Por Civetta, María Virginia y Ratto, Carlos Ignacio.
El lunes 11 de abril de 1870, a las 19,30 horas, fallecía en su residencia de San José, víctima de un cobarde ataque el primer presidente Constitucional de la Nación, Justo José de Urquiza. En efecto a esa hora se produjo el asalto a su morada por un grupo de insurrectos que respondían a Ricardo López Jordán. Recordemos que en ese momento Urquiza era el gobernador de Entre Ríos, y su mandato fenecía dos años después, en 1872.
Urquiza, intentó repeler a agresión, pero fue alcanzado por un disparo en la mandíbula izquierda realizado por el “Pardo” Luna. El general cae producto de ser impactado por ese proyectil, el que por mucho tiempo se creyó que era lo que lo había matado, y es cubierto por Dolores Costa, su esposa, y alguna de sus hijas. No obstante esto y sorteando esa débil protección, Nicomedes Coronel, antiguo protegido de Urquiza, le ocasiona cinco puñaladas que, como se descubriría muchos años después, fueron la verdadera causa de su muerte.
Para tener la certeza de que éste no fue un hecho aislado, ese mismo día fueron, también asesinados en la ciudad de Concordia dos de sus hijos, Justo Carmelo y Waldino.
Enterado de la tragedia, el Dr. Julián Medrano, Secretario particular de Urquiza, decide comunicar la nueva al ministro José Joaquín Sagastume, para ello, se dirigió a caballo al establecimiento San Cipriano, ubicado unas 2 leguas al este del palacio y desde allí envió un mensaje con un puestero a la casa de Sagastume.
Inmediatamente se organizó una comisión para ir a buscar el cuerpo del general a su residencia de San José, ésta estuvo encabezada por el jefe político de la ciudad Pascual Calvento a quienes acompañaban el general Galarza, los coroneles Caraballo y Teófilo de Urquiza (hijo del general) y otros amigos y colaboradores del general asesinado.
La comitiva, llegó si tropiezo alguno al palacio, ya abandonado por los asaltantes en las primeras horas de la madrugada del 12 de abril. La comitiva, solo permaneció allí para constatar la trágica noticia y organizar todo para traer el cadáver a Concepción del Uruguay, dónde arribaron al promediar la mañana.
El velatorio se realizó en la residencia de una de sus hijas, Ana U. de Victorica (Hoy MHN y sede de la Escuela de Educación Técnica Nº 1), donde se levantó la capilla ardiente en la habitación ubicada a la izquierda de la entrada principal. El velorio continuó hasta el miércoles 13 de abril, en que sus despojos mortales fueron trasladados al cementerio municipal, previo paso por la parroquia de la Inmaculada Concepción dónde se rezó un responso. Debido a los momentos de convulsión que se Vivian, solo acompañaron al general Urquiza hasta el cementerio familiares y unos pocos amigos.
Quince meses después, el 25 de agosto de 1871 los restos del general Urquiza fueron trasladados desde el cementerio municipal y depositados en la cripta ubicada a la derecha del altar mayor, dónde ya se encontraban, desde el 2 de mayo de 1860, los restos mortales de sus padres Josef de Urquiza, fallecido en 1829, de Cándida García, fallecida en 1844, y de dos hermanos Juan José, fallecido en 1855 y Ana, fallecida en el año 1827.
Este lugar cuyas dimensiones eran de 4,50 por 2,55 y de 2,55 metros de alto había sido construido junto con el templo en 1859 y en 1871 fue acondicionado a pedido de Dolores Costa por el Arq. Domingo Centenaro, que además tuvo a su cargo la adquisición de un nuevo féretro para Urquiza. Este arquitecto era quien tenía para ese tiempo a su cargo la construcción, ya en sus detalles finales, de la casa de la familia Urquiza en el centro de la ciudad. Actualmente en esta residencia que es MHN desde 1984, funcionan las oficinas del Correo Argentino y de algunas dependencias municipales.
El traslado de los restos mortales del general Urquiza al interior del templo, pudo ser posible luego de conseguir su viuda, el 3 de abril de ese año (1871) la licencia eclesiástica para depositar los restos en la parroquia de la Inmaculada Concepción “concedemos (…) la licencia necesaria para trasladar los mencionados restos y colocarlos en el lugar destinado, aun cuando fuera dentro del templo”.
Una vez obtenida esta autorización, Dolores Costa debió superar los trámites administrativos y de salubridad requeridos por la jefatura política de la ciudad para determinar si se corrían o no riesgos para la salud pública. Finalmente, y luego de varias idas y vueltas (como se verá más adelante), obtuvo el 24 de agosto de 1871, el pronunciamiento favorable de una comisión nombrada al efecto. Al contar con esta certeza el jefe político, Avelino González, autorizo el traslado.
Allí, depositados en una cripta, de la cual, con el paso del tiempo se perdió el registro exacto de su ubicación, permanecieron en una discreta calma los restos del primer presidente constitucional de la república Argentina, hasta que fueron re descubiertos en el año 1950.
Finalmente, su derrotero termina el 7 de mayo de 1967, con la inauguración del Mausoleo colocado el final de la nave izquierda de la basílica de la Inmaculada Concepción, que fuera mandada a construir por el general Urquiza y que fuera consagrada el 25 de marzo del año 1859. Este mausoleo inaugurado con la presencia del presidente de la Nación (de facto) general Juan Carlos Onganía fue edificada por la empresa constructora local de los Hermanos Nichele.
Hasta aquí la historia aparece descripta con muchos detalles por numerosos historiadores sin que haya, prácticamente, discrepancia entre ellos, producto de la abundante documentación existente.
Solamente quedan dos dudas por aclarar, y una incógnita por descubrir: ¿Estuvieron los restos de Urquiza en el cementerio municipal?, y de ser así, ¿En qué lugar del mismo, fueron depositados los restos del general Urquiza entre el 13 de abril de 1870 y el 25 de agosto de 1871?
En este trabajo trataremos de aclararlas.
Algunas personas se inclinan a pensar que ante el estado de la situación en la ciudad luego del asesinato de Urquiza y de que el propio instigador, Ricardo López Jordán fuera designado como gobernador, era muy temerario colocarlos en el cementerio, que para ese entonces estaba separado por montes y arroyos del reducido centro de la ciudad, a merced de quienes quisieran profanar su cuerpo. “…más allá, lejos, muy lejos, en la punta del cerro, era visible el cementerio” cuenta Lorenza Mallea en uno de su libros, y que ante esa situación, su cadáver nunca estuvo allí.
Esas especulaciones son desmentidas categóricamente por la documentación existente. En primer lugar según relata María Miloslavich, citando a Nadal Sagastume en el Acta de traslado (Libro V. Folio 50) de la Basílica se menciona que el día 25 de agosto de 1871 se procedió a exhumar el cuerpo del general Urquiza “…del cementerio de esta parroquia (y) trasladados a esta iglesia (…) quedando los restos en el panteón construido al efecto en bóveda subterránea”.
Por otra parte, citando documentos de la época, Urquiza Almandoz señala que el Jefe político de ese momento (la primera municipalidad es del año 1873), antes de autorizar el traslado, se proponía tener la seguridad que esto no implicaría ningún riesgo de salubridad para la población, esto puede parecer muy rebuscado, pero no lo es si tenemos en cuenta que para esa época se estaba desatando en la ciudad un brote de fiebre amarilla, que terminó con la vida de 421 personas ente agosto y diciembre de ese año. Para dimensionar lo que fue esta epidemia se puede decir que víctima de ésta, falleció aproximadamente el 3,5% del total de la población del departamento.
Anticipándose a estas cuestiones de salubridad, la familia del general había procedido a depositar el féretro original dentro de una caja de plomo sellada y a esta ubicarla dentro de un nuevo ataúd. No obstante esto, González designó a una comisión integrada por el médico policial Esteban del Castillo, dos vecinos y por el jefe de Policía para que realicen una inspección en el lugar, el dictamen de la misma expresaba que: “a las doce del día de hoy nos hemos trasladado al cementerio y practicado una inspección a una caja mortuoria que contenía en su interior otra de plomo soldada en toda su extensión…” Como se puede ver, nada se pudo dictaminar sobre el estado o no del cadáver. Pero si nos da la certeza que este cuerpo se encontraba en el cementerio local.
El jefe político insistió en que para autorizar el traslado se debía cerciorar del buen estado del cuerpo del difunto, de modo que insistió ante del médico Del Castillo para que dictamine si estaba en condiciones o no. Nada podía aseverar con certeza éste sin tener la posibilidad de acceder al cuerpo.
Urgido por el tiempo, el 24 de agosto González nombra una nueva comisión, esta vez integrada por los doctores Francisco Soler y Ángel Donado, por el coronel Pedro M. González y varios vecinos para que ese día a las 9 de la mañana se presenten en el cementerio, y procedan a exhumar el cuerpo del general Urquiza a fin de verificar su estado de conservación. Luego del procedimiento, la comisión dictamina que “los restos están en perfectas condiciones de acomodo pudiendo hacerse su exhumación y traslación sin perjudicar en nada la higiene pública”. Finalmente, y solo un día antes del acto previsto, Avelino González autorizó el traslado.
Más allá de todos estos inconvenientes que demoraron la autorización, queda bien en claro que los restos de Urquiza se encontraban depositados en el cementerio local. Pero ¿dónde? En algún lugar del “viejo” cementerio estuvo el panteón de la familia de Justo José de Urquiza. Ya que luego de todo este análisis no quedan dudas, al menos para quienes esto escriben, que existió un panteón de los Urquiza.
Es bastante común el confundir a éste con el de Dolores Costa, ubicado en un lugar destacado del casco histórico del cementerio local, pero esta construcción data de muchos años después. En efecto, la viuda del general solicita a la corporación municipal la venta de un lote con fecha 28 de julio de 1882 para la construcción de una bóveda familiar. Luego de varias idas y vueltas ya que Dolores no hallaba uno de su agrado, finalmente el 22 de diciembre de 1883, el área de Obras Públicas de la municipalidad autoriza el uso del terreno ubicado “en el encuentro de las calles que van de N. a S. y de E. a O.”. Fácil es de refutar la teoría que en este lugar estuvieron entre 1870 y 1871 los restos de Urquiza ya que este panteón, obra del constructor italiano Natale Pelletti, se comenzó a construir 12 años después (D’angelo, 1994).
Sobre la línea original del cementerio se encuentra otro panteón vinculado con Urquiza, se trata del de Teófilo de Urquiza (1823-1893) y Ana Montero de Urquiza. Este sepulcro está ubicado sobre el frente este original del cementerio y probablemente por su estilo constructivo ya estuviera al momento de la muerte del general Urquiza, pero debe ser desechado, ya que se trata de una bóveda familiar.
¿Qué sabemos del panteón de la familia de Justo José de Urquiza?
El cementerio en 1870
El nuevo cementerio (el actual) había sido inaugurado el 23 de octubre de 1856. Fue apadrinado por el general Urquiza y bendecido por el sacerdote Felipe Rocatagliata. Al principio sus dimensiones eran más reducidas que la actualidad. Su frente este llegaba a la línea donde hoy se encuentran las tumbas de Rosario Britos de Tejera, Waldino de Urquiza y de Cruz López sobre la avenida principal. El panteón de Mariano Calvento marcaba su límite sur, sus extremos norte lo indicaba el viejo cuerpo de nichos y el oeste la tumba del padre Pablo Lantelme (Capellán del Hospital de Caridad). Su frente era un tapial bajito, con una entrada en forma de arco obra del arquitecto Delaviane.
Ya en 1871, según consta en el informe elevado por el Jefe Político Avelino González, y a tan solo 15 años de su apertura el cementerio estaba muy deteriorado. “Las malas condiciones higiénicas en que se encontraba (…), motivo erogaciones que en él se hicieron, reconstruyendo parte de las paredes, limpieza de su interior, arreglo de la capilla (¿?)…” (Citado por Gregori, 1982).
Aquí se puede mencionar a Dominguez Soler (1992) que menciona que en diciembre de 1867, Urquiza hizo levantar en el cementerio de Concepción del Uruguay, “una capilla de alto costo”, se refiere, sin dudas, a lo que veremos más adelante, en sepulcro del general, que incluía una capilla en la parte superior y un depósito para los restos mortales por debajo.
También menciona este informe que a los herederos de Waldino de Urquiza (asesinado en 1870), les fue comprado un panteón que contenía más de 60 féretros de víctimas del cólera que había afectado a la ciudad en 1868, que poseía un gran sótano que será en el futuro utilizado como osario común. “Este monumento tiene un cómodo sótano, el que una vez dispuesto interiormente (…) servirá de buen osario que hacía notablemente falta”.
Es decir que en el lugar dónde hoy se encuentra el osario de los muertos por la fiebre amarilla de 1871, anteriormente estuvo el panteón de Waldino de Urquiza y que fue demolido para dar cabida a ese enterratorio común. Durante esta epidemia se tomaron medidas drásticas en la necrópolis, como por ejemplo quitar todas las puertas de panteones que eran de madera y tapiarlas con ladrillos hasta que pase esta crisis. Por esta razón de las bóvedas anteriores a esta epidemia solo se conservan las que tenían puertas-lápidas de mármol (Galarza, Teresa Urquiza) o hierro (Teófilo Urquiza, familia Mabragaña).
Este informe no hace referencia a una bóveda del general Urquiza, pero no lo mencionaría tampoco a su hijo si no fuera por la compra a sus sucesores del sepulcro, que fue vendido a tan solo un año de la muerte de Waldino. Tal vez esta venta se produjo, por un lado por la situación de incertidumbre generada por el asesinado de Urquiza, pero también puede ser debido a que luego de ser asesinado en Concordia el cuerpo de Waldino fue arrojado al cementerio viejo de esta ciudad y luego de recuperado fue enterrado en Concordia y un año después trasladado a Concepción del Uruguay. Hoy podemos ver su lápida de mármol al pie de la tumba de Cruz López (1804-1858) que era su madrina.
Así perduró el cementerio por catorce años más, hasta su primera ampliación en marzo es de 1884, siendo intendente Darío Del Castillo, en dicha ocasión el Consejo Municipal aprobó la compra para tal efecto, de un terreno contiguo hacia el este, propiedad de Agustín Artusi, que se anexó a las hectáreas ya existentes. Es importante destacar que para esa época, la población del departamento era de aproximadamente 13.000 habitantes de los cuales cerca de 8.000 lo hacían en la ciudad que hacía un año había dejado de ser la capital de la provincia.
El panteón de la familia de Justo José de Urquiza
De todos los trabajos consultados para este artículo (y que se consignan al pie), sólo Macchi (1992) y Barreto (2008) hace mención a que luego de su velatorio y del responso realizado en la parroquia, los restos de Urquiza fueron depositados en el panteón familiar, “que él hiciera construir en 1867”. Todos los demás hablan solamente de que fue trasladado desde la parroquia al “cementerio” en general y luego, “desde el cementerio” a la iglesia para su descanso definitivo. Aunque ninguno brinda un mínimo detalle de cómo era y dónde estuvo esa bóveda.
Disipadas las dudas que el cuerpo del general estuvo depositado en el cementerio local y que lo lógico es que haya sido en su propio panteón pasemos a analizar los documentos que han quedado reservados en el archivo del Palacio San José sobre el particular.
La primera mención que poseemos data de una carta de fecha 21 de julio de 1862, dirigida por el Arq. Francés Sylla Saint Guily al Dr. Benjamín Victorica, dónde se discuten detalles del proyecto que se le había presentado al general Urquiza. En ellas, si bien se deja constancia que aún no había nada edificado, si había una idea de hacer un sepulcro de significativa importancia, habida cuenta del resto de las construcción que había en la necrópolis en ese entonces. Según menciona Barreto, el costo total del sepulcro era de 25.000 pesos bolivianos cuando el mismo Saint Guily había presupuestado en solo 16.000 la construcción del “Hospital de Caridad”
En sus explicaciones Saint Guily expresa “. Lo que buscaba yo (con el proyecto) era dar al sepulcro la misma forma que a la capilla (del palacio san José) y utilizar todo el recinto para colocar las cuarenta camas de fierro que deben rodear a la tumba principal que estará en el medio. Se refería, además a la configuración externa, el panteón estaría sobre elevado diciendo “Los terraplenes han sido hechos para sostener las escaleras y parte del piso del peristilo, evitando así que los escalones de mármol descansen sobre arcos de material. Los antiguos colocaban todos sus templos a tres o más varas arriba del suelo, yo no sé cómo perderá la capilla de grandiosidad por hallarse a esta altura. Y cerraba la carta con estas palabras “La crítica es fácil sobre todo cuando no hay nada todavía determinado en un obra”.
Finalmente será éste el arquitecto encargado de llevar adelante las obras del panteón familiar. Cinco años más tarde, el 14 de febrero de 1867, Saint Guily se dirige a Urquiza en los siguientes términos: “Según lo que había expresado yo verbalmente a S. E. tiene el honor el infrascripto de proponerle se digne ordenar que el pago se efectúe del modo siguiente: 2.500 patacones al contado (y) 1500 patacones mensuales desde el mes de marzo incluso, debiendo la obra quedar concluida dentro de 15 meses. Este documento nos da una clara idea que el proyecto estaba listo para ponerse en marcha.
Unos meses después, el 10 de julio de 1867, el arquitecto se dirige al general Urquiza nuevamente al ser objeto de críticas y rumores sobre el tipo de construcción del techo de la bóveda y avanza en una descripción del proyecto. “La Capilla del Camposanto que, por su forma interior y sus dimensiones, se parecerá mucho a la de San José debe tener su techo formado con una cúpula semejante también a la de San José y como ésta, cubierta de baldositas barnizadas. (…) Como el sepulcro va debajo de dicho piso; el cual se encuentra por esta razón tres varas más arriba del suelo, he necesitado poner tirantes de madera dura para sostenerlo.
“…el piso este será de baldosas de mármol sentadas sobre dos o más hileras de ladrillos. Estos tirantes de madera son sostenidos ellos mismos por un gran tirante de fierro del peso de 20 a 25 quintales que he mandado construir expresamente a Buenos Aires, para que el recinto del sepulcro quede perfectamente libre de todo estorbo, no necesitando así de ninguna columna de fierro o de material por debajo. Por lo demás el sepulcro mismo tendrá su cielo raso en forma de bóveda. Se subirá a la capilla por dos escaleras de mármol de 3 v de ancho”. Es decir que este sepulcro tenía dos plantas, una superior dónde estaba la capilla y otra subterránea dónde se colocaban los restos de los fallecidos.
Finaliza la carta invitando al general Urquiza a que lo visite en el cementerio para darle todas las explicaciones que necesite en el mismo lugar de la obra. Basados en este documento, podemos afirmar que para ese entonces, la construcción del panteón ya estaba iniciada.
En diciembre de 1867, en una carta de fecha 20 de ese mes el arquitecto, acusa recibo de la suma de dos mil pesos bolivianos “en cheque a la vista contra el banco Entre Riano en cuenta del monumento en construcción en el cementerio del Uruguay según contrato” (este contrato, no se halla entre la documentación del palacio). Aquí como vemos habla de que el monumento, así se refiere al panteón se encontraba “en construcción”.
Luego de este recibo, no se han encontrado más documentos al respecto en el archivo del palacio San José, por lo que se puede saber a ciencia cierta si la capilla –panteón, fue concluida. Debemos suponer que sí, ya que este arquitecto continuo su tarea por esta ciudad construyendo las instalaciones del molino Barreiro sobre el arroyo Molino y del “Hospital de Caridad”. Además es de suponer que Urquiza no abonaría importantes cantidades de dinero sin que hubiera algo, al menos, en una etapa de construcción muy avanzada.
A esta altura se podría afirmar que el panteón de Urquiza fue construido y allí permanecieron los restos del general entre abril de 1870 y agosto de 1871. Lo que aún no es posible determinar es en qué lugar del cementerio estaba ubicado. Podemos si conjeturar que estuvo ubicado en el frente este de la necrópolis y que probablemente fue demolido debido a su estado de abandono luego de que el cuerpo del general haya sido trasladado a la parroquia en 1871
Quién era Sylla Saint Guily
Son muy pocos los datos que se han podido encontrar sobre el Arq. Sylla Saint Guily, de acuerdo a Alcibíades Lapas, Sylla era de origen francés habiendo nacido en el año 1830. Además, ingresa como miembro de la logia Jorge Washington de nuestra ciudad en el año 1868. No se ha podido determinar si fallece en Argentina o vuelve a Francia luego de ser rechazado su proyecto de construcción de un puente a la isla de las Garzas en 1875.
De las obras suyas que se tiene certeza se encuentran la construcción del Hospital de Caridad (Hospitalito), comenzado a construir en 1868, el edificio del molino “Barreiro” (1871) y, por su puesto el panteón de la familia de Justo José de Urquiza, en 1867. Algunos autores lo señalan con el constructor del panteón de Dolores Costa en el cementerio municipal, en 1883, pero nada indica eso, ya que, como se ha dicho, Sylla ya no se encontraba en nuestro país.
El puerto que no fue.
En los primeros años de la década de 1870, el gobierno decide la construcción de un puerto directamente sobre el río Uruguay, para ello, era necesario e armado de un puente que vincule este puerto con la ciudad, atravesando el arroyo Molino. Para esto firma un contrato con la firma “Saint Guily, Tahier y Cía.” de la ciudad para llevar a cabo este proyecto. Por diferentes razones esta construcción n o se llevó a cabo, hubo que esperar más de diez años, hasta que el 5 de diciembre de 1887 se inauguraba el puerto exterior un poco más al sur del proyecto original de 1875.
Habiendo disipado la duda de que realmente existió un panteón de Justo José de Urquiza, surge, entonces otra pregunta:
¿Por qué no se conserva en la actualidad esta bóveda, que debió ser de las más importantes, arquitectónica e históricamente de la vieja necrópolis?
Son pocos ejemplos que aún se conservan de las construcciones de la época, entre ellos los de la familia Almada, Galarza, Calvento, Cruz López, Abescat, Teófilo de Urquiza, entre no muchos más. Otros como el de Rosario Britos de Tejera y Calisto Arredondo, solo conservan sus lápidas colocadas en bóvedas más recientes.
No obstante, muchos de ellos, y que existían hacia 1910, fueron desapareciendo. La Juventud del 13 de diciembre de 1910, transcribía algunas de las lápidas existentes en ese momento y que son algunas de las primitivas inhumaciones del cementerio municipal, y que hoy, salvo la tumba de Cruz López, no se pueden hallar. Algunas de ellas son:
“A la memoria póstuma de las respetables cenizas de D. Francisco Calventos y de Da. Rosa González fieles esposos y tiernos padres. Dedican este monumento de gratitud la sensibilidad de sus hijos. 22 de enero de 1831.
“Aquí reposan los restos de Da. Manuela Pila de Galarza, falleció el 18 de septiembre de 1856 a la edad de 111 años. A la memoria de tan buena esposa y mejor madre dedica este recuerdo su hijo, el Brigadier General Miguel Gerónimo Galarza.
“Aquí yacen los restos de D. Juan Gregorio Barañao, nació en Curuzucuatiá el 9 de mayo de 1831 y murió en la Concepción del Uruguay el 22 de junio de 1864. Sus desconsolados padres le dedican este recuerdo.
“A la Sra. Da. Cruz López, murió el 25 de agosto de 1858.
“Mercedes López, hija del General Ricardo López Jordán falleció de edad de 15 años, el 31 de octubre de 1871. Recuerdo de su padre.
Lamentablemente, en los archivos del cementerio local no se conserva nada de los primeros tiempos del mismo, lo que podría hacer proporcionado datos sobre los cambios que se iban produciendo en la necrópolis.
Si bien, como se ha dicho, no es mucho el material histórico que se preserva y al cual se puede acceder, no parece que haya sido destruido este panteón por cuestiones políticas, más bien, si así sucedió se debe haber debido a su falta de mantenimiento o a las modificaciones que fueron introducidas en el cementerio a principio del siglo pasado cuando el empresario Santiago Giacomotti le dio a la necrópolis su configuración actual. Y que según veremos, la transformación del “viejo” cementerio fue mucho más importante y drástica de lo que podemos imaginarnos, ya que, literalmente, se arrasó con las alas este y norte.
Ya la prensa se encargaba de mostrar el estado del cementerio a fines del S XIX, En efecto, Gregori (1982) transcribe parte de un artículo aparecido en el periódico Fiat lux, en septiembre de 1888 que habla del estado ruinoso del cementerio para ese momento: “Las bóvedas sin techo, expuestas a la intemperie y convertidas en lagunas durante las últimas lluvias, los cajones colocados sin orden, algunos sin tapas, otros entreabiertos, en fin, en un estado lamentable”. Unos años después, en abril de 1901, el periódico “La Juventud expresaba que éste estaba “…en ruinas, antihigiénico y desatendido hasta el extremo de hacer imposible el tránsito en el radio que ocupa sin pisar las tumbas o tropezar con las cruces”. En otro párrafo publicaba que “Las tumbas y las bóvedas laterales del norte, (…) en ruinoso estado desmoronándose día a día sus muros para dejar los restos humanos que albergaba a la intemperie, a la vista de todo” el que transite por allí
Para 1904, el estado del cementerio era desolador, si nos dejamos guiar por las publicaciones de la época. En junio de ese año, La Juventud publicaba, bajo el título Las obras del Cementerio. “Nadie desconoce el estado de ruinas en que se encuentra y ha estado desde hace 4 o cinco años la Necrópolis del Uruguay. Recién la Municipalidad ha demostrado su interés por arrancar de la Ciudad aquel cúmulo de escombros que hablan elocuentemente de todo el abandono e inercia de otras administraciones que nada hicieron por destruir esa vergüenza perenne.
Meses después, en noviembre, y haciendo referencia a la poca concurrencia de deudos en el día de todos los muertos (2 de noviembre), el periódico hacía referencia a que en vista del deterioro de las tumbas y panteones, la municipalidad había tomado la medida de prohibir a los menores el ingreso al mismo y agregaba, bajo el título de “Ignominioso presente”:
“Las medidas adoptadas por la intendencia, limitando la entrada solo a personas mayores, por una parte, y el deseo, por otro lado, del público, anheloso de evitarse la presentación de aquel cuadro de ruinas, agravado cada día por la acción del tiempo que no ha dejado muro sin amenazar derrumbe, han contribuido mucho para evitar la concurrencia de deudos en el día dedicado a recuerdo de los muertos, sobre cuyas tumbas se tiende una alfombra de verde gramilla. Y como bofetada en pleno rostro a la cultura, los nichos abiertos mostrando en pilas unos tras otros, los ataúdes deteriorados, destilando materias, cuando no mostrando restos humanos en desorden!. Y los nichos del Norte; los mismos del frente, resentidos en su base, como bamboleantes, abrumados por el peso de ciertos ataúdes, entre escombros de los techos que se desmoronan, presentan a los vivos el testimonio de la piedad humana, de la gratitud de los padres, de los hijos, etc., para aquel montón de carne por cuyas venas corrió su propia sangre!” Así se presentaba el cementerio municipal a principios del siglo XX
Si bien ya en 1899 la municipalidad empieza a interesarse en este problema, y con ese fin sanciona una Ordenanza de fecha 15/04/1899 mediante la cual se manda a demoler los nichos en ruinas del cementerio, al norte y al este, dando un plazo de 60 días para desocupación y reconocimiento de títulos, y meses después por medio de la Ordenanza del 27/07/1900 dispone reconstrucción del cementerio y se establece una Comisión Administrativa se ocupe del asunto por haber fondos Municipales y de colecta pública, en los hechos nada cambió.
Más de diez años habían pasado de estos primeros intentos y basados en los planteos que realizaba la prensa de ese momento, nada se había solucionado, hasta que el presidente municipal Juan M. Chiloteguy (Enero de 1910 a julio de 1912) sanciona, con fecha 27 de agosto de 1910 un decreto que en sus artículos principales dice lo siguiente:
“Art. 1º- Emplázase hasta el día 15 del próximo mes de octubre para que todos los propietarios o encargados de las bóvedas ubicadas en el costado Este del Cementerio procedan a retirar los restos que se encuentren en ellas.
“Art. 2º- Vencido el plazo que fija el artículo anterior, se procederá a la demolición de las mencionadas bóvedas, depositándose en el Osario los restos que no hayan sido retirados.
“Art. 3º- A los efectos del cumplimiento del presente Decreto esta Municipalidad otorgará en permuta, a cada uno de los que acredítenla propiedad de las bóvedas a que él se refiere, una fosa en la sección respectiva o un lote de tierra equivalente a la misma área que la que ella ocupan, en el costado sud del ensanche del Cementerio”. Este plazo fue luego extendido hasta el 30 de noviembre de ese mismo año.
Como puede verse, la resolución abracaba a todas las construcciones del lado este, sin limitaciones ni excepciones de ningún tipo.
Esta medida trajo, como era de suponer alguna resistencia y así lo hacía notar en un artículo del 22 de septiembre de ese año: “Algunos de los propietarios de nichos que dan frente al Este en el Cementerio se sienten disconformes con la permuta que les ofrece la municipalidad apreciando la tierra que deben desalojaren mucho más que lo que se les ofrece”.
Las demoliciones se demoraron, tal es así que a casi un año, el 13 de junio de 1911, La Juventud volvía con el tema: “La transformación del cementerio. Las obras que se realizan en la Necrópolis están transformando por completo la mansión de los muertos. La serie de nichos, exponentes del abandono y olvido de los deudos ha desaparecido casi por completo para dejar lugar a los jardines proyectados como complemento del embellecimiento de la Necrópolis. Desaparecidos casi por completo, decimos, porque aún restan solo tres que sus dueños Roca, C. D. Urquiza y F.M. López, se resisten a la demolición y a aceptar los terrenos que en cambio les ofrece la municipalidad”.
Estas obras estuvieron a cargo del arquitecto-constructor Santiago Giacomotti, adjudicadas mediante la Ord. Nº 252 del 25 de noviembre de 1910, e incluían la reconstrucción del cementerio y la construcción del portal de acceso, capilla y sala de autopsias, estableciéndose una comisión Administradora que se ocupará de administrar los fondos municipales y de colectas públicas. Para la realización de estos trabajos remodelación del lugar se debieron demolieron nichos en ruinas del sector Norte y Este. Ese mismo año, se habilita una habitación existente en el lugar para oficiar la capilla.
Todo esto hace concluir que en ese período, fue derrumbado el viejo panteón de Justo José de Urquiza, ya debido al abandono del mismo al estar casi toda su familia en Buenos Aires o bien solamente por encontrarse en una sección que debía ser demolida para dar cabida a las obras del nuevo cementerio, el que conocemos en la actualidad.
Como se ha visto muchos sepulcros importantes ya no están, el de la madre del general Galarza, el de la pequeña hija de López Jordán, el de Urdinarrain, el del padre Pablo Lantelme, entre tantos otros que sucumbieron al abandono o a la piqueta del progreso.
Es importante destacar que Urquiza no aparece en estos relatos como una figura que se alzara sobre todo y todos, y que hacía y deshacía a su antojo, como puede imaginarse debido a su poderío político y económico. En estos casos se lo ve como alguien respetuoso de la ley y de las obligaciones que como persona común asumía, esto se evidencia en la correspondencia a la que pudimos acceder con el arquitecto, y que, parte de ella se transcribe en este artículo. También sucede lo mismo con su familia, luego de muerto el general, ante el pedido de trasladar su cuerpo a la parroquia, Dolores, se ajusta en todo a lo solicitado por las autoridades políticas, algo que veremos luego, años después, cuando comienza los trámites para acceder a su propio panteón.
La figura de Urquiza, tal como hoy la valoramos no lo era a fines del siglo XIX y comienzos del XX, tal es así que para 1927 la municipalidad vende la manzana que estaba destinada a ser la plaza Urquiza en la zona del puerto nuevo, lo que genera reclamos de Lola Urquiza de Sáenz Valiente, y recién el 11 de abril de 1970 se inaugura el primer monumento en su memoria. También reafirma esta postura el hecho que después que fuera retirado el nombre a la calle Urquiza en 1876 hubo varios años dónde el general no tuvo su nombre en una calle, hasta que en 1909 se le impone ésta a la actual avenida Costanera Paysandú y recién en 1970 vuelva a llamarse Urquiza la calle que había sido denominada así hasta 1876.
Una consecuencia que trajo aparejado el asesinado de Urquiza, es que como resultado de esta revolución, prácticamente toda su familia se fue de la ciudad a residir en Buenos Aires, dejando sus propiedades en Concesión del Uruguay a sus cuidadores, eso en verificable ya que se venden numerosas propiedades de la familia, entre ellas, la casa del coronel Santa Cruz, casado con Juan, una hija del general (vendida en 1875), La propia casa de Urquiza (vendida a la Nación en 1887) y la casa de Ana Urquiza de Victorica (vendida en 1890). Recordemos, además, que los herederos de Waldino, en 1871 venden a la jefatura política el panteón de éste, que es demolido para construir en su sótano el osario de la fiebre amarilla.
Sin dudas, esto hizo que cualquier otro bien que poseyeran, como el propio panteón del general, se haya abandonado a su suerte.
Evidentemente, ni los historiadores, ni la prensa, ni la municipalidad, ni la comunidad en general, le dio la importancia que hubiera tenido para nuestro patrimonio la preservación de la bóveda del general Urquiza y, en algún momento de la primera década del siglo XX fue demolida junto a otras que ni siquiera sabremos que allí estaban.
Conclusiones
Despues de toda esta descripción y transcripción de datos de fuentes primarias y bibliográficas, se puede concluir que luego de su asesinato en el palacio san José y hasta su traslado a la cripta subterránea en la parroquia de la Inmaculada Concepción, los restos mortales del primer presidente constitucional de la República estuvieron depositados en el cementerio de la ciudad de Concepción del Uruguay, en la bóveda del panteón de la familia de Justo José de Urquiza diseñado y construido por el arquitecto francés Sylla de Saint Guily en 1867.
Este panteón, debido a la importancia de su propietario, debió haber estado en el ala este del “viejo” cementerio, y, abandonado por su familia, ya que debieron emigrar a la ciudad de Buenos Aires, y sin otro morador que Urquiza, que ya no se hallaba ahí, fue sufriendo los embates del tiempo, junto con el resto de otros sepulcros, según ya se ha indicado y terminó siendo demolido cerca del año 1910, al encararse la “modernización” de la necrópolis, ahora municipal.
Bibliografía: Barreto, Ana María (2008), “Muerte de Urquiza. Un crimen impune en el palacio San José”. D’angelo, Celia (1994), “Doña Dolores Costa de Urquiza y la ciudad de los muertos”, La Calle, 17 de enero de 1994. Domínguez Soler, Susana (1992), Urquiza. Ascendencia Vasca y descendencia en el Río de la Plata”. Gadea, Wenceslao (1943), “Don Justo. La tragedia de Entre Ríos de 1870”. Gregori, Miguel Ángel (1982), “Concepción del Uruguay en el Siglo XIX, Primeros Cementerios”, El Mirador N° 3 y 4. Lappas, Alcibíades (1970), “La Logia Masónica J Washington de Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Luna, Félix, “Justo José de Urquiza” (2000). Macchi, Manuel (1969), “Urquiza y el Catolicismo”. Macchi, Manuel (1992), “Urquiza, última etapa”. Nadal Sagastume, José A. (1975), “Nuestra Parroquia, apuntes para la historia”. Ruiz Moreno, Isidoro (2017) “Vida de Urquiza”. Salduna, Bernardo (2018) “La Rebelión de López Jordán”. Urquiza Almandoz. Oscar (1983), “Historia de Concepción del Uruguay” Tomos 2 y 3- Agradecimiento a la Mus. Daniela Molina del Archivo Histórico del palacio San José y a la Hemeroteca del museo “Casa de Delio Panizza”






