricta reserva sobre el particular. Cuando a más de un siglo, cambiaron los tirantes de palma de la casona, sobre éstos se encontraron infinidad de monedas de oro y de plata, escondidas precipitadamente, bien seguro en vísperas de Caseros o el 21 de noviembre de 1852. Se cuenta que la noche del asesinato del general Urquiza, mucha gente, temerosa  que las milicias de López Jordán se entregaran al saqueo de la ciudad, enterraron dinero y alhajas debajo del piso o en el fondo de sus casas. Así lo hicieron mi abuela Gregoria Nieto y mi tía Etelvina Céspedes, pues sus respectivos maridos, teniente coronel Troncoso y coronel don Pedro M. González, eran acérrimos urquicistas. Los Calvento por viejos resentimientos de familia, no lo habían sido nunca.

En enero de 1829, en un documento que poseo detalla la votación nominal de los vecinos más caracterizados de la ciudad, en la que don Mariano Calvento, hijo de don Narciso, aventajó en votos al propio general Urquiza. La elección fue para electores al H. Congreso y el resultado fue el siguiente: Mariano Calvento, 100 votos; José Joaquín Sagastume, 81; Juan José Irigoyen, 48; Justo José de Urquiza, 45; siguen, entre otros, don Ricardo López Jordán, con 21 votos.

Una de las Calvento, doña Domitila, había enterrado sus monedas y onzas en una caja de latón, al pie de un naranjo; sólo cuando sintió llegado el supremo trance reveló el secreto. Don Marcelino,’ el último de los hijos de don Narciso, que vivió hasta fines del siglo pasado (Siglo XIX), jamás quiso manifestar el lugar preciso donde había escondido su pequeña fortuna. Él había heredado todos los bienes de sus hermanos solteros; Hizo promesa de heredar a tía Manuela y así lo hizo. En sus últimos momentos quiso hablar sobre el particular, pero no pudo; su mano ya sin fuerzas, señalaba insistentemente hacia la pared del norte. Seguramente se refería al entierro de su efectivo debajo de algún árbol frutal. Inútilmente fue removida la tierra junto a varios naranjos y linderos.

Famosas fueron las tertulias en la sala o en el patio de la casona. En tiempo de la colonia se reunía allí lo más distinguido de la sociedad de la villa. No es necesario tener detalles de aquellas reuniones  para darse cuenta cabal de las mismas, pocas debieron diferenciarse de las que conocemos por crónicas y estampas de la Buenos Aires Colonial. Los atavíos de las damas, como el acicalado de los jóvenes o el sobrio de los hombres maduros, eran los mismos que se estilaban en la cabeza del Virreinato. Las comunicaciones con esta eran frecuentes. Los veleros arribaban a los puertos del litoral  a dejar mercadería, encargadas muchas veces a la misma España y a cargar los productos de estas regiones cueros, maderas y lana. No puede explicarse de otra manera la celeridad con que se supieron en nuestra ciudad los hechos acaecidos durante la Revolución de mayo y el nombramiento de la Junta. Aquí cabe preguntarse ¿un velero inglés fue el portador del oficio de aquella al H. Cabildo de nuestra Villa, pidiendo su reconocimiento? ¿Fue acaso un marinero criollo que trajo subrepticiamente el documento? ¿Llegó por medio de un chasqui que pasó por Bajada Grande, atravesando la provincia?

Tía Dolores me describía, con detalles, el traje azul con botones de plata que había usado don Narciso, su abuelo, así como los zapatos con hebillas del mismo metal que estilaban los cabildantes. No sé cuál fue el final de estas y otras reliquias y objetos de arte que la familia había atesorado. Conocí los candelabros del altar hogareño, donde los cirios ardieron constantemente, consumiendo la cera en holocausto de aquellas veneradas imágenes, devoción de la familia Calvento, piadosa y caritativa.

Texto extraído de: Troncoso Roselli, Gregorio “Evocaciones  a la Distancia (Recuerdos de Concepción del Uruguay)”

 

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2 comentarios en "La casona de los Calvento (Hoy Museo casa de Delio Panizza)"

  1. TE ADMIRO CARLOS IGNACIO RATTO……PORQUE…LO QUE ENVIASTE LO LEÍ ….QUÉ HISTORIAS!!!!!!!!!…ME IMAGINO AQUELLA ÉPOCA.CON LA DESCRIPCIÓN DEL RELATO…..GRACIAS!!!!POR ACERCAR A AQUELLAS PERSONAS INTERESADAS EN SUS ORÍGENES….SIEMPRE ..HE RECORDADO Y QUERIDO A MI PUEBLO…..QUIERO QUE MIS CENIZAS SEAN DEPOSITADAS EN EL RÍO URUGUAY Y VIAJAR POR SUS AGUAS DONDE LA CORRIENTE ME LLEVE…….

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