Asesinato del General Justo José de Urquiza

Ilustración que muestra el momento de la muerte del general Urquiza

El 11 de abril de 1870, un atentado que culminó con la vida del general Justo José de Urquiza en su residencia de San José, para conmemorarlo transcribimos casi en su totalidad una publicación del Palacio San José, elaborada por Ana María Barreto Constantín, titulada “11 de abril de 1870. Muerte del General Justo José de Urquiza. Testimonios de un pasado trágico”,  y es un interesante relato de la muerte del general a través de diferentes testimonios, entre ellos los de Dolores Costa, esposa del General Urquiza, José Romualdo Baltoré, ministro del General, Carlos Anderson, Excequiela Bejarano de Solís y Marcelina Galván, personal de servicio del Palacio y Marín Avise, jardinero del establecimiento. Este trágico hecho, que aún hoy conmueve la los entrerrianos, merece ser conocido y destacado para que nunca más las diferencias políticas se solucionen de esta terrible manera

 

Ataque a la Residencia y muerte del general Urquiza

El asalto a la residencia de San José el 11 de abril de 1870 cambió los destinos de una familia, pero también de la provincia y aún de la nación Argentina. La muerte de Justo José de Urquiza se produjo como resultado de una conjura. (…)

La historia comenzó en la estancia de Ricardo López Jordán en Arroyo Grande en el Departamento Concordia. A dicho lugar concurrió José Mosqueira, un hacendado de Gualeguaychú, junto con un reducido grupo de conjurados. Había recibido por parte de sus amigos noticias, de que se preparaba un movimiento revolucionario para “derrocar al gobierno del General Urquiza, con el objeto de poner un gobierno más liberal y reivindicar los derechos usurpados por ese gobierno” según declaró meses más tarde. El plan fue acordado. El lugar del encuentro, la misma estancia, “el 9 de abril a las siete de la noche”. Con treinta hombres al mando del mayor Robustiano Vera y José Mosqueira, partió la comitiva desde Arroyo Grande hacia a la estancia San Pedro, propiedad del General Urquiza. Allí debían colocarse a las órdenes del Coronel Luengo, el que los esperaba con alrededor de veinte hombres más y desde allí emprender el viaje hacia el Palacio San José.

Las órdenes recibidas fueron las de apresar al General Urquiza y llevarlo a la presencia del jefe revolucionario, con la expresa recomendación según aclaró José Mosqueira, de respetar “. . .la familia e intereses como cosa sagrada, que si algún subalterno contrariaba estas órdenes que lo fusilasen en el acto…”

Formaban parte del grupo, además de los mencionados: Ambrosio Luna, Pedro Aramburu, Juan Pirán, Facundo Teco, Agustín Minué, Mateo Cantero y Nicomédes Coronel, este último mayordomo de la estancia San Pedro.

A poco de arribar al Palacio San José, los asaltantes detuvieron su marcha. El Coronel Simón Luengo, les dio precisas instrucciones: “A Bera lo mandó tomar la guardia en los cuarteles de  enfrente de San José, con la orden de que si no podía tomar estuviese hasta que fuesen al auxilio de ellos. A Mosqueira, la orden de que con treinta hombres debía tomar las puertas de San José y sostenerse allí hasta que entrasen y saliesen”, “Entraron todos por la puerta principal, que conduce a la capilla, extendiéndose después por todo el resto del edificio. . .”,  declaró Dolores Costa, esposa del General Urquiza durante el juicio que se le inició años más tarde a José Mosqueira por el asesinato del militar entrerriano. Por su parte, una de las hijas adolescentes del matrimonio Urquiza registró lo acaecido de la siguiente forma: “Todo fue rápido, tan violento, tan deslumbrador que nos sorprendió como el relámpago de un rayo. Estábamos en semana santa a la melancólica hora de la oración. Tata tenía la costumbre, a la caída de la tarde de sentarse al abrigo del corredor, frente a la puerta de la sala para escucharnos a Lola y a mí, que siempre ejecutábamos a dos pianos algunos tozos de música clásica. . . En el preciso instante en que una campanada de reloj del mirador anunciaba las siete y media, oímos estremecidas de horror los gritos salvajes de las bestias humanas que rugían buscando su presa. La canalla, orientada y guiada por el principal asesino, invadió los jardines y penetró en el Palacio disparando sus armas y gritando: “Muera Urquiza”.

En el interior de la residencia: “Estando todas las del primer patio de San José perfectamente iluminadas con lámparas a querosén y alumbrados los patios con la luz de una luna muy clara que alcanzaba hasta iluminar los zaguanes, oyó la declarante (Doraliza Costa de Balestrín), desde una de las piezas del segundo patio donde se encontraba la declarante a esa hora, la voz de su hermana Dolores que pedía protección para su esposo Justo. . .”

En la galería de la fachada del edificio, José Romualdo Baltoré (ministro del General) acompañaba al dueño de casa: “…el General se hallaba a pocos pasos de la secretaría en compañía de Don Juan P. Solano. En tales momentos oímos un rumor confuso de hombres a caballo que corrían. Un segundo después se distinguieron las voces de muchos hombres y visiblemente el ruido aumentaba al aproximarse a la entrada principal de la casa…”, “…El General se levantó seguido por el Sr. Solano, atravesó el primer patio en dirección a la entrada principal, haciéndolo con bastante celeridad. Al llegar al segundo zaguán oí estas voces: ¡Abajo el tirano!¡Viva el General López Jordán, y en seguida un tiro, cesaron las voces, y se sintieron en su lugar el ruido de hombres que corrían. El General vestía de blanco. Los patios estaban iluminados y debió ver y ser visto, pues se detuvo en su marcha y a medio correr entró a sus habitaciones… el patio se llenó de gente y comenzaron a oírse tiros sin orden ni concierto… , después, supe que quien le había pegado el tiro fue el Pardo Luna… y el que le dio de puñaladas fue Nicomedes Coronel.” Por su parte, Carlos Anderson, ayudante de servicio la noche del suceso fatal, ante una entrevista practicada años más tarde por uno de los más prestigiosos literatos, Fray Mocho, acotó ante la consulta: “. . .Recuerda el hecho?”

-Vaya como para olvidarlo. Lo tengo tan presente como si hubiera sido ayer – relató casi treinta años después- …Yo estaba de guardia y mi hermano, que era el otro ayudante estaba en cama, razón por la que me encontraba en su cuarto acompañándole, juntamente con un paisano Molina ,de Gualeguay, que había venido a cobrar unas vacas vendidas al general, que era muy negociante. Serían entre las siete y cuarto y siete y veinte de la noche, cuando sentí que don Justo, que estaba como era su costumbre, tomando el té bajo la galería, casi en el entrada del patio, le preguntaba al hombre de servicio: -¿Que ruido es ese?

-Parece un tropel de gente, señor.

-¡Ah ¡ Ahí …Eso es. Ha de ser una comisión que debe llegar de Nogoyá. .. Y luego no más, como el tropel siguiere y no se detuviese donde estaba ordenado se detuviesen las comisiones, agregó -ya gritando- “Son asesinos. . .cierre la puerta del pasillo”. Y lo oí que corría para la sala costurero de la señora que quedaba casi en la esquina del patio y se comunicaba con la torre del Palacio por medio de otro cuartito donde estaba la escena que era de fierro y de esas llamadas de caracol. En la torre había armas y si el General sube, se salva, pero lo perdió su genio, pues como encontró un riflecito a mano, volvió al patio corriendo.

En eso, los asaltantes, que eran cinco no más, pues aunque entraron al Palacio ciento cuatro, los otros enderezaron a la guardia y a asegurar las entradas desembocan en el patrio y al verlos les gritó: “No se mata así a un hombre entre su casa, canallas” y les disparó un tiro; la bala le pasó rozando el bigote a un cordobés Álvarez y fue a quebrarle el hombro al negro Luna, otro de los que venían. Álvarez, entonces, le tiró con un revólver y le pegó al lado de la boca era herida moral, sin vuelta. El General cayó en el vano de la puerta y en esa posición Nico Coronel le pegó dos  puñaladas y tres el cordobés Luengo, único que venía de militar, y que lo alcanzó cuando ya la señora Dolores y Lola la hija tomaban el cuerpo y lo entraban a la pieza, en la cual Se encerraron con él, yendo a recostarlo en la esquina del frente, donde se conservan hasta ahora las manchas de sangre en las baldosas.”

La muerte sobrevino como respuesta al recibimiento a balazos que otorgó el propietario, “Urquiza creyó intimidar a los revolucionarios con gritos amenazantes -declaró Mosqueira durante el juicio que se le sustanció años después- disparando sobre ellos dos tiros de revolver. Los que tenían por objeto echar abajo el gobierno personal de este hombre funesto para el progreso de Entre Ríos no podían permanecer impasibles ante la actitud asumida por el déspota y a su vez debieron hacer fuego sobre él… Felizmente para el porvenir de Entre Ríos el tirano en la primer descarga cayó envuelto en su propia sangre, atravesada la cabeza de un balazo. . .”

Al respecto Ricardo López Jordán ironizó en su momento: “El General murió cambiando tiros con los que fueron a tomarlo. No era pues de esperarse que le volvieran confites”.

Varios fueron los testigos del episodio que dejaron vividas impresiones de lo pasado en la infausta jornada otoñal, entre ellos los numerosos sirvientes que se desempeñaban en el lugar y que con hondo pesar recordaban el suceso. Entre ellos, Excequiela Bejarano de Solís, la que en 1912 hizo decir a su entrevistador lo siguiente “Recordaba vivamente el triste episodio del 11 de abril de 1870 cuando se realizó el asalto al palacio San José para dar muerte al entonces gobernador de Entre Ríos. “…Lloramos mucho a Don Justo -nos decía- todos los pobres y más los que fuimos sus servidores…” Excequiela junto con los de su familia pertenecía a la servidumbre del palacio y tenía a su cargo el lavado de la ropa.” Otro testimonio del personal doméstico es el de Marcelina Galván, la que ya en su vejez relató en una entrevista periodística: “Yo fui criada por la familia del General, no dijo con cierto orgullo. Allá en el Entre Ríos, viví siendo moza muchos años en el palacio, hasta la tarde del asesinato. Aquí la viejecita se detuvo un instante, su voz se hizo menos firme y dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas enjutas y requemadas por el sol. -¿Usted vio cuando lo mataron? -le preguntamos movidos por explicable curiosidad. Repuesta un poco de la emoción que le trajeron estos viejos recuerdos, nos respondió con viveza: -¡Y cómo no!  Mi hermana y yo estábamos en la alacena pegada al comedor. Era el atardecer. El general se había sentado a la mesa con la señora y las cuatro niñas. Vestía de particular, pero con cuello, porque no usaba pañuelo. Yo acababa de servir la sopa. En eso sentimos pasos, y varios hombres se presentaron en la puerta. ¿Qué quiere amigo Luna? le dijo. Esto y le descerrajó unos tiros de revólver… Luna y Aparicio eran los hombres de confianza del general, como si dijéramos la llave del palacio. Seguro se vendieron y lo asesinaron. . .” (Ing. Molina Massey Sierra de San José. Misiones. Sobre la muerte de Urquiza. Una criada del General).

En tomo a la residencia principal se extendía un caserío ocupado por dependientes del establecimiento agropecuario, los que también fueron testigos involuntarios del aciago atardecer de abril en el Palacio San José. Así lo detalló declaró Andrés Rigoli en el juicio sustanciado a Mosqueira: “…el declarante vivía como a quince o diez y seis cuadras de San José en la casa denominada la Quesería, que habiendo concluido de cenar oyó unos tiros en el campamento donde estaba la infantería y en seguida unos gritos de viva López Jordán y muera Urquiza, que entonces yo también unos tiros en la casa de San José que entonces el declarante dijo para si “a Dios General Urquiza, ya concluyeron con él”, que sin embargo el declarante no salió de su casa hasta el día siguiente por la mañana en que fueron muchas personas de este pueblo a traer el cadáver del General Urquiza…” Por su parte Marín Avise el jardinero de la casa que se encontraba en las habitaciones que “ocupaban el herrero y el carpintero” junto con otras personas, cuando “oyeron los tiros -aunque- no presenció el acto del asesinato ni vio el cadáver hasta el día siguiente, en que vio a la señora y a las chinas cubiertas de sangre”

Fueron sin dudas las hijas adolescentes del propietario de la estancia las que sufrieron el mayor impacto de los infaustos sucesos al presenciar la muerte de su progenitor. Así lo manifestó una de ellas: “Tata nos dijo: “¡Ahí vienen a matarme! Y corrió a su dormitorio en procura de un arma para defenderse. Nosotras lo seguimos… sonó la primera descarga. Todos habían apuntado contra mi padre… Se desplomó bañado en sangre, Lola cayó junto a él, y en primer momento creí que estuviera herida de muerte a causa de la sangre de Tata derramada sobre ella. Uno de los salvajes se acercó a Lola para ultimarla, y yo me acerque a suplicar: “no maten a mi hermana” Entre tanto no cesaban los disparos. Fue entonces que Nico Coronel, muy de acuerdo con su manera de ser, se acercó con una daga y la hundió repetidas veces en el corazón del tata, que yacía en brazos de Lola. En seguida acercó la daga, tinta en sangre, a mi cuello para degollarme. Otro asesino, llamado Luengo lo apartó bruscamente diciendo: “mujeres no. Busquemos a los varones”.

Nuestros blancos vestidos empapados con la roja sangre que manaba el cadáver. Fue entonces cuando llegó mamá. Pero lo urgente, era salvar a mis hermanos, todos ellos de corta edad. Fui rápidamente en su busca. Apagamos todas las luces para entorpecer y despistar a los asesinos que andaban enloquecidos de aquí para allá buscando nuevas víctimas. San José, como tu sabes, tiene dos miradores…llevé arriba uno a uno a mis hermanos, tanto varones como mujeres y los dejé acompañados de las mucamas…

Toda aquella noche la pasamos mamá, Lola y yo a merced de los asesinos, amenazadas de muerte continuamente. En la misma alcoba donde lo mataron velamos a Tata. El suelo aparecía ensangrentado y muchos balazos perforaban las paredes. La Virgen Dolorosa, vestida de terciopelo negro, hacia cabecera en medio de dos candelabros. En la Santa Imagen reposaba nuestro credo y ante ella orábamos con fe pero a cada instante oíamos a los bandidos que discutían entre ellos nuestra vida o muerte, y lo veíamos reunidos en el patio alumbrado tan solo por los rayos de la luna. Así pasó aquella noche de espanto y de terror…”

El Día Después

Las primeras horas de estupor pasaron, pero los acontecimientos dieron forma a una nueva realidad para la j oven protagonista del drama: “A la madrugada nuestros verdugos percibieron polvareda en dirección al camino de Concepción del Uruguay. Teófilo que conjuntamente con el batallón venía de Concepción del Uruguay. Había sido avisado por un empleado que consiguió escapar en busca de auxilio y llegaba con la esperanza de encontrar con vida a Tata.

Nosotras seguíamos en la cámara mortuoria sin saber lo que ocurría afuera. De modo que al oir el galope de la caballada y el rumor de los que avanzaban apresuradamente aumentó nuestra angustia, perdimos las escasas esperanzas y creíamos que se iban a cumplir las amenazas de los traidores. Y nos abrazamos a la imagen de la Virgen, esperando la muerte inevitablemente. Pero al conocer las vos de mi hermano que apareció gritando: “¿Dónde está Tata?” nuestra situación cambió. Inmediatamente se dispuso nuestra partida para Concepción del Uruguay. Bajamos del escondite del mirador a todos. Buscamos por distintos lugares a Micaela y por fin la encontramos dormida en su refugio aterrada todavía, nos contó su aventura. Cuando todo estuvo listo emprendimos la marcha custodiadas por el batallón.” El auxilio arribó a la madrugada del día siguiente. Julián Medrano, secretario del General Urquiza, relató un año después al periódico La Paz de la localidad de Nogoyá: “Al día siguiente, el 12, una gran comitiva acompañaba el féretro. Era el cadáver del General Urquiza que iba conduciendo un numeroso concurso para la Concepción del Uruguay. A poca distancia de esta, la comitiva es detenida por las huestes del General López Jordán comandadas por él en persona. El Coronel D. Teófilo de Urquiza y mucha parte de la tropa que allí iba quisieron trabar combate con las tropas que lo detenían, pero el General Galarza se opuso y entraron a pactar con el General López Jordán para que los dejara pasar. Así sucedió y la comitiva siguió su marcha al Uruguay sin ser molestada…”

La llegada a Concepción del Uruguay y el velatorio en medio de la incertidumbre, el temor y las noticias contradictorias que el magnicidio provocó, conmocionaron a la pequeña ciudad entrerriana. Un estudiante del Colegio del Uruguay y más tarde acreditado Uruguayense, el Dr. Mariano López pintó la jornada que impacto sus juveniles años de la siguiente manera: “…era en aquellos días opacos y grises, del once de abril de 1870, en los que solo imperaban la tristeza y el anonadamiento en esta ciudad. Todos andaban en silencio, y con el semblante entristecido, en esos momentos tan cruelmente aciagos. Apenas si se atrevían a comunicarse lo ocurrido. Urquiza había sido asesinado en San José, decían, pero sin conocer detalles del hecho. Después se supo algo más: que se traían aquí sus mortales despojos, lo que no tardarían en llegar. La noticia circuló rápidamente y pronto se llenó de gente la actual calle Rocamora, por donde se acercaba el acompañamiento fúnebre. Por allí veía, en efecto, el cortejo, y este pasó en silencio, con enorme concurrencia, pero al llegar al pasaje donde cruza la hoy llamada Congreso de Tucumán, se paró, pues un grupo de señores se acercaron al coche que traía el féretro, y sacando los caballos empezaron a empujar el vehículo, llevándolo e esta forma hasta la casa donde se Velaría el cadáver.” Según la crónica periodística: “El cadáver fue conducido a casa de Anita Urquiza, la señora de Victorica, poco después se llevó a la iglesia y de allí al cementerio. …Hubo poca concurrencia y sobre la tumba del que tanto favores había dispensado muchos de los adulones que el día antes le contemplaban como a un semi-dios habló el Dr. Zarco, una carta que tengo de allí me hace elogios de su discurso. Entre otras cosas dijo “Roma pagana, pedía venganza delante del cadáver de cesar, yo solo os pido una lágrima y que el recuerdo de los grandes hechos y virtudes del General no se borren del corazón de los argentinos.”

Así que el modesto acompañamiento salió del templo, la familia del General completamente sola se dirigió al muelle, y se embarcó en un buque español que la condujo a la villa del Salto.” Los sucesos vinculados directamente a la tragedia concluyeron. Una familia destrozada abandonó el suelo entrerriano y nuevos protagonistas ocuparon el escenario político. (…)

La vida del General Urquiza concluyó intempestivamente, pero no el producto de su acción, su huella fue lo suficientemente profunda para mantenerse en el tiempo. Su figura continua hoy siendo el símbolo por excelencia de la provincia litoraleña a la que perteneció y a partir de la cual extendió su labor al resto del país, con una mentalidad nueva, aunque sin abandonar los modelos culturales en los que originariamente se formó. Concilió la transición entre dos tiempos diferentes forjando una obra que pervive hoy por la magnitud e incidencia en la historia de los argentinos.

Textos  de: Barreto Constantín, Ana maría, “11 de abril de 1870. Muerte del General Justo José de Urquiza. Testimonios de un pasado trágico”, Palacio San José, 2009

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