La Fundación de Concepción del Uruguay

Plano tipo que utilizó Tomás de Rocamora para fundar Concepción del Uruguay
 
El 11 de Febrero de 1783, Rocamora le informaba al virrey había sido su propósito “marchar al Arroyo de la China a principiar por allí el planteo de las nuevas poblaciones, como pide el fiscal en el expediente respectivo”.
El día amaneció frío v nublado. Un viejo poblador, cargado de años y experiencia, pronosticó lluvias v tormentas. Rocamora se apresuró a reunir a los vecinos más caracterizados del paraje del Arroyo de la China, con los que realizó, como diligencia preliminar, el examen de los terrenos circundantes. Según era de prever, resultó imposible lograr unanimidad respecto al sitio en que habría de erigirse la villa. Algunos de los vecinos consultados se pronunciaron en favor del antiguo puerto de Echarrandieta ubicado al sur del Arroyo de la China, en cuyos alrededores se habían realizado los primeros asentamientos y donde, posiblemente, se habría levantado en 1778 la capilla gestionada por León Almirón. 
Frente a esa situación, Rocamora optó por la persuasión. Por llevar al ánimo de todos los pobladores la convicción de que aquel lugar estaba muy lejos de ser el más indicado para el emplazamiento de un pueblo. Fundamentalmente por la estrechez del terreno, que por un lado terminaba en una barranca y por el otro en una cañada. Dijo Rocamora: “No es en el puerto de Echarrandieta, que solicitaba este vecindario, y sobre el lugar de la capilla pleiteada, que se desechó por ser una cuchilla alta, larga y muy estrecha con barrancas a un lado y cañadas al otro, mas propia para ermita de campo que para parroquia de una población formal; distará de este paraje, media legua al SE”.
La decisión fue entonces tomada. El pueblo sería erigido al norte del arroyo de la China, sobre una cuchilla situada en la rinconada que forma dicho arroyo antes de desembocar en el Uruguay, separado por una isla. El sitio elegido se hallaba, pues, media legua al norte del puerto de Echarrandieta, arroyo de la China por medio: el que corría a trescientos pasos al sur de la nueva población.
“De suerte que esta situación, expresó Rocamora al virrey, hallándose casi en el extremo de la rinconada o confluencia del arroyo y río, y presentándose de alto a bajo, se granjea por la parte del agua que creo principal, la vista más delicada y agradable”.
El lugar se encontraba cubierto de espinillos y malezas Era necesario; pues, como primera medida, desbrozar el terreno. Rocamora reunió a los vecinos más cercanos para realizar esa tarea, pero esa acción no pudo desarrollarse ya que se desencadenó una fuerte lluvia que obligó a suspender los trabajos. Fue necesario esperar algunos días. La lluvia cesó al fin pero nada podía hacerse mientras la tierra no se secara. Llegado el momento oportuno, Rocamora ordenó el inicio de la tarea La yesca cobro fuego rápidamente. En solo tres días toda la maleza fue quemada. Por delante quedaba la dura faena del talado. Hachas y machetes cayeron entonces sobre talas: algarrobos y espinillos. 
La tarea de limpiar la tierra y nivelar la parte en que debía establecerse el centro de la villa, llegó felizmente a su término. El tiempo que ella había demandado no había sido mucho, sobre todo si se lo compara con el que exigió la planificacion de Gualeguay y Gualeguaychú.
Rocamora procedió entonces a concretar el segundo paso: delinear y amojonar los sitios, las calles y la plaza, para lo que siguió exactamente el mismo plan y orden que aplicara en Gualeguay. Por cierto que conocernos algunos detalles de ese plan, previamente expuesto al virrey. La plaza de la villa estaría ubicada con sus ángulos mirando a los cuatro puntos cardinales; se reservarían sitios para la iglesia, el cabildo, la cárcel y haciendas para los habitantes. De la plaza arrancarían cuatro calles principales Y ocho angulares con la anchura correspondiente; las casas se construirían de paja y palo a pique embostado: aunque los vecinos más acomodados podrían utilizar ladrillos de adobe. Estas construcciones se levantarían en el centro de la línea del frente de cada sitio, con el objeto de evitar la propagación de posibles incendios. Cada vecino debería cercar su predio con palos a pique o estacas verdes de sauce. Las cocinas deberían hacerse “a la espalda de los ranchos de habitación; con el posible intermedio para evitar las desgraciadas comunicaciones del fuego, que esta gente conserva día y noche: para su mate y sus asados”.
Llegó, al fin, el momento tan esperado. Allí estaban los hasta entonces dispersos pobladores del Arroyo de la China, a quienes Rocamora había convencido para reunirse en un pueblo formalmente establecido, con autoridades locales que velasen por los intereses de la comunidad. Eran más de un centenar de familias esperanzadas en un mejor porvenir. El comisionado Rocamora procedió a distribuir los correspondientes sitios, y cada jefe de familia asumió el compromiso de comenzar, lo más pronto que les fuera posible, el cercado de los mismos y la edificación de sus viviendas.
Luego de ello, Rocamora expreso al virrey. “Hasta ahora he repartido 153 sitios; ya se ha empezado el laboreo de las casas. Hay aquí gente de alguna aplicación, y creo que será sin mucho dilatarse un lugar bonito y bien poblado”.
Para que la nueva villa quedase formalmente constituida era necesario la elección del cabildo – Alcalde y regidores- a cuyo cargo estaría el gobierno de aquélla y la defensa de los intereses del vecindario. La elección de los cabildantes -ad referéndum del virrey- fue comunicada a este funcionario mediante el oficio elevado por Rocamora con fecha 25 de junio de 1783. Lamentablemente, al que lo ocurrido con la fundación de Gualeguay, no se ha podido hallar el acta de elección del primer cabildo Uruguayense. No obstante la carencia de este importante documento, la paciente labor de los historiadores ha permitido salvar del olvido el nombre de los primeros cabildantes de la villa. Ellos fueron: alcalde, Juan del Mármol; regidores: Jose de Segovia, Pedro Martín de Chanes (o Echaniz, Domingo Leyes, Felipe López, Leandro Salvatella, Manuel Rico del Camino, Lorenzo Ayala, Gonzalo Ferragut, Miguel Martínez y Miguel Godoy.
Hacendados como Mármol, Segovia, Chanes, Leyes, Lopez; labradores como Salvatella y Godoy, pulpero como Rico del Camino, asumieron la responsabilidad de servir a la comunidad. Sólo restaba para perfeccionar el acto de fundación, dar nombre a la nueva villa. El cura del lugar se había empeñado, desde hacia tiempo, en que el Partido del Arroyo de la China llevase el nombre de San Sebastián, en homenaje al obispo Malvar y Pinto, pero Rocamora insistió ante el virrey para que la villa y la zona bajo su jurisdicción tuviese el nombre de la Patrona de la Parroquia; la Purísima Concepción. “Por dignidad, por posesión y por afecto -expreso al virrey- prefiero la reina de los santos todos. Con el nombre de la Concepción del Uruguay, se titularía gloriosamente la población v su distrito”.
El virrey Juan José de Vértiz, por resolución fechada el 12 de julio de 1783, aprobó la elección de los primeros cabildantes Y el nombre para “el nuevo pueblo del Arroyo de la China, que deberá titularse la Concepción del Uruguay”. Quedaba entonces finalizado el proceso que daría origen y entidad a nuestra Concepción del Uruguay.Texto: Urquiza Almandoz, Oscar, “Historia de Concepción del Uruguay”, Tomo I, Comisión Técnica Mixta de Salto Grande, 2002 (Se puede descargar en: http://www.logiawashington.org.ar/010.htm)
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